El amanecer no trajo consuelo.
Apenas abrí los ojos, sentí la presión en mi muñeca.
La marca seguía allí, palpitando bajo la piel, recordándome algo que no podía recordar.
Intenté recordar el nombre que había escuchado en el sueño...
Pero se desvaneció de inmediato, como un reflejo que no puedo alcanzar.
Me levanté con lentitud.
El café en la cocina no me calmaba, y cada sonido del edificio parecía exagerado, como si alguien me estuviera observando.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Giulio:
>“¿Vienes al brunch?”
No respondí. No podía.
Mi mente estaba ocupada en otra cosa.
En alguien más.
Mientras caminaba por la calle, sentí una presencia detrás de mí.
No necesitaba mirar para saberlo.
Alguien estaba allí, siguiendo mis pasos.
El corazón me latía más rápido.
Mi instinto gritaba peligro.
Intenté mantener la calma.
No es Lucien, me repetí.
Él no haría esto así.
Pero un escalofrío recorrió mi columna.
El miedo no venía de él, sino de alguien más.
Alguien antiguo.
Alguien que sabía… algo sobre mí.
A la distancia, entre la sombra de los edificios, lo vi.
Un hombre alto, con porte antiguo, cabello claro, ojos que brillaban con un rojo apenas perceptible.
Me observaba.
No se movió.
Solo me miró.
Y algo en mí supo que él también me reconocía.
Mi respiración se aceleró.
Cada paso que daba lo acercaba.
Pero antes de que pudiera reaccionar, una mano tocó suavemente mi hombro.
—Mirella —dijo una voz cálida y familiar.
Giré la cabeza y lo vi.
Lucien.
Más cerca de lo que debería.
Elegante, tranquilo, imponente.
Su presencia me envolvió, me hizo olvidar por un segundo todo lo demás.
—Lucien… —susurré, sin saber si era alivio o miedo lo que sentía.
—Tranquila —murmuró, casi sin mover los labios—. No te haré daño. Pero no deberías caminar sola.
Sentí que mi corazón se detenía.
Era una mezcla de alivio y tensión, como si su cercanía desatara algo que llevaba siglos dormido dentro de mí.
—¿Quién es ese hombre? —pregunté, señalando hacia donde la figura seguía observando, desde la sombra.
Lucien frunció el ceño, sus ojos oscuros brillando con algo que no pude descifrar.
—No es alguien que debas conocer todavía —dijo con firmeza.
—Pero… —empecé, temblando—, me sigue.
—Lo sé —dijo él, y por un instante su voz se volvió más grave, más antigua—. Y no puedes ignorarlo.
El mundo alrededor parecía desaparecer.
El ruido de la ciudad, los autos, la gente… nada importaba.
Solo él, y yo, y la sombra que se movía con paciencia.
Lucien me tomó de la mano.
No era un gesto casual.
Era protección.
Advertencia.
Promesa.
—Te llevaré a un lugar seguro —dijo, mientras nos alejábamos de la calle—. Pero debes confiar en mí.
Y aunque una parte de mí quería huir, quería gritar, quería recordar…
otra parte sabía que no tenía elección.
Porque en el fondo, en algún rincón que no podía alcanzar, sabía que él tenía razón.
Y que algo, algo muy antiguo, había empezado a moverse por mí.
Mientras caminábamos entre las sombras de Milán, un escalofrío recorrió mi espalda.
La marca en mi muñeca ardía.
Mi corazón latía descontrolado.
Y el nombre que soñé por la noche volvía a intentar escapar de mi memoria.
Pero aún no podía verlo.
Y alguien más…
ya estaba allí, observándonos.
Sentí la presión de la mano de Lucien sobre la mía y, al mismo tiempo, la mirada del hombre que nos había estado siguiendo clavada en mi espalda.
El miedo me paralizó.
No entendía por qué, pero sabía que ese hombre era peligroso.
—Tranquila, Mirella —susurró Lucien, con un tono que no admitía réplica—. Confía en mí.
No sé cómo lo hizo.
No sé si fue su presencia, su voz, o algo más antiguo que no entendía.
Pero de repente, la sensación de peligro disminuyó.
El hombre que nos observaba parecía… desvanecerse.
Como si nunca hubiera estado allí.
Parpadeé, confundida.
—¿Dónde… dónde se fue? —pregunté, insegura.
Lucien me miró con sus ojos brillando, pero más suaves, controlados.
Una mezcla de furia contenida y cuidado absoluto.
—No debías verlo —dijo simplemente—. Es demasiado pronto. Demasiado peligroso para ti.
Mi corazón latió más rápido, no de miedo, sino de confusión.
—¿De qué habla?
—Ese hombre… no es alguien que puedas enfrentar todavía.
—Pero lo vi —murmuré—, estaba allí…
Lucien negó suavemente con la cabeza.
—No. No lo viste.
—¿Cómo?
Me tomó de la mano y me guió por una calle lateral, alejada de la sombra que todavía sentía como un rastro lejano.
—Mi memoria puede borrar ciertos fragmentos de la tuya —dijo—. Lo que acabas de ver… nunca ocurrió.
Fruncí el ceño, sin entender nada.
—No… eso no es posible.
Él me observó con ternura y firmeza al mismo tiempo.
—Lo es. Confía en mí. No quiero que sufras por cosas que aún no puedes enfrentar.
Mi mente intentó retener la imagen del hombre.
Pero cada intento se desvanecía, como arena que se escapa entre los dedos.
No podía recordarlo.
No podía ver su rostro.
Ni siquiera su silueta permanecía.
—…¿Y ahora? —pregunté, con un hilo de voz.
Lucien se acercó más, cubriendo mi espacio como un guardián silencioso.
—Ahora, nada puede tocarte. Estoy aquí. No dejaré que nada te haga daño.
Sentí cómo mi cuerpo relajaba un poco la tensión acumulada.
El miedo no desapareció del todo, pero ya no era insoportable.
Su cercanía me hacía sentir protegida, aunque algo en mi interior aún latía con alerta.
Mientras caminábamos, sus ojos nunca se apartaron de mí.
Sus manos seguían firmes sobre las mías, cálidas y seguras.
Y, aunque no entendía del todo lo que había pasado, una parte de mí supo que podía confiar.
Que, por ahora, mi mundo estaba a salvo gracias a él.