No supe en qué momento Lucien se marchó.
Tal vez fue cuando me quedé sola con demasiados pensamientos.
Tal vez cuando el cansancio finalmente me venció y mi cuerpo decidió rendirse aunque mi mente siguiera despierta.
Dormí mal.
Soñé peor.
Sombras.
Gritos.
Manos ensangrentadas buscándome entre la niebla.
Y un nombre… mi nombre verdadero… susurrado tantas veces que al despertar me dolía el alma.
Vespera.
Me senté de golpe en la cama, jadeando.
La marca ardía.
No como antes.
Ahora… dolía distinto.
Más profundo.
Como si algo dentro de mí estuviera intentando abrirse paso.
Me llevé la mano al brazo y apreté los dientes.
—No… ahora no… por favor…
El dolor creció.
Imágenes sueltas atravesaron mi mente como relámpagos.
Un castillo en ruinas.
Un vestido oscuro empapado de sangre.
Lucien arrodillado frente a mí… llorando.
—¡Basta!
Grité.
Y entonces… la habitación se oscureció.
No lentamente.
No de forma natural.
Las sombras se alargaron por las paredes como si alguien estuviera apagando la luz del mundo desde afuera.
El aire se volvió pesado.
Y una presencia… antigua.
Fría.
Conocida de una forma que me heló el corazón.
—Sigues recordando demasiado rápido…
La voz surgió detrás de mí.
Me giré de golpe.
Él estaba allí.
Apoyado contra la pared, como si siempre hubiera sido parte de mi apartamento.
Alto.
Elegante.
Sus ojos… no eran humanos.
—Ezekhar… —susurré sin saber cómo sabía su nombre.
Sonrió.
—Vaya… eso es nuevo.
Mi cuerpo temblaba entero.
—¿Qué… qué quieres…?
Se acercó un paso.
El dolor en la marca se volvió insoportable.
—Salvarte.
Reí, nerviosa.
—Eso no suena a salvación…
—Nunca lo hace… cuando amas a la persona equivocada —Sus palabras me atravesaron directo al pecho—. Lucien no es lo que crees.
—¡Mentira!
No sabía por qué lo defendía.
Pero lo hice.
Ezekhar inclinó la cabeza.
—¿Quieres ver la verdad… o prefieres seguir muriendo por ella…?
Antes de que pudiera responder… tocó la marca.
Y el mundo… se rompió.
Vi otra vida.
Yo… tendida en un altar de piedra.
Encadenada.
Lucien frente a mí… con sangre en las manos.
—Te prometí protegerte… pero esta vez… no pude elegir bien…
Mi grito desgarró el recuerdo.
Volví a mi cuerpo llorando.
Temblando.
Deshecha.
—¡Mentiroso…! —sollozaba— ¡él no haría eso…!
Ezekhar me sostuvo antes de que cayera.
—Siempre te ama… pero nunca logra salvarte.
Lo empujé con las pocas fuerzas que tenía.
—¡Vete!
Y entonces… la puerta se abrió de golpe.
Lucien estaba allí.
Furioso.
Oscuro.
Hermoso y aterrador.
—Aléjate de ella.
Ezekhar sonrió satisfecho.
—Demasiado tarde… hermano.
Silencio.
Hermano.
Lucien me miró… con miedo real en los ojos.
—Mirella… mírame…
Lo hice.
Y en ese instante… entre el caos… el dolor… las vidas rotas… sentí algo despertando dentro de mí.
No solo recuerdos.
Amor.
Antiguo.
Profundo.
Indestructible.
Mi voz salió apenas audible:
—Lucien… no me dejes morir otra vez…
Él cruzó la habitación en un segundo y me abrazó con desesperación.
—Nunca más.
Y supe… que la guerra acababa de comenzar.
Lucien me sostenía como si temiera que pudiera desvanecerme entre sus brazos.
Yo temblaba.
No de frío.
De recuerdos que querían volver.
De verdades que aún no estaba lista para soportar.
Ezekhar seguía allí.
Observándonos.
Como si aquel abrazo le perteneciera desde hace siglos.
—Siempre igual… —murmuró— te aferras a él incluso cuando ya te ha perdido demasiadas veces.
Lucien no apartó los ojos de mí.
Pero su voz fue un filo.—Vete.
—No todavía.
Ezekhar dio un paso más cerca y sentí que la marca volvía a arder.
Lucien me apretó contra su pecho.
—No lo mires —susurró— mírame solo a mí.
Lo hice.
Y por un segundo… ya no vi al hombre elegante de la empresa.
Ni al desconocido que me había cruzado en la calle.
Vi a alguien… cansado.
Antiguo.
Marcado por siglos de culpa.
—Lucien… —dije con voz rota— ¿cuántas veces…?
Él cerró los ojos.
—Demasiadas.
Silencio.
Ezekhar suspiró.
—Siempre tan honesto… cuando ya es tarde.
Se acercó otro paso.
—Dime, Vespera… ¿recuerdas cómo fue la última vez que moriste por él…?
Mi cuerpo se tensó.
Lucien levantó una mano.
Y el aire… vibró.
Las sombras retrocedieron.
La presión en mi pecho disminuyó.
—No la toques.
Por primera vez, vi algo distinto en Ezekhar.
No burla.
No crueldad.
Dolor.
—Hermano… —dijo despacio— yo también intenté salvarla alguna vez.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué…?
Lucien apretó la mandíbula.
—No ahora.
—Claro que ahora —replicó Ezekhar— si va a recordar… que recuerde todo.
Se volvió hacia mí.
—En una vida… fuiste mía.
El mundo se inclinó.
—Mentira…
—No. Y te perdí igual que él.
Lucien rugió.
Literalmente.
Un sonido grave, inhumano, que hizo vibrar los vidrios.
—¡Basta!
Me cubrió con su cuerpo como un escudo.
—No te permití acercarte antes, no lo haré ahora.
Ezekhar lo observó largo rato.
—Te equivocas, Lucien…
Y entonces me miró a mí.
—Elija lo que elija… esta vez… no morirá igual.
Sonrió.
Y desapareció.
No humo.
No sombras.
Simplemente… ya no estaba.
El silencio que quedó fue ensordecedor.