CAPÍTULO CUATRO: EL PRECIO DEL SECRETO
Laboratorio de la doctora Ren — Horas después
El laboratorio olía a quemado.
No por el ataque del Cazador, sino porque Fran había hecho cortocircuito tres máquinas de diagnóstico en los últimos cuarenta minutos. Su campo energético, ahora parcialmente descontrolado tras la pelea, interfería con cualquier equipo electrónico a menos de cinco metros.
—Deja de moverte —gruñó Ren, ajustando un par de gafas de visión espectral que había rescatado de los escombros de su consultorio—. Necesito medir tu frecuencia basal.
—No puedo dejar de moverme —respondió Fran, con los puños apretados contra las rodillas—. Siento que mi piel está ardiendo. Desde la pelea, no he podido...
—¿Calmarte? —interrumpió Kaito desde la esquina, donde hojeaba un informe médico con más entusiasmo del apropiado—. Es normal. Acabas de enfrentarte a un asesino interdimensional de tamaño humano. Yo también estaría nervioso.
—No es nervios —dijo Ren, apartando las gafas—. Es acumulación. Su cuerpo produjo una cantidad masiva de energía durante el combate y ahora no sabe cómo liberarla. Si no encuentra una válvula de escape...
—¿Qué? —preguntó Fran.
Ren lo miró con esa expresión seria que había adoptado desde que lo vio transformarse.
—Podría transformarse involuntariamente. En público. Frente a las cámaras. Frente al Cuerpo de Defensa.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier rugido de Kaiju.
—Entonces enséñame —dijo Fran, levantándose—. Ahora. No puedo esperar días ni semanas. Si ese Cazador vuelve, si alguien me descubre antes de que esté listo...
—No se trata solo de control —lo interrumpió Ren, alzando una mano—. Se trata de entender lo que eres. Lo que llevas dentro. Ese remanente que te fusionó no era un parásito. Era una semilla. Un fragmento de conciencia. Y ahora está aprendiendo de ti tanto como tú de él.
Fran frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que el Kaiju dentro de mí... piensa?
—No como tú piensas. Pero sí. Tiene instintos. Deseos. Miedos. Y si no los comprendes, terminarán dominándote.
Kaito cerró el informe con un golpe seco.
—Entonces empecemos por lo básico. ¿Qué quiere? ¿El Kaiju ese que tiene dentro? ¿Qué desea?
Fran cerró los ojos. Se concentró en esa presencia extraña que habitaba en lo más profundo de su ser. Al principio solo sintió calor. Luego, imágenes fragmentadas. Un cielo de color púrpura. Una manada de criaturas corriendo entre árboles de cristal. Y una sensación abrumadora, primaria, imposible de ignorar.
Libertad.
—Quiere salir —susurró Fran, abriendo los ojos—. Quiere correr. Cazar. Vivir sin esconderse.
—Como cualquier ser vivo —dijo Ren, asintiendo—. La diferencia es que tú puedes darle eso sin perder el control. O puedes negárselo y volverte loco. Tú eliges.
Fran apretó la mandíbula.
—Muéstrame cómo.
El entrenamiento — Días 1 a 7
Ren no perdió el tiempo en teoría.
La primera semana fue un infierno diseñado específicamente para Fran. Lo sometió a sesiones de privación sensorial para agudizar su conexión con el Kaiju interior. Lo expuso a descargas eléctricas controladas para medir su regeneración—descubrieron que sus heridas cerraban en tres segundos, cinco si eran profundas. Lo hizo sostener bloques de metal de quinientos kilos hasta que sus brazos temblaban, y luego aumentó el peso.
—¿Por qué fuerza bruta? —preguntó Fran, jadeando bajo una barra que deformaba el suelo—. Pensé que esto era sobre control.
—El control sin fuerza es debilidad —respondió Ren, anotando algo en una tableta—. Y la fuerza sin control es peligro. Necesitas ambas.
Kaito, mientras tanto, se había autoproclamado entrenador táctico.
—El Cuerpo de Defensa no solo mide fuerza —explicó, dibujando diagramas en el suelo polvoriento del laboratorio—. Evalúan reflejos, toma de decisiones bajo presión, trabajo en equipo. El porcentaje de batalla te abre la puerta, pero lo que te mantiene dentro es la cabeza.
—Mi cabeza ha sido un cero durante doce años —murmuró Fran.
—Porque no tenías nada que perder. Ahora sí. Eso cambia todo.
Kaito le enseñó a leer patrones de ataque de Kaijus a partir de grabaciones de archivo. Le mostró los puntos débiles de cada fase: las branquias de los Fase Dos, las articulaciones de los Fase Tres, los núcleos de energía de los Fase Cuatro. Le hizo correr simulaciones mentales hasta que Fran podía predecir los movimientos de un monstruo antes de que ocurrieran.
—No es magia —dijo Kaito una noche, mientras compartían raciones de emergencia—. Es estadística. Los Kaijus no son impredecibles. Solo parecen serlo porque la gente entra en pánico. Tú no puedes permitirte el pánico. Tú tienes que ser la persona más calmada en cualquier campo de batalla.
—Suena fácil.
—No lo es. Pero por eso estoy yo. Para recordarte que respires.
Fran sonrió. Era una sonrisa pequeña, frágil, pero era la primera que Kaito le veía en semanas.
—Gracias —dijo Fran.
—No me des las gracias todavía. Espera a que te meta en una prueba de simulación con soldados reales. Ahí vas a odiarme.
Día 10 — El primer problema
Sucedió mientras Fran caminaba de regreso al laboratorio después de un recado.
Kaito necesitaba suministros médicos que Ren no podía conseguir por sus propios medios—vendas regenerativas, estimuladores neurales, cosas que solo el Cuerpo de Defensa distribuía legalmente. Fran llevaba una mochila con el material, cubierto con una chaqueta ancha y la capucha subida, cuando un control de identidad lo detuvo.
—Documentos —dijo un soldado joven, con el rostro oculto tras el casco reglamentario.
Fran los entregó. Sus documentos eran falsos—Kaito se los había conseguido a un traficante del distrito 47—, pero habían pasado controles antes. Esta vez, sin embargo, el soldado no los escaneó de inmediato. Lo miró. Lo olió. Literalmente.