El rostro de todas mis muertes

CAPITULO 11 - EL DESPERTAR

No logré dormir.

No fue por miedo exactamente, sino por la sensación constante de que algo en mí estaba despierto, atento, como si mi cuerpo recordara un ritmo antiguo que mi mente aún no podía seguir.

Cada vez que cerraba los ojos veía fragmentos:
piedra fría bajo mis manos,
sangre que no parecía mía,
unos ojos claros mirándome como si yo fuera lo único real en un mundo condenado
.

Lucien.

Me incorporé en la cama, agitada.
Mi corazón latía demasiado rápido.
La marca ardía, no como dolor, sino como advertencia.

—Basta… —susurré al aire vacío.

Pero el aire no estaba tan vacío como creía.

Algo se movió.
No un sonido.
Una presión.
Como si la habitación se encogiera apenas.

Entonces lo sentí:
esa presencia que no pertenecía a Lucien.

Ezekhar.

No lo vi.
Lo recordé.

Una risa baja, cruel, resonó en mi cabeza, no en mis oídos.

Siempre fue así, dijo una voz que no quería escuchar.
Siempre corrías a él… y siempre terminabas rota.

Me llevé las manos a la cabeza.

—Vete de aqui —exigí, aunque no sabía si hablaba en voz alta—.No tienes derecho.

La marca estalló en dolor.
Imágenes me atravesaron sin permiso:
yo gritando su nombre —no Mirella, otro—
Lucien cayendo de rodillas
y yo… eligiendo amarlo aun sabiendo el precio.

Lloré.
No de tristeza.
De reconocimiento.

Cuando todo se detuvo, estaba temblando en el suelo de mi habitación.

Y entendí algo que me heló la sangre:

No solo me estaban observando.
Me estaban reclamando.

Me levanté despacio, con el corazón en la garganta.

No sabía quién era realmente.
Pero sabía esto:

mi despertar había comenzado…
y el mundo no estaba preparado para lo que yo era capaz de recordar.

No tuve tiempo de recomponerme.

Apenas logré ponerme de pie cuando alguien golpeó la puerta.
No fue un golpe normal.
Fue firme. Preciso. Urgente.

Mi corazón dio un vuelco.

—Mirella —dijo una voz femenina del otro lado—. Abre. Ya te encontraron.

Arianne.

Abrí sin pensar. Ella entró rápido y cerró detrás de sí, trazando algo en el aire con dos dedos. Sentí un cambio inmediato, como si la presión que me aplastaba el pecho se disipara un poco.

—¿Qué hiciste? —le pregunté, todavía temblando.

—Gané tiempo —respondió—. Muy poco.

Me miró con atención, y sus ojos se detuvieron en la marca.

—Él ya empezó —murmuró—. Ezekhar no espera.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté—. ¿Por qué me habla como si… como si le debiera algo?

Arianne dudó.
Y en esa duda entendí que la verdad era peor de lo que imaginaba.

—Porque no eres solo el recuerdo de alguien —dijo al fin—. Eres la razón por la que todo se repite.

Un frío me recorrió la espalda.

—Lucien está intentando protegerte —continuó—, pero incluso él tiene límites. Hay cosas que solo tu puedes detener… o desatar.

La marca volvió a arder, pero esta vez no grité.
Algo dentro de mí respondió.

El aire vibró.
Las luces parpadearon.
Arianne dio un paso atrás.

—Mirella… —dijo, con una mezcla de asombro y miedo—. Nunca había sentido esto tan pronto.

—¿Sentido qué…? —susurré.

Ella me sostuvo la mirada.

—Tu despertar.

Y en algún lugar, muy lejos pero demasiado cerca, supe que Lucien también lo había sentido.

El caos no estaba llegando.
Ya estaba aqui.

Arianne tomó mis manos con fuerza. Estaban frías, pero firmes.

—Tenemos que irnos ya —dijo sin rodeos—. No mañana. No en una hora. Ahora.

—¿Irnos… a dónde? —pregunté, con la voz quebrada—. No entiendo nada. Todo esto… esto es una locura.

—Lo sería —respondió— si no estuviera pasando de verdad.

Se acercó a la ventana apenas un segundo y luego retrocedió, como si hubiera visto algo que no debía mirar por demasiado tiempo.

—Fuerzas oscuras se están moviendo —continuó—. No solo Ezekhar. Él fue el primero, pero no el único. Cuando tu marca despierta así, el mundo responde. Y créeme… no siempre con buenas intenciones.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué es lo que se aproxima? —susurré.

Arianne me miró con una seriedad que me heló la sangre.

—Caos. Cazadores. Criaturas que no deberían saber que existes… y que ahora lo saben. Todavía es pronto para que todo se desate, pero ya cruzaste un umbral.

Me solté de ella y di un paso atrás.

—No puedo irme —dije—. Mi trabajo, mi vida… Lucien…

Su nombre ardió en el aire.

Arianne cerró los ojos un instante.

—Justamente por él —dijo—. Si te quedás, te van a usar para llegar a Lucien. Y yo puedo protegerte… pero no si estamos separadas.

La marca volvió a pulsar, como si entendiera la urgencia.

—No te estoy pidiendo que confíes en todo —añadió, más suave—. Solo que confíes en mí lo suficiente como para sobrevivir a esta noche.

Respiré hondo.
Tenía miedo.
Dudas.
Demasiadas preguntas.

Pero algo dentro de mí —algo antiguo— sabía que quedarse era el verdadero peligro.

Asentí despacio.

Y en ese momento, lo supe con claridad aterradora:

no estaba huyendo de mi vida.
Estaba entrando, por fin, en ella.

El mundo volvió de golpe.

No con un ruido, ni con luz, sino con una presión sorda en el pecho, como si hubiera caído desde muy alto y todavía no hubiera terminado de aterrizar. Me doblé hacia adelante, jadeando, con la mano apretada contra la marca que ardía como un corazón ajeno.

Arianne estaba frente a mí.

Seguía sosteniéndome la mano.

—Respira —me dijo—. Ya pasó.

Miré alrededor. No reconocí el lugar. El aire era distinto, más denso, cargado de algo antiguo. No era mi apartamento. No era mi ciudad.

—¿Dónde estamos…? —pregunté.

—En un sitio donde no pueden encontrarte fácilmente —respondió—. Al menos, no todavía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.