El rostro de todas mis muertes

CAPÍTULO 16 -LA PÁGINA EN BLANCO

Nunca imaginé que el silencio pudiera dar tanto miedo.

Las figuras seguían inmóviles frente a nosotros. El Santuario, que apenas unos minutos antes parecía dispuesto a derrumbarse, ahora permanecía en una calma inquietante, como si estuviera esperando una sentencia.

Nadie hablaba.

Ni siquiera yo.

Fue Arianne quien rompió el silencio.

—Tenemos que irnos.

Uno de los jueces dirigió lentamente la mirada hacia ella.

—No.

Aquella única palabra hizo vibrar el aire.

No era una orden pronunciada con fuerza. Era una certeza.

Lucien dio un paso al frente.

—Ella viene conmigo.

Las entidades no reaccionaron.

—Ella ya no les pertenece.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

¿Pertenecer?

¿Acaso alguna vez había pertenecido a alguien?

Respiré despacio.

—No soy un objeto. —Mi voz resonó por todo el Santuario— No pertenezco ni al equilibrio... ni a ustedes... ni a nadie.

Las figuras me observaron en absoluto silencio.

Y entonces, por primera vez, una de ellas hizo una pregunta.

—¿Quién eres?

Abrí la boca.

Quise responder "Mirella".

Pero la palabra se quedó atrapada.

Después pensé en "Vespera".

Tampoco salió.

Porque entendí que ninguna de las dos respuestas era suficiente.

Mirella era la mujer que había construido una vida en Milán.

Vespera era el nombre que había atravesado siglos.

Pero yo...

Yo era ambas.

Y al mismo tiempo, ninguna.

—Todavía no lo sé.

La figura permaneció inmóvil.

Después inclinó apenas la cabeza.

—Respuesta aceptada.

Lucien me miró sorprendido.

Arianne también.

Ezekhar dejó escapar una risa corta, incrédula.

—Increíble...

Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, el cielo volvió a cambiar.

No rojo.

No negro.

Plateado.

Miles de pequeñas luces comenzaron a aparecer sobre las ruinas del Santuario, como estrellas reflejadas sobre un lago invisible.

Nunca había visto algo tan hermoso.

Ni tan inquietante.

Arianne levantó la vista y palideció.

—No puede ser...

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Ella tardó varios segundos en responder.

—Las estrellas... —Miró a Lucien. Después a mí— Están despertando los antiguos pactos.

Sentí que el vínculo con Lucien vibraba de nuevo.

No con dolor.

Con advertencia.

Las entidades comenzaron a desvanecerse lentamente.

No porque se marcharan.

Porque ya habían terminado.

—La observación ha concluido. —pronunció una voz.

—El juicio queda suspendido. —continuó una segunda voz.

—La decisión será de ustedes. —concluyó una tercera voz.

Y desaparecieron.

El silencio regresó.

Nadie habló durante varios segundos.

Fue Ezekhar quien dio media vuelta.

—No tenemos mucho tiempo.

Lucien frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Ezekhar levantó la vista hacia el cielo plateado.

Por primera vez desde que lo conocía...

Parecía verdaderamente preocupado.

—Significa que ya no somos los únicos que despertamos.

Mi respiración se detuvo.

—¿Hay... más?

Él me miró directamente.

—Muchos más. Vampiros tan antiguos que incluso nosotros los consideramos leyendas. Brujas que juraron no volver a intervenir. Y criaturas que llevan siglos dormidas porque el mundo ya no las necesitaba. —Hizo una pausa— Pero ahora el mundo volvió a llamarlas.

El viento regresó.

Las estrellas brillaron con más intensidad.

Y comprendí que todo lo vivido hasta ese momento...

No había sido la guerra.

Solo había sido el anuncio de que estaba por comenzar.

Nadie habló.

El viento recorría las ruinas del Santuario como si quisiera despertar cada piedra, cada columna, cada recuerdo enterrado entre ellas.

Miré el cielo.

Las estrellas seguían apareciendo una tras otra, demasiado brillantes para ser reales. No era de noche. El sol todavía no había desaparecido por completo.

—¿Qué son? —pregunté sin apartar la vista del firmamento.

Arianne respondió casi en un susurro.

—No son estrellas.

Bajé lentamente la mirada hacia ella.

—Entonces... ¿qué estoy viendo?

—Sellos. —Fruncí el ceño— Cada una de esas luces representa un antiguo pacto entre los distintos linajes sobrenaturales. Vampiros. Brujas. Guardianes. Seres que desaparecieron hace siglos para mantener el equilibrio del mundo.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y por qué aparecen ahora?

Lucien respondió antes que ella.

—Porque el equilibrio cambió —Su voz sonaba grave—. Los pactos reconocieron que el mundo ya no es el mismo.

Ezekhar soltó una risa amarga.

—Y cuando los pactos despiertan... también lo hacen quienes los firmaron.

El silencio volvió a caer sobre nosotros.

Intentaba comprender la magnitud de todo aquello, pero cada respuesta traía diez preguntas nuevas.

—¿Cuántos son? —pregunté.

—No lo sabemos —contestó Arianne—. Algunos nombres sobreviven en los libros. Otros se perdieron hace tanto tiempo que solo quedaron como cuentos.

Me crucé de brazos.

—¿Y todos van a venir por mí?

Los tres intercambiaron una mirada.

Ninguno respondió.

Eso fue suficiente.

Solté una risa nerviosa.

—Genial... Eso era un sí.

Lucien dio un paso hacia mí.

—No todos querrán hacerte daño.

Lo miré.

—Pero todos querrán algo de mí. —Esta vez fue él quien guardó silencio. Suspiré.— Empiezo a extrañar los problemas normales.

Por primera vez desde que todo había comenzado, Arianne sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Humana.

—¿Como tu jefe llamándote porque faltaste al trabajo sin avisar?

Abrí mucho los ojos.

—¡Mi trabajo!—Los tres me miraron—¡Desaparecí! —exclamé—. Tengo un departamento, un teléfono que debe tener cientos de llamadas, una oficina donde nadie sabe dónde estoy... —Me llevé una mano a la frente— Van a pensar que me secuestraron.




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