El Rugido del 0%

CAPÍTULO DOS: LA MORDEDURA

CAPÍTULO DOS: LA MORDEDURA

Distrito 47 (Zona Marginal) — Dos semanas después

Fran caminaba sin rumbo.

Había perdido la cuenta del tiempo desde la última prueba. Los días se mezclaban en una neblina gris de bares cutres, habitaciones de alquiler por hora y el eco constante de las sirenas que anunciaban la llegada de otro Kaiju, otra batalla, otra oportunidad para que los héroes con porcentaje brillaran mientras él miraba desde las sombras.

El Distrito 47 era el lugar perfecto para desaparecer.

Situado en la periferia de Neo-Tokio, cerca del vertedero radiactivo donde se depositaban los restos de los Kaijus abatidos, era un laberinto de chatarra, contenedores oxidados y estructuras ilegales que el Cuerpo de Defensa prefería ignorar. Allí vivían los que el sistema había olvidado: refugiados de ciudades destruidas, exsoldados con traumas de batalla, y gente como él.

Perdedores.

—Once años —murmuró Fran, pateando una lata vacía que rebotó contra una pila de escombros—. Once años de pruebas para que me digan que soy un cero.

La noche caía rápido en los distritos marginales. Las luces de Neo-Tokio brillaban a lo lejos como un sueño inalcanzable. Aquí, solo había oscuridad y el murmullo constante de las ratas mutantes que se alimentaban de los restos de los monstruos.

Fran se internó en el Callejón de los Huesos, un pasadizo estrecho flanqueado por contenedores de desechos biológicos. El olor era nauseabundo: una mezcla de sangre coagulada de Kaiju, amoníaco y algo más antiguo, más primitivo.

Y entonces lo vio.

Una pequeña criatura se retorcía entre los escombros.

No era un animal normal. Tenía el tamaño de un gato doméstico, pero su piel era escamosa, de un tono violeta oscuro que parecía absorber la luz de las farolas cercanas. Sus ojos eran tres pares de esferas doradas—exactamente como las del Kaiju que había atacado su ciudad cuando era niño— y de su cola brotaban pequeñas protuberancias bioluminiscentes que parpadeaban en un patrón errático.

Estaba herida. Una pata trasera colgaba en un ángulo antinatural, y de su costado manaba un líquido negro que humeaba al contacto con el aire.

—Eres un hijo de Kaiju —susurró Fran, agachándose lentamente—. Un remanente. Debería llamar al Cuerpo.

La criatura levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Fran, y por un instante, el mundo se detuvo.

No había amenaza en su mirada. Solo dolor. Y algo más.

Miedo.

El mismo miedo que Fran había visto en los ojos de Valeria cuando eran niños. El mismo miedo que él había sentido cuando la losa de hormigón cayó sobre ellos.

—Mierda —maldijo Fran, tendiendo la mano—. Está bien. Vamos a...

La criatura se movió más rápido de lo que su tamaño sugería.

Se abalanzó sobre su rostro, sus patas delanteras aferrándose a sus mejillas, y antes de que Fran pudiera gritar, se metió EN su boca.

El cambio

El dolor fue indescriptible.

Fran cayó de rodillas, sus manos arañando su propia garganta mientras sentía cómo la criatura se disolvía en su interior. No era una invasión física. Era algo más profundo. Células que se reescribían. ADN que se fundía. Una presencia extraña que se entrelazaba con cada fibra de su ser como una hiedra venenosa.

Su piel comenzó a arder.

Miró sus manos y las vio transformarse. Los dedos se alargaban, las uñas se oscurecían hasta volverse negras como el carbón, y de sus antebrazos brotaron escamas del mismo tono violeta que la criatura. Sintió cómo su columna se reconfiguraba, cómo una cola —una auténtica cola de reptil— emergía de la base de su espalda.

La última luz de las farolas se reflejó en un espejo roto junto a él.

Lo que vio lo heló la sangre.

Su rostro seguía siendo el suyo, pero los ojos... sus ojos eran ahora tres pares de esferas doradas. Y de su mandíbula sobresalían colmillos que no estaban allí segundos antes.

—No... —susurró con una voz que ya no era completamente humana—. No, no, no...

Intentó gritar, pero el sonido que salió de su garganta fue un rugido.

Un rugido de Kaiju.

El instinto tomó el control.

No sabía cómo, pero en algún lugar profundo de su conciencia, una voz antigua susurraba instrucciones. Concéntrate. Imagina tu forma humana. Recuerda quién eres. La bestia es parte de ti, pero tú no eres la bestia.

Cerró los ojos. Pensó en su madre. En el juego de cartas del parque. En la sonrisa de Valeria en el hospital, antes de que el mundo los separara.

El rugido se apagó.

Cuando volvió a abrir los ojos, sus manos eran humanas otra vez. Su rostro era su rostro. Al menos por fuera.

Por dentro, algo había cambiado para siempre.

Fran se quedó allí, arrodillado en el callejón, temblando como una hoja al viento. Podía sentirlo. El poder. La fuerza. Una conexión con algo más grande que él mismo. Su cuerpo ahora tenía... potencial. No sabía cuánto, pero era real.

También sentía el hambre.

No hambre de comida. Hambre de algo más oscuro. De destrucción. De caos.

—¿Qué me has hecho? —susurró al vacío.

El vacío no respondió. Solo el viento, y el eco lejano de las sirenas.

El descubrimiento

Tres días después, Fran no había dormido.

Se había encerrado en su habitación de alquiler—un cuarto de tres metros cuadrados con una cama oxidada y una ventana rota—, y había estado experimentando. Descubrió que podía activar la transformación voluntariamente, aunque le costaba un esfuerzo inmenso. Sus extremidades se cubrían de escamas, su fuerza se multiplicaba, y adquiría una conciencia sensorial anormal: podía oír los latidos del corazón de la gente en el edificio de enfrente, oler el miedo en el sudor de los vecinos.

También descubrió que si algún sensor del Cuerpo de Defensa lo escaneaba, lo matarían.

Los Kaijus son enemigos de la humanidad. Los simbióticos son humanos potenciados con ADN de Kaiju controlado. Un humano que se convierte en Kaiju... eso es una aberración. Una amenaza.



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En el texto hay: destrucción, poderes. , kaijus

Editado: 01.05.2026

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