El Rugido del 0%

CAPÍTULO UNO: LA PROMESA ROTA

CAPÍTULO UNO: LA PROMESA ROTA

Ciudad Neo-Tokio, Distrito 7 — 15 años antes del presente

El rugido llegó antes que la sombra.

Fran apenas tuvo tiempo de levantar la vista del juego de cartas que compartía con otros niños en el parque central. El cielo, que segundos antes era un azul despejado de primavera, se tiñó de un tono violáceo por el destello de las alarmas.

—¡ALERTA DE KAIJU! —tronaron los altavoces de la ciudad—. FASE TRES DETECTADA. TODOS LOS RESIDENTES DIRÍJANSE A LOS REFUGIOS INMEDIATAMENTE.

La gente comenzó a correr. El caos se desató como una ola imparable. Madres agarrando a sus hijos del brazo, ancianos arrastrándose hacia las escaleras del metro, soldados del Cuerpo de Defensa desplegando barricadas portátiles.

Fran tenía ocho años.

Vio cómo la torre de comunicaciones del Distrito 5 se partía por la mitad como si fuera un palillo. Una criatura de escamas negras y cuernos bioluminiscentes avanzaba entre los rascacielos, aplastando todo a su paso. Sus ojos eran tres pares de esferas amarillas que brillaban en medio del humo gris.

—¡Fran, ven! —gritó su madre desde la entrada del edificio de apartamentos.

Pero él no pudo moverse.

No por miedo.

Porque entre el torrente de personas que corrían en dirección contraria, había una niña de su edad, de cabello castaño enmarañado y una camiseta demasiado grande, que patinaba con un zapato desatado contra el asfalto. Se llamaba Valeria, aunque él solo la conocía como la chica del tercer piso que nunca hablaba con nadie en la escuela.

Había tropezado.

Y el Kaiju —aquel monstruo de la Fase Tres— estaba a solo dos cuadras.

El instante

Fran no lo pensó.

Sus piernas se movieron solas, impulsadas por algo más primitivo que el instinto de supervivencia. Por empatía. Por esa necesidad absurda y hermosa que tienen algunos niños de creer que pueden cambiar el mundo con un acto de valentía.

Llegó hasta ella justo cuando una losa de hormigón, arrancada de algún piso superior por la vibración del monstruo, cayó hacia ellos.

La cubrió con su cuerpo.

El impacto le destrozó tres costillas y le fracturó el brazo izquierdo en dos lugares.

Cuando despertó, días después, en un hospital de campaña abarrotado de heridos, la niña estaba sentada a su lado. Su cara estaba sucia y marcada por el llanto. Sobre la sábana blanca reposaba su mano pequeña.

—Te vi —susurró ella, con la voz rota—. Te vi venir por mí. Nadie... nadie había hecho algo así por mí antes.

Fran intentó sonreír. El dolor le recorrió el pecho.

—Nadie debería quedarse atrás —dijo.

Esa noche, entre el olor a desinfectante y el eco lejano de las sirenas que anunciaban la muerte del Kaiju abatido por el Cuerpo de Defensa, los dos niños hicieron una promesa.

Nos uniremos al Cuerpo. Seremos los mejores cazadores. Mataremos a todos los Kaijus para que nadie más tenga que pasar miedo.

Y por un momento, en medio de la oscuridad y la destrucción, sus dedos meñiques se entrelazaron como si fueran cadenas irrompibles.

Ciudad Central del Cuerpo de Defensa — Presente

Diecisiete años después del ataque.

El edificio de evaluaciones se alzaba en el corazón de Neo-Tokio como un monumento al orgullo humano. Sus paredes de vidrio blindado reflejaban el sol de la mañana, y en su interior, cientos de jóvenes esperaban su turno para la prueba anual de activación del Traje Simbiótico.

Fran observó la fachada desde las escaleras de entrada.

A sus veinticinco años, su cuerpo había dejado atrás la fragilidad de la infancia. Pero las marcas seguían ahí: una cicatriz que recorría su costado izquierdo, la muesca en su mandíbula por la cirugía reconstructiva, y un leve temblor en la mano que aparecía cuando el aire se volvía denso con electricidad estática.

Llevaba doce años presentándose a las pruebas.

Doce años de fracasos.

La fila avanzaba lentamente. A su alrededor, reclutas nerviosos hablaban de sus expectativas, de los porcentajes de batalla que creían tener, de las hazañas de los capitanes actuales. Y entre todas las conversaciones, un nombre se repetía como un mantra.

Capitana Valeria Cruz. Poder de batalla: 90%. La Espada de Neo-Tokio. La que mató a un Kaiju Fase Cinco en solitario.

Fran cerró los ojos.

La niña que una vez protegió ahora era una leyenda. Él seguía siendo el mismo chico del barrio pobre, con el mismo sueño y el mismo cuerpo que la ciencia del ADN simbiótico rechazaba una y otra vez.

—¡Siguiente! —gritó un examinador desde el interior.

Fran entró.

La sala de pruebas era una cúpula blanca, fría, llena de sensores y pantallas holográficas que destellaban con datos imposibles de seguir para un ojo no entrenado. En el centro, una cápsula de inserción genética esperaba como una boca abierta.

—François "Fran" Alarcón —leyó un técnico con gafas gruesas desde su puesto de control—. Expediente número... vaya. ¿Doce intentos previos?

—Trece si cuenta este —respondió Fran, intentando sonar despreocupado.

El técnico lo miró con una mezcla de lástima y profesionalismo.

—Bueno. Ya sabe el proceso. Traje estándar, inyección de marcadores simbióticos, activación sensorial. Su porcentaje se mostrará en la pantalla central. Si supera el 5%, podrá ingresar al programa básico.

Fran asintió. Siempre era lo mismo.

Se quitó la chaqueta. Se colocó sobre el traje de compresión negro que parecía una segunda piel más oscura que la noche. Sintió las agujas microscópicas penetrar en su columna —un pinchazo eléctrico que ya conocía demasiado bien—, y luego...

Nada.

El traje se iluminó durante un segundo, parpadeó como una luciérnaga moribunda, y se apagó.

La pantalla central mostró un número.

0,0%

El silencio en la sala fue total.

—Imposible —murmuró el técnico, ajustando las gafas—. El medidor debe estar... no, está calibrado. Nunca había visto un cero absoluto. Es como si su cuerpo rechazara completamente el ADN simbiótico. Como si fuera... incompatible.



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En el texto hay: destrucción, poderes. , kaijus

Editado: 01.05.2026

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