CAPÍTULO CINCO: EL GOLPE QUE PARTIÓ EL CIELO
Base de Operaciones Norte — Una semana después
El entrenamiento de Fran había alcanzado un punto muerto.
Ren lo dijo sin rodeos: su cuerpo había dejado de responder a los métodos convencionales. Los parches inhibidores duraban menos cada día. Su campo energético crecía como una marea que nadie podía contener. Y lo peor de todo, el Kaiju dentro de él estaba impaciente.
—Quiere salir —explicó Ren, mostrando los gráficos de actividad cerebral de Fran—. No por maldad. Por necesidad. Eres un depósito a presión, y la válvula está a punto de reventar.
—¿Cuánto tiempo me queda antes de perder el control? —preguntó Fran.
—Días. Tal vez horas. No puedo asegurarte nada.
Kaito, que había estado en silencio durante toda la conversación, golpeó la mesa con el puño.
—Entonces tenemos que adelantar las pruebas. No hay otra opción.
—Las pruebas de ingreso son en tres semanas —dijo Sori, que se había unido a la reunión por videollamada desde su puesto en el Cuerpo—. No puedo moverlas. Si Fran quiere unirse, tiene que seguir el protocolo como todos.
—Fran no es como todos —gruñó Kaito.
—Ese es el problema.
La discusión se cortó cuando las alarmas de la ciudad comenzaron a sonar.
No como antes. No con el tono habitual de emergencia.
Este era diferente. Más grave. Más profundo. Como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración.
Ren palideció mirando su pantalla.
—Alerta máxima —susurró—. Kaiju Fase Cinco detectado. Punto de impacto: Distrito 1. El centro de Neo-Tokio.
La llegada
Nunca habían visto uno en persona.
Los Kaijus Fase Cinco eran leyendas urbanas para la mayoría de los civiles. El Cuerpo de Defensa los mencionaba en sus informes internos, pero las imágenes nunca se filtraban. Eran demasiado terroríficas. Demasiado peligrosas para la moral pública.
Ahora Fran entendía por qué.
Emergió del mar como una montaña que hubiera decidido caminar.
Tenía cuatro patas, cada una del grosor de un edificio de oficinas, y un cuerpo que parecía esculpido en obsidiana y lava. De su espalda brotaban formaciones cristalinas que emitían una luz roja pulsante, como un corazón expuesto. Su cabeza era alargada, casi serpentina, y en ella se abrían siete pares de ojos de un amarillo tan intenso que dolía mirarlos.
Pero lo peor no era su tamaño.
Era su presencia.
El aire se volvió pesado. Los coches se detuvieron por fallo eléctrico. La gente cayó al suelo como si una mano invisible los estuviera aplastando. Incluso a kilómetros de distancia, Fran sintió cómo el Kaiju dentro de él se encogía de miedo.
No —escuchó en su mente, una voz que no era la suya pero tampoco era del todo ajena—. Ese no es un depredador. Es un dios de la destrucción.
—Tenemos que ir —dijo Fran, levantándose.
—¿Qué? —Kaito lo agarró del brazo—. ¿Estás loco? Eso es un Fase Cinco. Ni siquiera los capitanes de alto porcentaje pueden enfrentarlos solos.
—Por eso mismo. Si no voy, no sabré lo que soy capaz de hacer.
—¡Y si vas, te matarán! ¡O peor, te descubrirán!
Fran se liberó del agarre.
—Kaito. Confía en mí.
Kaito lo miró largamente. Luego suspiró, se pasó una mano por el cabello azul, y asintió.
—Voy contigo. Pero si te transformas delante de las cámaras, te juro que te mato yo mismo antes de que lo haga el Cuerpo.
Ren les lanzó dos dispositivos pequeños.
—Inhibidores de emergencia. No durarán más de diez minutos, pero pueden camuflar su firma si se mantienen cerca de Fran. Vayan. Y vuelvan vivos.
Salieron corriendo.
El campo de batalla — Distrito 1
Veinte minutos después, el mundo era infierno.
La Fase Cinco había avanzado tres kilómetros tierra adentro. A su paso, no quedaban edificios en pie, solo escombros humeantes y cráteres que parecían heridas abiertas en la piel de la ciudad. El humo era tan denso que el sol se había vuelto una mancha naranja y difusa.
Los soldados del Cuerpo de Defensa luchaban en retirada.
Fran los vio desde la azotea de un edificio semiderruido. Había docenas de ellos, tal vez cientos, disparando con armas que apenas parecían molestar al monstruo. Sus trajes brillaban al máximo rendimiento, algunos soldados alcanzaban porcentajes del 30% o 40% en combate, pero no era suficiente.
El Kaiju levantó una pata y la dejó caer.
Una manzana entera desapareció.
—Dios mío —susurró Kaito a su lado—. ¿Cómo vamos a detener eso?
—No vamos a detenerlo —respondió Fran, con una calma que le asustó a él mismo—. Vamos a sobrevivir.
Y entonces la vio.
Valeria.
Volaba entre los rascacielos como un cometa dorado, su katana trazando arcos de luz que cortaban las formaciones cristalinas de la bestia. A su alrededor, un escuadrón de soldados de élite la cubría, disparando cohetes y proyectiles de energía.
Su porcentaje debía estar al 90%, quizá más.
Pero ni siquiera ella podía hacer mella.
El Kaiju giró la cabeza y exhaló.
No fue fuego. Fue algo peor. Un rayo de energía negra que atravesó tres edificios como si fueran de papel y alcanzó a dos soldados que volaban en formación. Sus trajes simbióticos se desintegraron. Sus cuerpos cayeron al vacío.
Valeria gritó.
No de dolor. De furia.
Se lanzó contra la cabeza del monstruo, su katana brillando con toda la intensidad de su poder. El impacto creó una onda expansiva que rompió ventanas en un radio de dos kilómetros.
El Kaiju rugió.
Pero no cayó.
Sacudió la cabeza como un perro mojado, y Valeria salió volando, su cuerpo golpeando un edificio con tanta fuerza que la estructura se derrumbó sobre ella.
—No —murmuró Fran.
Y algo dentro de él se rompió.
La pérdida de control
No fue consciente de lo que hizo.
Un segundo estaba en la azotea, viendo cómo los escombros sepultaban a Valeria. Al siguiente, ya no estaba allí.