Me quedé mirándola sin saber qué decir.
Había demasiadas cosas extrañas ocurriendo en un solo día como para reaccionar con normalidad ante una desconocida que afirmaba haber pasado vidas buscándome.
—Creo que… —empecé, pero me detuve—. Creo que te equivocaste de apartamento.
Arianne no se rió.
No pareció ofendida.
Ni sorprendida.
Solo me observó con una paciencia infinita.
—Lo sé, no me recuerdas —respondió—. Y aun así… aquí estoy.
Un silencio incómodo se extendió entre nosotras.
Yo debería haber cerrado la puerta.
Debería haberle pedido que se fuera.
Debería haber llamado a alguien.
Pero no lo hice.
Porque algo en mi pecho… algo profundo y antiguo… me decía que no estaba en peligro.
Di un paso atrás.
—Pasa… —murmuré sin entender por qué.
Arianne entró despacio, como si temiera romper algo invisible.
Observó el lugar con atención, no con curiosidad… sino con una nostalgia extraña.
Cerré la puerta y la guié hasta la sala de estar.
Nos sentamos frente a frente.
Mis manos no dejaban de temblar.
—Bien… —dije con una risa nerviosa—. Supongo que ahora vas a explicarme por qué una desconocida aparece en mi casa diciendo que me ha buscado durante… ¿vidas? y asegura que no la recuerdo.
Ella sonrió con suavidad.
—Mi nombre es Arianne Moreau. Y no estoy aquí por casualidad.
Crucé los brazos.
—Esto es una broma, ¿verdad? Una cámara oculta… o… no sé… una secta rara…
—No es una broma —respondió con calma.
Suspiré.
—Mira… tuve un día horrible. Estoy cansada. Y no estoy de humor para juegos extraños.
—Lo sé —dijo—. Hoy viste cosas que no deberías haber visto. Y sentiste dolores que no entiendes.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Cómo sabes eso…?
Sus ojos verdes se suavizaron.
—Porque tu alma está despertando.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Eso no tiene sentido.
—Nada lo tendrá… al principio.
Guardé silencio unos segundos.
Luego, en voz baja:
—Dijiste que estabas destinada a protegerme. ¿De qué… exactamente?
Arianne dudó.
Por primera vez… parecía medir sus palabras.
—De recuerdos que podrían destruirte si regresan demasiado pronto. De seres que te aman… y de otros que desean usar tu destino.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Destino?
Asintió.
—Has vivido más de una vida, Mirella. Y en todas… has sido alguien muy importante.
Negué con la cabeza, aturdida.
—Eso es imposible…
—No te diré quién fuiste. Ni quién serás. Ni por qué ciertos nombres te duelen. —Se inclinó levemente hacia mí. —Solo te diré esto… —Sus ojos brillaron con una intensidad suave pero firme—. Tu existencia está ligada a una guerra antigua. Y este mundo… está empezando a recordarlo contigo.
Tragué saliva.
—¿Y por qué yo…?
Sonrió con tristeza.
—Porque algunas almas… no nacen para una sola vida.
El silencio volvió a caer entre nosotras.
Y por primera vez…
no quise huir.
Porque, en el fondo, sabía que esta mujer era la primera pieza verdadera de una verdad que ya no podría ignorar.
No sé cuánto tiempo pasamos en silencio después de eso.
La miraba sin saber si creerle, si echarla de mi casa o si hacerle mil preguntas al mismo tiempo.
Mi mente era un caos.
—Si todo esto es cierto… —murmuré al fin—. ¿Por qué ahora? ¿Por qué empezar a recordarlo todo hoy?
Arianne bajó la mirada… directamente hacia mi muñeca.
—Porque tu marca ha despertado.
Me llevé la mano instintivamente a la muñeca.
—¿Esto…? ¿Sabes qué es?
Asintió lentamente.
—¿Puedo verla?
Dudé.
Pero el ardor volvió a pulsar, como si respondiera a su presencia.
Me giré y aparté la mano de la marca.
Sentí su respiración detenerse.
Sus dedos no tocaron mi piel…
pero el aire alrededor de la marca se volvió tibio.
—Es más intensa de lo que esperaba… —susurró.
—¿Intensa… en qué sentido?
—En que no es una simple señal. Es un sello. Un ancla entre tus vidas.
Un escalofrío me recorrió entera.
—¿Y quién… puso esto ahí?
Arianne tardó en responder.
—Alguien que te ama desde antes de que este mundo tuviera nombre.
Mi corazón dio un salto extraño.
Sin saber por qué… un rostro apareció en mi mente.
Lucien.
—¿Él…? —pregunté casi sin voz.
Arianne no dijo su nombre.
Pero no negó.
—Ese hombre que conociste hoy… no llegó a tu vida por casualidad.
Mi respiración se volvió irregular.
—Pero yo apenas lo conozco… si eso siquiera implica conoccer.
—Tu alma no.
Cerré los ojos un segundo.
—Ezekhar dijo que moriría por él… otra vez…
El rostro de Arianne se ensombreció.
—Ezekhar siempre muestra las muertes… pero nunca los siglos de amor que las preceden.
La miré con angustia.
—Entonces… ¿es verdad que lo amo? ¿Que lo he amado antes?
Se inclinó hacia mí con extrema suavidad.
—Sí. Y también es verdad… —hizo una pausa—que ese amor ha destruido reinos.
Sentí náuseas.
—¿Por qué no puedes decirme todo…?
—Porque tu mente aún es humana —respondió—. Y hay recuerdos que, si regresan de golpe… no te dejarían sobrevivir a esta vida.
Tragué saliva.
—Entonces… ¿qué se supone que haga ahora?
Arianne me miró directo a los ojos.
—Confiar en tus emociones. Alejarte de quien te haga sentir miedo… y no huir de quien te haga sentir en casa.
Mi pecho se contrajo.
Porque sabía exactamente quién me hacía sentir ambas cosas al mismo tiempo.
Y porque, por primera vez… empezaba a sospechar que no era completamente humana.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—¿Qué eres tú…?
Arianne levantó la vista lentamente.
No parecía sorprendida por la pregunta.
Como si hubiera estado esperándola desde el principio.