El rostro de todas mis muertes

CAPÍTULO 5 - LO QUE EL ALMA NO OLVIDA

No estaba soñando.

O al menos…
eso creí al principio.

Caminaba descalza sobre un suelo de piedra fría.
El aire olía a humo y a sangre.
El cielo era oscuro, cubierto por nubes espesas que no dejaban pasar la luna.

Un castillo se alzaba frente a mí.

Antiguo.
Enorme.
Vivo.

Yo sabía que ese lugar…

era mío.

Vestía un vestido largo, color marfil, manchado en el borde como si hubiera corrido durante horas.
Mi cabello caía suelto por mi espalda.
Mis manos temblaban.

—Lucien… —susurré sin saber por qué.

Entonces lo vi.

De pie al final del patio, entre antorchas encendidas.

Él.

Más joven.
Más salvaje.
Con los ojos brillando de un rojo oscuro que no debería existir.

—No mires atrás —me dijo con voz urgente—. Pase lo que pase… no mires atrás.

Corrí hacia él.

Pero antes de alcanzarlo…

una sombra surgió detrás de mí.

Una presencia tan poderosa que el aire se volvió pesado.

Sentí una mano en mi muñeca.

Fría.
Inhumana.

Una voz masculina, profunda, desconocida…

—Esta vez no te dejaré escapar, Vespera.

Ese nombre…

me atravesó el pecho como una herida abierta.

—¡No me llames así! —grité, sin entender por qué—. ¡Ese no es mi nombre!

Lucien avanzó de golpe, furioso.

—¡Suéltala!

El suelo empezó a resquebrajarse bajo nuestros pies.
El castillo tembló.
Las antorchas se apagaron una a una.

La sombra se inclinó hacia mi oído.

—Morirás por él otra vez… Y volverás a olvidarlo todo.

—¡NO!

Sentí que caía.

Caía…
caía…
caía…

Y entonces… desperté gritando.

Me incorporé de golpe en la cama, empapada en sudor, con el corazón desbocado y la garganta ardiendo.

—¡Lucien…!

El nombre salió de mis labios antes de que pudiera detenerlo.

Silencio.

Mi habitación.
Mi cama.
Mi luz tenue encendida.

Todo normal.

Excepto por una cosa.

Un dolor agudo me atravesaba la muñeca izquierda.

Bajé la mirada.

Y mi respiración…

se detuvo.

Porque allí, rodeando mi piel pálida…

había una marca.

No un rasguño.
No una herida reciente.

Un símbolo.

Antiguo.
Oscuro.
Delicado.

Como si siempre hubiera estado allí…
y recién ahora hubiera decidido mostrarse.

Un círculo incompleto atravesado por una línea curva.

Hermoso.
Inquietante.

—¿Qué… qué es esto…?

Lo toqué con cuidado.

Y en cuanto mis dedos rozaron la marca… una imagen cruzó mi mente.

Lucien arrodillado frente a mí.
Mi muñeca entre sus manos.
Y su voz, rota, pronunciando una promesa:

—Mientras esta marca exista… tu alma siempre volverá a mí.

Retiré la mano de golpe, temblando.

—Esto… no puede ser real…

Me levanté y corrí al baño.
Encendí la luz.
Me miré al espejo.

Era yo.
Mirella.
Veintitrés años.
Humana.
Normal.

Y sin embargo…

esa marca seguía allí.

Imposible.

Volví al dormitorio.

Y entonces lo vi.

El sobre negro…

ya no estaba sobre la mesa.

Ahora estaba apoyado sobre mi almohada.

Abierto.

Con una nueva frase escrita debajo de la anterior.

“El sueño es solo el comienzo.”

Mi cuerpo entero se heló.

Porque yo no sabía quién era realmente… pero alguien, en algún lugar de esta ciudad… acababa de confirmar que mi pasado no solo me estaba soñando… me estaba alcanzando.

Me levanté aún temblando.
La marca en mi muñeca izquierda seguía allí, clara y fría, como si hubiera decidido quedarse conmigo sin permiso.

Me miré en el espejo del baño.
Mi cabello castaño chocolate caía sobre los hombros de manera desordenada, y mis ojos ámbar me reflejaban cansancio… y miedo.
Nunca había visto algo así en mi vida.

Intenté frotarla con agua, con jabón, con las uñas. Nada.
No se borraba.
No desaparecía.
No podía explicarlo.

Cuando bajé a la cocina, el teléfono vibró.
Un mensaje de Giulio.

>"Buenos días, amor. ¿Dormiste bien?"

Lo ignoré.
No podía responder con la verdad.
Porque, ¿cómo explicar que tenía una marca que no recordaba haberme hecho, que había aparecido después de un sueño tan… imposible?

—Solo un tatuaje que no he podido quitarme —murmuré finalmente, más para mí que para alguien más—.
Eso era lo que diría si alguien me preguntaba. Era la única mentira que podía sostener sin romperme.

En la oficina, sentí todas las miradas.
Pero ninguna como la suya.

Lucien estaba allí.
A lo lejos, perfectamente elegante, observándome sin moverse.
Como si pudiera atravesar la distancia y leer cada pensamiento que no me atreví a pronunciar.

Mi pecho se tensó.
No podía explicar por qué.
No podía recordar lo que había soñado con exactitud.
No podía recordar su nombre verdadero.

Y sin embargo…
la sensación de que lo conocía desde siempre seguía intacta.

—¿Qué te pasa, Mirella? —preguntó Matteo, sobresaltándome.

Me llevé la manga del suéter a la muñeca, cubriendo la marca.
—Nada… solo… frío —mentí.
Sonreí con fuerza, aunque mi corazón no estaba en ello.

Mientras me sentaba, no podía dejar de mirar de reojo a Lucien.
Y él no dejaba de mirarme.

No era solo curiosidad.
No era solo interés.
Era algo mucho más antiguo, más pesado.

Algo que me rozaba la piel, el pecho, la memoria…
y que no debía ver.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.