No había dormido.
O, mejor dicho… había cerrado los ojos durante horas sin descansar un solo segundo.
Cada vez que intentaba hacerlo, imágenes volvían.
Balcones de piedra.
Espadas.
Sangre sobre nieve.
Una voz pronunciando mi nombre… uno que no recordaba.
Cuando el amanecer entró por la ventana, yo ya estaba sentada en la cama, con la mirada perdida.
—Esto no es real… —murmuré.
Pero lo era.
Lo sentía en el cuerpo.
En la marca.
En ese vacío extraño en la memoria.
Me levanté lentamente y fui hasta la cocina.
Preparé café sin ganas.
Apoyé las manos en la mesada.
Y entonces… sin saber por qué… pensé en él.
No de forma vaga.
No como un recuerdo casual.
Lo pensé con intensidad.
Con una urgencia que no entendía.
Lucien.
Su rostro.
Su voz.
Su mirada grave.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Esto es ridículo… —susurré.
Pero aun así… cerré los ojos.
Y pronuncié su nombre en voz baja.
—Lucien…
El sonido vibró en mi pecho.
—Si… si sabes algo… si tú tienes respuestas…—tragué saliva—ven.
El silencio fue absoluto.
Me reí nerviosa.
—Genial, Mirella… ahora hablas sola…
TOC TOC.
El golpe en la puerta me congeló por completo.
Mi respiración se detuvo.
Mi corazón casi se salió del pecho.
No.
No podía ser.
Avancé lentamente hasta la puerta.
La abrí con manos temblorosas.
Y allí estaba.
Lucien.
Impecable.
Sereno.
Como si no acabara de atravesar algo imposible para llegar hasta allí.
—Buenos días, Mirella —dijo con calma—. Me llamaste.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Yo… ¿Qué…?
Retrocedí un paso, pálida.
—Eso no es posible…
Él me observaba con una atención absoluta.
Como si yo fuera un milagro… o una amenaza.
—¿Puedo pasar?
Asentí sin pensar.
Entró.
Cerré la puerta detrás de él.
El silencio entre nosotros era casi insoportable.
—Explícame —solté de golpe—. Explícame qué está pasando.
Lo miré con los ojos brillantes.
—Hasta hace unas semanas yo era una chica normal. Tenía un trabajo, un novio, una vida aburrida…
Mi voz se quebró.
—Y ahora veo cosas… recuerdo vidas que no viví… un desconocido me amenaza… una bruja aparece en mi casa… —respiré hondo—.Y tú… apareces cuando te pienso —Lo miré directamente— Lucien… dime la verdad. Porque estoy empezando a tener miedo de mí misma, siento que voy a volverme loca,.
Él permaneció en silencio varios segundos.
Y por primera vez desde que lo conocí... vi duda en sus ojos.
No sobre mí.
Sino sobre cuánto estaba dispuesto a revelarme.
—Mirella… —dijo al fin—. Hay verdades que, si te las digo ahora… podrían cambiar tu vida para siempre.
—Ya lo hicieron —respondí sin dudar.
Eso pareció afectarlo profundamente.
Se acercó un paso.
—Lo que hiciste recién… no es algo que una humana pueda hacer.
Mi estómago se contrajo.
—Entonces… ¿qué soy?
Sus labios se separaron apenas.
Y su voz, cuando respondió, fue tan baja como peligrosa.
—Eres… —hizo una pausa— alguien a quien he esperado durante siglos.
Y supe…
con una certeza aterradora y hermosa al mismo tiempo… que acababa de abrir una puerta que ya no podría volver a cerrar jamás.
Sentí que el aire se volvía demasiado pesado para respirar.
—¿Esperado…? —repetí—. ¿Durante siglos…? —Negué con la cabeza— Eso no tiene sentido. Yo tengo veinticuatro años. Nací en una ciudad normal. Tengo padres normales… —Mi voz tembló—. No puedes decirme algo así como si fuera… normal.
Lucien me observaba como si cada palabra mía le doliera.
—Mirella…
—No —lo interrumpí—. No me llames así como si supieras cosas que yo no. —Me crucé de brazos, intentando protegerme de algo que no sabía nombrar —Explícame por qué apareciste en mi puerta segundos después de que pensara en ti. Explícame por qué mi cuerpo reacciona cuando estás cerca. Explícame por qué… —mi voz se quebró— por qué cuando te miro siento que ya te he perdido antes.
Eso lo golpeó.
Lo vi claramente.
Su mandíbula se tensó.
Sus ojos se oscurecieron.
—Porque tu alma me recuerda —dijo al fin— aunque tu mente todavía no pueda hacerlo.
Un escalofrío me recorrió entera.
—Entonces… ¿no estoy loca…?
—No —respondió sin dudar—. Estás despertando.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Despertando a qué…?
Lucien caminó lentamente por la sala, como si necesitara moverse para ordenar sus pensamientos.
—Existen seres en este mundo que no pertenecen del todo a una sola vida. Almas antiguas… que regresan una y otra vez.
Se volvió hacia mí.
—Tú eres una de ellas.
Me quedé sin palabras.
—Eso… eso es imposible…
—Lo sé —susurró—. Yo mismo intenté convencerme de eso durante siglos.
Mi corazón empezó a latir con violencia.
—¿Y tú…? ¿Qué eres tú, Lucien…?
Guardó silencio unos segundos.
Luego…
—Soy un vampiro.
No grité.
No me desmayé.
Curiosamente… una parte de mí ya lo sabía.
—Y tú… —continuó— no eres vampira. Ni humana del todo.
Mis piernas temblaron.
Me senté en el sofá antes de caerme.
—Anoche… alguien me mostró una vida pasada… yo muriendo… tú muriendo…
Lucien cerró los ojos un instante.
—Ezekhar…
El nombre me dolió de nuevo.
—Entonces es real… todo esto es real…
Abrí los ojos llenos de lágrimas.
—¿Me he muerto antes…?
Él se acercó lentamente hasta quedar frente a mí.
—Muchas veces.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Y tú…?
—Yo te he visto morir en todas.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
—¿Por qué sigues buscándome entonces…?
Lucien se arrodilló frente a mí, a mi altura.
Con una delicadeza casi reverente.