El sueño de Elora fue superficial, un duermevela cargado de sobresaltos en el que cualquier crujido del bosque la hacía abrir los ojos, temiendo que un enjambre de drones de seguridad estuviera descendiendo sobre su tienda. Pero la noche transcurrió en una quietud casi irreal.
Cuando la luz del amanecer comenzó a teñir la lona térmica de un azul pálido, Elora despertó por completo. El módulo de calefacción había bajado su intensidad, dejando un ambiente fresco en el interior. Tardó un segundo en recordar por qué tenía el cuerpo rígido y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Luego, giró la cabeza.
Él ya estaba despierto.
Recostado sobre el saco de dormir, el chico la observaba en absoluto silencio. No se había movido ni un centímetro. Sus ojos grises, fijos en ella, brillaban con una lucidez inquietante bajo la luz de la mañana. No parpadeaba con la frecuencia de un humano, lo que le daba a su mirada una intensidad que a Elora le revolvió el estómago por un instante.
—Buenos días —susurró ella, frotándose los ojos y sentándose lentamente.
Él inclinó la cabeza hacia un lado, como un ave exótica evaluando a un extraño. Abrió los labios y, tras un par de intentos en los que solo salió un hilo de aire, emitió una réplica exacta del sonido que ella acababa de hacer.
—Bu-nos-dí-as.
No entendía el significado, pero la imitación del tono rasposo de la voz matutina de Elora fue tan perfecta que le puso la piel de gallina.
Elora se acercó gateando y señaló la herida en su costado. Él tensó los hombros, pero permitió que ella le levantara el borde de la túnica rasgada. La campista ahogó una exclamación de asombro. Donde la noche anterior había un corte supurante de sangre plateada, ahora solo quedaba una fina línea cicatrizada rodeada de piel pálida y tersa. El parche de coagulación rápida había hecho su trabajo, pero ninguna biología humana se regeneraba a esa velocidad.
—Eres increíblemente resistente —murmuró, retirando los restos del parche y limpiando la zona con una toalla. Él siguió el movimiento de sus manos, completamente fascinado por el cuidado que ella le brindaba.
De pronto, un pitido agudo y metálico rompió el encanto.
El brazalete en la muñeca de Elora vibró con violencia. Faltaban cinco minutos para las ocho de la mañana; era la hora del reporte obligatorio. Si no contestaba, la señal de alarma se dispararía en el centro de control de la ciudad.
El chico se sobresaltó, encogiéndose hacia el fondo de la tienda con los ojos muy abiertos, asustado por el ruido tecnológico.
—Shh. No te muevas. No hagas ningún sonido —le ordenó Elora, llevándose un dedo a los labios en un gesto universal de silencio. Él la imitó al instante, cerrando la boca herméticamente.
Elora respiró hondo, intentando calmar su pulso. Desactivó la proyección holográfica para que la cámara solo captara su rostro en formato plano y aceptó la llamada de enlace cuántico.
El rostro de su madre apareció en la pequeña pantalla del brazalete.
—Elora. Veinte segundos tarde en la conexión —dijo Elena, con el ceño fruncido habitual—. Tu padre ya estaba caminando hacia la consola de emergencias.
—Lo siento, mamá. Estaba profundamente dormida —mintió Elora, forzando una sonrisa relajada—. El aire del bosque me dejó exhausta.
Mientras hablaba, Elora notó por el rabillo del ojo que el chico se había inclinado ligeramente hacia adelante. Estaba observando su rostro con una concentración casi analítica. Sus ojos grises iban de los labios de ella a la pantalla del brazalete, procesando el cambio en su lenguaje corporal: la sonrisa falsa, el tono de voz más agudo, la respiración controlada. Estaba presenciando el concepto humano de la mentira.
—Tus signos vitales están un poco alterados —señaló Elena, leyendo los datos que se transmitían en tiempo real—. Tienes el pulso acelerado. ¿Pasó algo durante la noche?
—Nada, solo un mal sueño. Además, me acabo de despertar de golpe con la alarma —Elora tragó saliva—. Mamá, voy a empacar antes de tiempo. El clima se siente pesado y creo que va a llover. Estaré de regreso en la ciudad antes del mediodía.
—Me parece una decisión sensata. Ve directo a tu apartamento, las patrullas están haciendo simulacros en los anillos exteriores hoy. Te quiero, cuídate.
—Yo también los quiero. Cortando comunicación.
La pantalla se apagó. Elora dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó todo el aire que había estado reteniendo. Las manos le temblaban. Acababa de engañar a su familia y al sistema de monitoreo global.
Se giró hacia el desconocido. Él seguía mirándola, pero su expresión había cambiado; la vulnerabilidad asustada había dado paso a algo mucho más calculador, aunque duró apenas un segundo antes de que volviera a mostrarse frágil y desorientado.
—Muy bien, tenemos que irnos —dijo Elora, pasando a la acción para evitar que el miedo la paralizara—. No puedes entrar a la ciudad vestido así, los escáneres ópticos te identificarían en tres segundos.
Abrió su mochila y sacó una sudadera gris de talla grande, unos pantalones de lona oscura y un gorro de lana. Se los tendió al chico.