La normalidad duró poco.
No porque algo explotara, ni porque una sombra surgiera de la nada, sino porque empecé a notar los detalles. Esos que antes me habrían parecido insignificantes y ahora no podía ignorar.
El silencio del refugio no era vacío.
Escuchaba… capas.
Respiraciones que no estaban ahí. Ecos. Una vibración baja, constante, como un corazón enterrado bajo piedra.
—¿Siempre fue así? —pregunté, sin mirar a nadie en particular.
Arianne levantó la vista desde donde estaba trazando símbolos con tiza blanca.
—No —respondió—. Eres tú.
Tragué saliva.
Lucien estaba cerca, pero no invadiendo. Había aprendido rápido dónde detenerse, como si supiera que cualquier paso de más podría romper algo delicado.
—Desde que desperté —dije—, siento cosas antes de que pasen. No imágenes. Intenciones.
—Eso es intuición amplificada —explicó Arianne—. O memoria del alma. Todavía no lo sabemos.
Me apoyé contra la mesa, cerré los ojos un segundo. Vi nada… y todo al mismo tiempo. Un presentimiento espeso me recorrió el cuerpo.
—Algo va a pasar —murmuré—. Hoy.
Lucien se tensó apenas.
—Yo también lo siento.
Arianne borró uno de los símbolos con un gesto brusco.
—Ezekhar no se va a quedar quieto —dijo—. Ya perdió el factor sorpresa. Ahora va a provocar.
—¿Provocar qué? —pregunté.
Ella me miró con seriedad.
—Una grieta. En ti.
La marca respondió con un latido seco, incómodo. Me llevé la mano al pecho.
—No quiero más recuerdos arrancados —dije—. No así.
Lucien dio un paso al frente.
—No va a volver a tocarte sin pasar por mí.
Lo miré. No había arrogancia en su voz. Solo una certeza peligrosa.
—No necesito que me salves —dije, suave pero firme.
Él asintió.
—Lo sé. Necesito estar cuando decidas pelear.
Eso… eso fue peor que una promesa.
El aire se volvió denso de repente. Arianne levantó la cabeza al mismo tiempo que yo. Las velas del refugio temblaron.
—Ya empezó —dijo.
No apareció nadie.
No hubo risas ni voces.
Pero sentí el tirón.
Como si algo muy lejano hubiera pronunciado un nombre que no recuerdo despierta, y mi cuerpo hubiera respondido igual.
Me doblé hacia adelante, jadeando.
—Mirella —dijo Lucien, sosteniéndome—. Mirame. Aquí.
Lo hice. Me aferré a su mirada como a un ancla.
—No es un recuerdo —logré decir—. Es una elección que hice una vez… y que quiere repetirse.
Arianne se acercó, pálida.
—Eso es nuevo —susurró—. Nunca antes reaccionaste así.
El temblor pasó tan rápido como había llegado. Me enderecé despacio, con el corazón desbocado pero la mente extrañamente clara.
—No voy a huir —dije—. Ni de él… ni de lo que soy.
Lucien me observó con algo parecido al orgullo… y al miedo.
—Entonces el juego cambió —dijo.
Asentí.
Porque por primera vez, no sentí que el pasado me persiguiera.
Sentí que me estaba alcanzando.
El aire no volvió a la normalidad.
Se afinó.
Como si el mundo hubiera girado apenas un grado y ahora todo estuviera desacomodado. Las velas dejaron de temblar, pero la sensación de algo observando desde muy lejos permaneció.
No era invasión.
Era expectativa.
—¿Qué significa que sea distinto esta vez? —pregunté, todavía con el pulso acelerado.
Arianne intercambió una mirada con Lucien.
—Significa que estás despertando más rápido de lo previsto —dijo ella—. Y que Ezekhar ya no está tirando del pasado… está intentando influir en tu presente.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Influir cómo?
Lucien respondió esta vez.
—Tentándote a repetir decisiones que antes te destruyeron.
Lo miré fijo.
—¿Y cuáles fueron esas decisiones?
El silencio fue pesado.
—Elegirme —dijo al fin.
No lo dijo con orgullo.
Lo dijo como una herida que todavía sangra.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, pero no por magia. Por emoción.
—¿Siempre fue así? —pregunté—. ¿Siempre tuve que elegir entre ti y algo más?
—Entre el equilibrio y yo —respondió.
La marca ardió apenas, pero no de dolor. De reconocimiento.
Respiré profundo.
—Entonces esta vez quiero saber todo antes de elegir —dije—. No quiero decidir desde la ignorancia.
Arianne asintió.
—Eso cambia las reglas.
Lucien me sostuvo la mirada, intensa.
—Saber no te va a proteger del dolor —advirtió.
—Tal vez no —respondí—. Pero me va a pertenecer.
El refugio vibró una vez más, más suave. Como si hubiera escuchado.
Y entonces lo sentí con claridad:
Ezekhar no estaba intentando romperme.
Estaba esperando que yo misma dudara.
Sonreí apenas.
—Va a tener que esforzarse más.
Lucien dio un paso hacia mí, no para cubrirme, sino para alinearse a mi lado.
—Entonces preparémonos —dijo.
Y por primera vez desde que todo empezó,
el miedo no fue lo más fuerte en mi pecho.
Fue la decisión.
La decisión todavía vibraba en el aire cuando algo cambió.
No fue externo.
Fue interno.
Sentí la marca expandirse como una gota de tinta en agua clara. No dolía. No quemaba. Era… claridad. Como si una puerta dentro de mí acabara de abrirse apenas un centímetro.
Y a través de esa rendija, vi.
No imágenes completas.
Fragmentos.
Un campo abierto bajo un cielo gris.
Una torre incendiándose en silencio.
Una versión de mí con el cabello más largo, la mirada más dura… alejándose de alguien.
—No fue él quien me destruyó —susurré, antes de entender por qué lo sabía.
Lucien se tensó.
—¿Qué viste?
Lo miré.
—Me vi yéndome.
El silencio fue absoluto.
Arianne dejó caer la tiza al suelo.
—Eso nunca lo recordaste antes —dijo.
—Porque siempre me contaron el final —respondí, sintiendo que algo encajaba—. Pero no la decisión.