CAPÍTULO TRES: LA DOCTORA Y EL CAZADOR
Subsuelo de Neo-Tokio — Noche siguiente
El laboratorio de la doctora Ren estaba exactamente donde Kaito había dicho: a quince metros bajo el distrito de alcantarillas abandonadas, oculto detrás de una pared falsa que solo se abría con una secuencia específica de golpes.
—Tres rápidos, dos lentos, uno pausado —recitó Kaito, golpeando la pared de hormigón—. Y reza para que no haya cambiado la combinación.
El hormigón se desplazó hacia un lado con un susurro hidráulico.
El aire que salió del túnel era frío, estéril, y olía a antiséptico mezclado con algo metálico. Sangre. Mucha sangre.
—Después de ti —dijo Kaito, haciendo una reverencia exagerada.
—Eres un cobarde —murmuró Fran.
—Soy un vivo. Hay diferencia.
Avanzaron por un pasillo estrecho iluminado por luces ultravioleta que hacían que la piel de Fran hormigueara de una forma extraña. Casi reconfortante. Como si las luces estuvieran diseñadas para algo que su cuerpo ahora reconocía.
El pasillo desembocó en una cámara circular.
Y allí estaba ella.
La doctora Ren era una mujer de mediana edad, canas prematuras en su cabello negro recogido en un moño severo, y unos ojos de un gris tan pálido que parecían ciegos hasta que te miraban. Iba vestida con una bata blanca manchada de fluidos imposibles de identificar, y sus manos—delgadas, largas, con uñas demasiado limpias—sostenían un escalpelo que no dejó de girar entre sus dedos mientras los observaba.
—Kaito Tanaka —dijo, con una voz que sorprendió por su calidez—. Traes a otro desgraciado para que lo arregle.
—Solo a este —respondió Kaito, encogiendo los hombros—. Es especial, Ren. Créeme.
Ella lo miró a él. Solo a él.
Y Fran sintió que sus ojos atravesaban su piel, sus músculos, sus huesos. Como si estuviera siendo irradiado. Como si no pudiera ocultar nada.
—Especial, dices —murmuró Ren, arqueando una ceja—. Hace semanas que no veía una anomalía así. Huele a... simbiosis forzada. No, algo más primitivo. Fusión directa. —Su mirada se clavó en los ojos de Fran—. ¿Te mordió un remanente, chico?
Fran tragó saliva.
—Sí.
—¿Y sigues vivo?
—Sí.
Ren soltó una risa seca, corta, sin humor.
—Entonces eres un milagro andante. O un accidente esperando a ocurrir. Siéntate. —Señaló una camilla metálica cubierta con una sábana que parecía haber visto demasiados pacientes—. Vamos a averiguar cuál de las dos cosas.
El examen
La camilla era incómoda. Las correas que Ren le colocó en muñecas y tobillos eran innecesarias—ninguno de los dos lo dijo, pero Fran sabía que eran por si se transformaba inesperadamente.
—Necesito una muestra de médula ósea —dijo Ren, preparando una aguja larga como su antebrazo—. Va a doler.
—¿Siempre eres así de amable con tus pacientes?
—Mis pacientes no suelen ser amenazas biológicas de categoría desconocida. Ahora cállate y aprieta los dientes.
La aguja penetró en su fémur. Fran no gritó, pero sus dedos se clavaron en los bordes de la camilla con tal fuerza que dejaron marcas.
Ren extrajo el líquido rojo oscuro, lo depositó en un análisis portátil, y esperó.
Los segundos se alargaron hasta volverse eternos.
La máquina pitó.
Ren se quedó mirando los resultados. Parpadeó. Se frotó los ojos. Miró de nuevo.
—Imposible —susurró.
—¿Qué? —preguntó Fran, incorporándose—. ¿Qué dice?
Ren levantó la vista. Por primera vez desde que entraron, algo humano apareció en su rostro. Algo que se parecía al asombro.
—Tu porcentaje de batalla teórico —dijo, señalando la pantalla—. Según la fusión celular, la densidad de tu núcleo simbiótico, y la compatibilidad genética... deberías estar muerto. Pero no solo estás vivo. Tu potencial...
—¿Mi potencial qué?
Ren giró la pantalla hacia él.
POTENCIAL DE BATALLA ESTIMADO: 100%
El mundo se detuvo.
—Eso no puede ser —dijo Fran, negando con la cabeza—. He sido un cero durante doce años. Doce años, doctora. No puede...
—No es un cero ahora —lo interrumpió Ren, con una autoridad que cortó cualquier objeción—. El remanente que te fusionó... no era un remanente cualquiera. Era una cría de Kaiju Fase Seis.
El silencio fue absoluto.
—¿Fase Seis? —preguntó Kaito, que había estado observando desde la esquina—. Esas no existen. Las fases llegan hasta la Cinco. Eso es lo que enseña el Cuerpo.
—El Cuerpo miente —dijo Ren con amargura—. Las fases Seis existen. Son Kaijus con conciencia propia. Inteligencia estratégica. Capacidad de planificación. Y lo más importante: pueden generar remanentes con su mismo ADN base. Si uno de esos remanentes fusiona con un humano compatible...
—Obtienes a Fran —completó Kaito.
Ren asintió.
—Obtienes a un humano con el potencial de un Kaiju Fase Seis. Eso significa más poder del que cualquier soldado del Cuerpo ha tenido jamás. —Su mirada se clavó en Fran con una intensidad que dolió—. Y también significa que si el Cuerpo se entera, te diseccionarán como a una rata de laboratorio.
Fran bajó la mirada a sus manos.
Las veía temblar. Pero no de miedo.
De rabia.
Doce años de cero. Doce años de humillación. Doce años viendo a Valeria ascender mientras él se pudría en la marginalidad. Y ahora, de repente, el universo le decía que no solo podía ser soldado, sino que podía ser el más fuerte.
—Enséñame a controlarlo —dijo, levantando la vista—. Enséñame a ocultarlo. Enséñame a usarlo sin que nadie lo sepa.
Ren lo estudió largamente.
—Será peligroso.
—Lo sé.
—Podrías perder el control y matarnos a todos.
—Lo sé.
—Podrías perder tu humanidad.
Fran dudó. Solo un segundo.
—No me importa.
Ren sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, como la de alguien que ha visto demasiados jóvenes hacer demasiadas promesas imposibles.
—Entonces empecemos. Primera lección: tu cuerpo ahora produce un campo energético que los sensores del Cuerpo pueden detectar. Para ocultarte, necesitas aprender a suprimir ese campo. Es como contener la respiración, pero con cada célula de tu ser.