CAPÍTULO SEIS: EL FANTASMA DEL CRÁTER
Clínica de campaña — Distrito 1 — Dos días después
El alta médica llegó antes de lo esperado.
Fran había pasado cuarenta y ocho horas fingiendo amnesia parcial, temblores nerviosos y una convincente incapacidad para recordar cómo había llegado al centro del cráter. Los médicos, desbordados por cientos de heridos, lo diagnosticaron como "estrés agudo post-traumático con desorientación" y lo liberaron con una pulsera amarilla y una cita de seguimiento que nunca pensó cumplir.
—Eres un maldito artista —dijo Kaito mientras caminaban hacia la salida, evitando las miradas de los soldados que custodiaban el perímetro—. El temblor en la mano izquierda fue un toque maestro.
—No estaba actuando —respondió Fran, y su voz sonó más cansada de lo que quería—. Todavía no puedo controlarlo del todo. Desde el golpe, siento que mi cuerpo vibra todo el tiempo. Como si estuviera a punto de...
—¿Explotar?
—Esa no era la palabra que iba a usar, pero sí.
Salieron al aire libre. El Distrito 1 era irreconocible.
Donde antes se alzaban rascacielos y avenidas llenas de luces, ahora solo había escombros humeantes y grúas de rescate. El cráter que Fran había creado—quinientos metros de diámetro, treinta de profundidad—estaba siendo estudiado por equipos de científicos del Cuerpo. Pequeñas figuras con trajes blancos descendían en cuerdas, tomando muestras del suelo fundido.
—Mira —dijo Kaito, señalando.
Una figura solitaria estaba arrodillada al borde del cráter.
No llevaba traje de contención. Vestía el uniforme negro de capitana, con ribetes dorados que brillaban bajo el sol pálido. Su cabello castaño caía sobre sus hombros, despeinado y sucio. Tenía un brazo en cabestrillo—lesionado por el derrumbe—y su rostro mostraba moretones que aún no habían comenzado a desaparecer.
Valeria.
Fran sintió un tirón en el pecho. El Kaiju dentro de él se agitó, no con furia, sino con algo más confuso. Reconocimiento. Nostalgia. Una conexión que el humano había intentado enterrar durante años.
—Vámonos —murmuró, girando la cara—. No podemos quedarnos aquí.
—Demasiado tarde —susurró Kaito.
Valeria se había puesto de pie.
Y los estaba mirando.
El encuentro
Fran caminó como si no la hubiera visto. Rápido, con la cabeza gacha, la capucha subida. La multitud de damnificados y rescatistas le proporcionaba cobertura. Solo tenía que llegar a la calle siguiente, donde los esperaba un coche de Sori.
—¡Tú!
La voz cortó el aire como un látigo.
No era una orden. Era un reconocimiento.
Fran se detuvo. Sus músculos se tensaron. El Kaiju dentro de él se preparó para luchar o huir.
—Gira lentamente —susurró Kaito—. Con calma. Eres un civil traumatizado, recuerda.
Fran giró.
Valeria estaba a diez metros, caminando hacia él con una determinación que no dejaba espacio para la duda. Su brazo bueno descansaba sobre el pomo de su katana—un gesto automático, más reflejo que amenaza—y sus ojos color miel lo escudriñaban con una intensidad que dolía.
—Te conozco —dijo ella, deteniéndose a tres metros—. No sé de dónde, pero te conozco.
Fran mantuvo la capucha baja.
—No creo, capitana. Soy solo un damnificado.
—Los damnificados no tienen costuras de traje simbiótico en el cuello.
Maldición. La capucha no cubría del todo la marca que el inhibidor de Ren había dejado en su nuca: un patrón de cicatrices diminutas, casi invisibles para un ojo normal. Pero los ojos de Valeria no eran normales. Habían sido entrenados para ver lo que otros no veían.
—Trabajé en el vertedero —dijo Fran, improvisando—. Los restos de Kaiju dejan marcas.
—Mentira.
La palabra cayó plana, segura.
Kaito intervino, colocándose entre ellos con una sonrisa de conciliación.
—Capitana, con todo respeto, mi amigo acaba de salir del hospital. Está en estado de shock. Si tiene preguntas, puede hacerlas en la comisaría del distrito, pero ahora mismo necesitamos...
—Tú —lo interrumpió Valeria, mirándolo a él ahora—. También te conozco. Eres el informante. El que trabaja para Sori Yamanaka.
Kaito palideció.
—No sé de qué...
—No finjas. Tengo informantes mejores que tú. —Valeria desvió la mirada hacia Fran—. Y tú... tú estuviste en el cráter antes de que llegaran los rescatistas. Te vi entre el humo. Tus ojos brillaban.
El corazón de Fran golpeó tan fuerte que temió que ella pudiera oírlo.
—Fue el reflejo de las luces de emergencia —dijo.
Valeria negó con la cabeza.
—No. He visto muchas luces de emergencia en mi carrera. Esto era diferente. —Dio un paso más—. Baja la capucha.
—Capitana...
—BAJA LA CAPUCHA.
A su alrededor, la gente comenzó a mirar. Algunos soldados se acercaron, alertas, las manos en sus armas.
Fran no tuvo elección.
Bajó la capucha.
Su rostro quedó al descubierto. Los años no habían sido amables—las arrugas prematuras, las ojeras profundas, la cicatriz en la mandíbula que había recibido cuando era niño—pero seguía siendo reconocible. Seguía siendo el mismo chico que una vez la había cubierto con su cuerpo.
Valeria parpadeó.
Una vez. Dos veces.
Su boca se abrió ligeramente.
—¿Fran? —susurró, y por un instante, la capitana desapareció. En su lugar estaba la niña que lloraba en un hospital, aferrada a la mano de su salvador—. ¿Fran Alarcón?
Él no respondió. No podía.
—Pensé que habías... que te habías ido. Que habías dejado de intentarlo. Hace años que no te veía en las pruebas.
—Sigo intentándolo —dijo Fran, y su voz sonó ronca—. Siempre lo he hecho.
Valeria lo miró largamente. Algo brilló en sus ojos, algo que podría haber sido culpa o vergüenza o ambas.
—Lo siento —dijo, y parecía sincera—. Por lo de la promesa. Por lo de... dejarte atrás. Fui una idiota.
—Fuiste una niña —respondió Fran—. Y yo también.