El rostro de todas mis muertes

CAPITULO 14- EL SANTUARIO

No fue un ruido.

Fue una ruptura.

No en el refugio. No en la ciudad.

Más lejos.

Mucho más lejos.

Estaba de pie junto a la mesa cuando la marca se encendió como si alguien hubiera pronunciado mi verdadero nombre con furia. No dolió… pero me arrancó el aire de los pulmones.

—No —susurró Arianne antes de que yo dijera nada.

Lucien ya lo había sentido.

El refugio no tembló esta vez.

Fue el mundo.

Vi el lugar antes de entenderlo.

Una colina.
Piedra blanca erosionada por siglos.
Un círculo de columnas antiguas abiertas al cielo.

Y en el centro… una grieta.

No simbólica.

Real.

La piedra sagrada partida desde el altar hasta la base.

—¿Qué es eso? —logré decir.

Arianne estaba pálida.

—El Santuario de Vespera.

El nombre atravesó mi pecho como una llave girando.

Vespera.

No como un insulto.
No como un recuerdo impuesto.

Como identidad.

Caí de rodillas.

Y esta vez no fueron fragmentos.

Fue completo.

Yo en ese mismo lugar.
Las columnas intactas.
El cielo rojo.
Lucien frente a mí, arrodillado, no derrotado… confiando.

Y yo levantando la mano.

No para tocarlo.

Para sellarlo.

La energía explotando entre nosotros.

—No… —susurré en el presente, temblando.

Lo vi todo.

Yo elegí el equilibrio.
Yo rompí el vínculo.
Yo lo encerré para evitar que el mundo ardiera con lo que éramos juntos.

No fue miedo.

Fue amor mal entendido.

Fue creer que sacrificarlo era salvarlo.

La grieta en el santuario no era un ataque.

Era una consecuencia.

El sello estaba debilitándose.

Porque yo estaba despertando.

Lucien cayó de rodillas frente a mí en el refugio.

No herido.

Pero afectado.

—Lo recordaste —dijo, y en su voz no había reproche. Solo una tristeza antigua.

Las lágrimas me ardieron.

—Yo te hice eso.

Él sostuvo mi rostro con cuidado.

—Me salvaste de convertirme en algo que habría destruido todo.

—Te encerré.

—Elegiste al mundo.

La marca ardía con una intensidad distinta ahora.

No culpa.

Verdad.

Y entonces el aire se enfrió.

No con violencia.

Con presencia.

Una figura se delineó en la penumbra del refugio.

Ezekhar.

No sonriendo.

No amenazando.

Mirándome como si también estuviera recordando.

—Por fin —dijo suavemente—. Recordaste quién rompe primero.

No había odio en su tono.

Había algo peor.

Dolor.

—No te odié por elegir el equilibrio —continuó—. Te odié porque, incluso sabiendo que lo sellabas… lo miraste como si lo amaras más que a mí.

El silencio fue brutal.

El Santuario seguía agrietándose en mi mente.

El sello debilitándose.

El pasado respirando.

Y entendí algo con claridad devastadora:

El equilibrio no se estaba rompiendo porque yo despertara.

Se estaba rompiendo porque el amor que intenté contener
nunca dejó de existir.

Y esta vez... nadie estaba sellado.

El aire se volvió irrespirable.

No por magia violenta.

Por verdad.

Ezekhar no avanzó. No atacó. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia tensaba el espacio entre nosotros como una cuerda a punto de romperse.

—El sello está cayendo —dijo, casi en un susurro—. ¿Lo sientes?

Sí.

Lo sentía.

No en la marca.

En Lucien.

Algo en él estaba cambiando.

No físicamente aún. Pero su energía… se expandía. Más densa. Más antigua. Más peligrosa.

—Aléjate —le dijo Arianne a Ezekhar, con voz firme.

Él ni siquiera la miró.

—No vine a luchar —respondió—. Vine a ver qué hace ahora que recuerda.

Mis manos temblaban.

El Santuario volvió a abrirse ante mis ojos, no como visión, sino como llamada. La grieta en la piedra se extendía. No hacia afuera.

Hacia abajo.

Algo estaba despertando bajo el altar.

Y entonces lo entendí.

El sello no solo había contenido a Lucien.

Había contenido lo que éramos juntos.

Una fuerza que no era luz ni oscuridad.

Era desequilibrio puro.

Lucien se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el suelo del refugio. Las sombras a su alrededor respondieron, vibrando.

—Está volviendo —murmuró.

—¿Qué está volviendo? —pregunté, con el corazón desbocado.

Me miró.

Y por primera vez vi miedo real en sus ojos.

—La versión de mí que sellaste.

El mundo se inclinó.

No era que él se estuviera transformando en un monstruo.

Era que el límite que lo contenía estaba desapareciendo.

—No —dije—. No voy a permitir que se repita.

Ezekhar ladeó la cabeza.

—¿Y cómo piensas evitarlo? La última vez elegiste el mundo sobre él. Si ahora lo eliges a él… el mundo paga.

Arianne dio un paso hacia mí.

—Tenemos que ir al Santuario. Ahora. Si la grieta llega al núcleo, no habrá nada que contener.

—Ir ahí lo terminará de liberar —respondió Ezekhar con calma—. El lugar está ligado a ustedes.

Lucien se enderezó con esfuerzo.

La energía a su alrededor ya no era solo sombra. Era algo más vasto. Antiguo. Como un eclipse contenido en piel humana.

—No voy a volver a ser eso —dijo, con los dientes apretados.

La marca ardió como si respondiera a su declaración.

Y entonces lo sentí.

No era solo el sello debilitándose.

Era algo moviéndose debajo del Santuario.

Algo que había sido dormido con nosotros.

Algo que no tenía rostro.

Solo hambre de poder liberado.

Respiré profundo.

El miedo quería tomarme.

La culpa quería arrastrarme.

Pero esta vez no.

—Vamos al Santuario —dije.




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