El rostro de todas mis muertes

CAPÍTULO 7 - RECUERDOS

El día laboral terminó como terminan todos los días en los que uno finge normalidad.

Con sonrisas cansadas.
Con papeles ordenados sin recordar qué se escribió en ellos.
Con la sensación persistente de que algo importante había ocurrido… aunque no supiera exactamente qué.

Salí del edificio cuando el cielo de Milán comenzaba a oscurecer.
El aire era frío.
Demasiado frío para ser primavera.

Caminé por las calles que ya conocía de memoria, intentando convencerme de que todo estaba bien.
Que el encuentro con Lucien había sido solo un accidente extraño.
Que mi nerviosismo era producto del estrés.

Pero mi cuerpo no pensaba lo mismo.

Tenía una presión constante en el pecho.
Y una punzada suave en la muñeca… justo donde estaba la marca.

Doblé por una calle menos transitada, atajo habitual hacia mi edificio.
Las luces eran escasas.
El sonido de mis pasos era lo único que me acompañaba.

Entonces… todo se detuvo.

No literalmente.
Pero el mundo pareció perder consistencia.

El aire se volvió espeso.
Los sonidos se apagaron.
Las luces parpadearon.

Y frente a mí… alguien apareció.

No lo vi llegar.
Simplemente estaba allí.

Alto.
De cabello claro como las nubes.
Ojos imposibles de definir: no eran negros, ni rojos, ni dorados… eran antiguos.

Sonreía.

—Mirella… —pronunció mi nombre como si le perteneciera desde siempre.

Retrocedí un paso.

—¿Quién eres?

—Alguien que intenta salvarte de cometer el mismo error… una y otra vez.

Un escalofrío me recorrió entera.

—No te acerques. Voy a llamar a…

—A nadie —interrumpió suavemente.

Levantó una mano.

Y el mundo… se quebró.

No sentí dolor físico.
Pero algo dentro de mi cabeza se abrió de golpe.

Imágenes.
Demasiadas.
Demasiado rápido.

Yo… cayendo de una torre de piedra.
Sangre sobre nieve blanca.
Mis manos temblando mientras sostenían un cuerpo masculino atravesado por una espada.

Sus ojos… los mismos que los de Lucien.

—¡No! —grité sin entender por qué.

El recuerdo continuó.

Yo arrodillada.
Gritando su nombre.
Un cielo rojo ardiendo sobre nosotros.

—Lucien… —susurré en ese recuerdo.

El dolor fue insoportable.
No del cuerpo.
Del alma.

Caí de rodillas en la calle vacía.

Cuando levanté la vista, el hombre estaba frente a mí.

—Mi nombre es Ezekhar —dijo—. Y ese es el final que te espera si no te alejas de él.

Las lágrimas me caían sin control.

—Yo… yo no entiendo nada…

Se inclinó hasta quedar a mi altura.

—No necesitas entenderlo. Solo huir.

Sus dedos rozaron mi frente.

—Aléjate de Lucien Valcroix… o morirás por él en esta vida también.

Y entonces… desapareció.

Como si nunca hubiera estado allí.

Quedé sola.
Temblando.
Con el corazón destrozado por un amor que no recordaba haber vivido.

Y con una certeza aterradora clavándose en mi pecho:

Lucien no era solo peligro.

Era mi condena.

No supe cuánto tiempo permanecí allí, sentada sobre el asfalto frío, intentando recuperar el aire.

La calle había vuelto a la normalidad.
Autos pasando a lo lejos.
Luces estables.
El murmullo lejano de la ciudad retomando su curso.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero yo… yo estaba rota.

Me puse de pie con dificultad.
Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme contra la pared de un edificio.

—No fue real… —susurré—. Fue solo… estrés… cansancio…

Mentira.

Mi corazón aún latía demasiado rápido.
Y había lágrimas secándose en mis mejillas.

Di unos pasos.
Luego otros.

Cada movimiento me costaba como si acabara de sobrevivir a una caída desde muy alto.

Y entonces… el dolor regresó.

Primero leve.
Una presión incómoda en la muñeca.

Después… un ardor intenso.

Me llevé la mano a la marca sin poder evitarlo.
La piel estaba caliente.
Demasiado.

—Duele… —murmuré entre dientes.

Y con el dolor… llegaron las imágenes.

No como antes.
No tan claras.

Fragmentos.

Una habitación iluminada por velas.
Mis manos manchadas de sangre.
Una voz masculina pronunciando un nombre… no Mirella… otro nombre que no lograba distinguir.

Un susurro:

“Siempre te encontraré…”

Me doblé hacia adelante, jadeando.

—¡Basta… por favor…!

El recuerdo se rompió como vidrio.

Respiré hondo varias veces, intentando estabilizarme.

Lucien.

Su rostro apareció en mi mente sin que yo lo llamara.
Su mirada grave.
Su voz tranquila.
La forma en que me había observado como si yo fuera… algo frágil y valioso a la vez.

Y luego…

Ezekhar.

Su sonrisa peligrosa.
Sus ojos antiguos.
Sus palabras clavándose como cuchillas.

"Aléjate de él… o morirás por él en esta vida también".

Un sollozo escapó de mi garganta.

—¿Qué quieren de mí…?

No entendía nada.
No sabía quién era Ezekhar.
No sabía qué ni quién era Lucien realmente.
No sabía por qué mi cuerpo reaccionaba como si reconociera un pasado que mi mente rechazaba.

Solo sabía una cosa.

Desde que Lucien había entrado en mi vida…

todo estaba empezando a romperse.

Y, aun así… una parte absurda y peligrosa de mí quería volver a verlo.

Quería mirarlo a los ojos.
Quería preguntarle por qué en mis recuerdos él moría en mis brazos.
Por qué su nombre dolía como una herida abierta.

Llegué a mi edificio casi sin darme cuenta.

Subí las escaleras con torpeza.
Abrí la puerta de mi apartamento.

Y apenas la cerré detrás de mí… me desplomé contra ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.