El rostro del enemigo

CAPÍTULO 01

REGISTRO HISTÓRICO GLOBAL (CONFIDENCIAL)

Sector de Archivos de Defensa de la Tierra, Año 3035.

Transcripción del último mensaje en frecuencia abierta del Comando Central:

«El cielo no se rompió con fuego, sino con silencio. Vinieron con rostros perfectos y promesas de paz. Los llamamos hermanos. Les abrimos las puertas de nuestros hogares, compartimos nuestros recursos y permitimos que se mezclaran con nuestras familias. Error fatal. Hoy, veinte años después del Primer Contacto, la Infiltración Silenciosa ha alcanzado el punto de no retorno. No son refugiados. No buscan coexistir. El cuarenta por ciento de la población humana ha sido erradicada desde dentro por agentes que creíamos amigos, vecinos, parejas. Hemos aprendido de la forma más cruel que su mayor arma no es la tecnología destructiva, sino su capacidad milimétrica para imitar la empatía humana. Si ves a uno, no escuches su llanto. No creas en su fragilidad. No sienten. Solo erradican».

AÑO 3150.

​A Elora siempre le había parecido que el aire de las ciudades olía a metal muerto. En el siglo treinta y dos, la civilización era una enorme colmena de acero pulido, pantallas holográficas y filtros de carbono que reciclaban el oxígeno hasta despojarlo de cualquier rastro de vida. Por eso, sentir el suelo irregular, el barro húmedo pegándose a la suela de sus botas y el olor denso de la vegetación real era un privilegio por el que valía la pena pagar cada crédito de su beca universitaria.

​Llevaba la mochila de campismo al hombro, un modelo clásico de lona reforzada que contrastaba con los trajes de neopreno y las mochilas flotantes que usaban sus compañeros en el campus de la Universidad Autónoma. A sus veintidós años, Elora era una anomalía entre los estudiantes de su generación; mientras la mayoría prefería las simulaciones holográficas de los simuladores ambientales, ella necesitaba la rudeza de la naturaleza tangible.

​Se detuvo en mitad del sendero, justo donde los árboles comenzaban a cerrarse en una muralla verde y espesa. La Zona Verde del Sector Este era una de las pocas reservas naturales vírgenes que quedaban en el planeta, un terreno protegido por cúpulas de defensa atmosférica, pero libre de la vigilancia urbana. Un punto ciego en el mapa.

​Antes de que la densidad del bosque bloqueara la señal de red, el brazalete metálico en su muñeca izquierda emitió un pitido sordo y vibró con insistencia. Elora suspiró, ajustó la correa de la mochila y presionó el botón de activación.

​Una luz azulada se proyectó desde el dispositivo, materializando una figura tridimensional de medio cuerpo que flotaba a escasos centímetros de ella. Era el holograma de su madre. Elena la miraba con las cejas juntas, una expresión de preocupación que el paso de los años no había logrado borrar de su rostro. Al lado de la imagen de su madre, una pequeña pantalla flotante comenzó a parpadear, mostrando los signos vitales de Elora en tiempo real: ritmo cardíaco, temperatura y niveles de oxígeno.

​—Llegué al sector asignado, mamá —dijo Elora, adelantándose a la reprimenda antes de que Elena pudiera abrir la boca—. El rastreador biológico de la entrada principal está en verde. Lo verifiqué dos veces. No hay alertas de contaminación ambiental ni avistamientos reportados en todo el cuadrante.

​Elena examinó los datos biométricos que flotaban en el aire. Pertenecía a una generación que se había criado bajo la sombra del trauma colectivo, personas que miraban el cielo con desconfianza y para quienes un bosque no era un paisaje hermoso, sino un escondite perfecto para el enemigo.

​—Las Zonas Verdes son terreno sin escanear, Elora —advirtió Elena, y su voz, transmitida por ondas de enlace cuántico, sonó clara pero cargada de una tensión antigua—. El gobierno mantiene los radares activos en el perímetro, pero dentro de esa espesura estás por tu cuenta. ¿Llevas el arma de pulso en el cinturón?

​Elora bajó la mirada hacia su cadera izquierda, donde un pequeño dispositivo cilíndrico de color negro colgaba de su correa. Era un emisor de ondas de choque de alta frecuencia, el equipo estándar de defensa biológica obligatorio para cualquier ciudadano que obtuviera un pase de salida de la ciudad.

​—La llevo conmigo, mamá. No la he desenganchado ni un segundo.

​—Tu padre quería ir a buscarte —continuó Elena, mirando hacia un lado del holograma, como si Marcus estuviera refunfuñando en la misma habitación—. Dice que una chica sola, e hija única, no debería estar jugando a la supervivencia en un área inexplorada justo cuando los exámenes del semestre están por comenzar.

​—Dile a papá que sé cuidarme sola. Él mismo me enseñó a leer mapas analógicos y a levantar un refugio antes de que caiga la noche. Además, el apartamento de la universidad me queda lo bastante cerca como para regresar en unas horas si el clima cambia. Necesito esto para despejar la mente antes de entregar el proyecto final de la carrera.

​Elena suavizó un poco la mirada, aunque la rigidez de sus hombros no desapareció.

​—Reporta tu posición cada doce horas, Elora. Si el sistema no recibe tu señal de vida o tu confirmación manual en el horario establecido, los drones de defensa global se activarán automáticamente y rastrearán tu brazalete. No hagas ninguna tontería.

​—No lo haré. Los amo. Denle un beso a papá de mi parte.




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