El fango se pegaba a las rodillas de Elora, humedeciendo la tela térmica de sus pantalones, pero a ella no le importó. Toda su atención estaba fija en el chico que yacía contra la madera podrida del árbol caído.
A esa distancia, el olor a ozono era más fuerte, mezclado con un aroma metálico y dulce que provenía de la sustancia plateada que manchaba el costado de él. Sangre, pensó Elora, con un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Esa cosa brillante es su sangre.
El chico retrocedió instintivamente cuando ella se acercó, arrastrándose un par de centímetros sobre las hojas muertas. Un gemido agudo, casi como el de un animal acorralado, escapó de sus labios. Sus manos temblaban violentamente y se aferraban a la herida de su abdomen, manchando sus largos y perfectos dedos con ese líquido fosforescente.
—Tranquilo —susurró Elora, levantando ambas manos a la altura de los hombros para demostrar que no sostenía el arma de pulso—. No voy a hacerte daño. Prometo que no voy a lastimarte.
El desconocido no pareció entender las palabras. Su respiración era agitada, errática, y sus ojos grises, abiertos de par en par, la escrutaban con un terror absoluto. Eran unos ojos hipnóticos, del color del acero bajo el agua, enmarcados por pestañas tupidas y rubias que ahora estaban apelmazadas por el sudor y la suciedad del bosque.
Elora tragó saliva. La propaganda del gobierno, las alarmas de la ciudad, los manuales militares de Ethan... todo le gritaba que corriera. «Imitan la empatía. Son máquinas biológicas de engaño». Las palabras del Comando Central resonaron en su cabeza, frías y calculadoras.
Pero frente a ella no había una máquina. Había un chico congelándose de frío, perdiendo sangre, mirándola como si ella fuera su única salvación en un mundo oscuro. Su rostro, iluminado tenuemente por el reflejo del brazalete de Elora, era de una belleza tan irreal que dolía mirarlo. Las líneas de su mandíbula, la forma de sus labios pálidos, la simetría perfecta de sus facciones; todo en él parecía diseñado para desarmar cualquier defensa humana. Y con Elora, estaba funcionando a la perfección.
—Estás herido —continuó ella, usando el mismo tono suave y rítmico que su padre le había enseñado a usar con los animales salvajes que quedaban atrapados en las antiguas vallas del perímetro—. Necesito ver eso. Déjame ayudarte.
Lentamente, acortó el último metro que los separaba. Cuando su mano enguantada tocó el hombro del chico, él dio un respingo violento y cerró los ojos con fuerza, esperando un golpe. La reacción le rompió el corazón a la campista. ¿Qué te hicieron?, se preguntó, sintiendo una oleada de indignación hacia su propia especie. ¿Cuánto tiempo llevas huyendo de los drones?
—Shh... está bien —murmuró ella. Deslizó la mano por su brazo, sintiendo la tensión bajo la tela rasgada de su extraña túnica, hasta llegar a las manos de él que cubrían la herida—. Tienes que soltarlo. Necesito presionar para detener la hemorragia.
Con extrema delicadeza, Elora apartó las manos del chico. Él soltó un quejido ronco, pero cedió.
La herida en su costado no era profunda, pero parecía una quemadura provocada por un láser de baja intensidad. Elora abrió un pequeño compartimento de su cinturón táctico y sacó un parche de coagulación rápida. Lo activó rompiendo la cápsula central y lo presionó firmemente contra el corte.
El chico jadeó por la repentina presión, arqueando la espalda, y por reflejo su mano libre se aferró a la muñeca de Elora.
Fue un contacto eléctrico. A pesar de que sus manos estaban frías y cubiertas de barro, el agarre era sorprendentemente firme. Elora bajó la mirada hacia esos dedos largos que apretaban su muñeca y luego la levantó hacia su rostro. El desconocido la miraba fijamente. Ya no había pánico ciego, sino una curiosidad profunda, como si estuviera intentando descifrar el latido del pulso humano debajo de la piel de la chica.
—Ya pasó —le dijo Elora, rompiendo la tensión visual con un parpadeo rápido—. El parche detendrá la pérdida de fluidos, pero no puedes quedarte aquí. La temperatura va a bajar a cero grados en menos de una hora y, si los drones detectan el calor de tu sangre, te rastrearán.
Él ladeó la cabeza, observando el movimiento de los labios de ella sin comprender el idioma, pero registrando cada tono, cada inflexión de su voz.
—Tienes que levantarte. Mi campamento está a unos metros. Allí hay filtros térmicos. —Elora se puso de pie, pasó uno de los brazos del chico por encima de sus hombros y lo agarró por la cintura—. A la cuenta de tres. Uno... dos... tres.
Con un gruñido ahogado, el desconocido se puso en pie. Elora trastabilló un poco. A pesar de su apariencia estilizada y frágil, el cuerpo de él era denso, pesado, construido con una musculatura sólida y compacta que no encajaba con su supuesta debilidad. Su altura también la tomó por sorpresa; él la superaba por casi una cabeza, lo que hizo que la caminata de regreso al claro fuera torpe e inestable.
El trayecto de veinte metros les tomó casi cinco minutos. El chico arrastraba los pies, tropezando con las raíces ocultas en la oscuridad, aferrándose al hombro de Elora como si fuera su ancla. El olor de él —una mezcla de pino húmedo, ozono y una limpieza casi química, sin rastro de sudor humano— llenaba por completo los sentidos de Elora.
Cuando finalmente llegaron al claro, ella lo guio hasta el interior de su tienda de campaña. El espacio era reducido, diseñado para una sola persona, y la inclusión del joven lo volvió inmediatamente claustrofóbico e íntimo.