El sabor de los sueños

¿Cuánto dinero puede tener una niña?

Aimée supuso que algo iba mal con su padre y la compañía de construcción cuando les dijo que no irían de vacaciones ese verano a Francia.

¡Era una costumbre familiar! ¿Cómo decirle que no?

Su padre ofreció ir a visitar a su familia a Estados Unidos o, mejor aún, les preguntó, ¿alguna vez han ido a la Riviera Maya?

Dijo Riviera Maya, no Riviera Francesa.

Aimée se echó a reír, debía ser un chiste, porque en primer lugar, él jamás iría a visitar a la familia de Washington por las peleas que tenían y dos, jamás las había llevado de vacaciones en el país. Su padre no se reía, se movió inquieto en el sillón.

Luego a sus sospechas se sumaron las ausencias en los eventos escolares de las dos y finalmente lo que hizo que Aimée se replanteara las cosas fue el que cada vez llegará más tarde a casa.

Una noche lo espero en la cocina. Mandó a dormir temprano a su hermana y ella se quedó preparando un consomé para su padre.

Era una receta sencilla, pero que le gustaba hacer para practicar su mirepoix. Cada verdura tiene que ser cortada de manera correcta, el mismo tamaño: cebolla, apio y zanahoria, las tres tenían que ser de 1 cm, cubos perfectos. Los grandes chefs logran su perfección picando todos los días hasta que tienes ampollas en las manos.

Además a su padre siempre le gustó su consomé, decía que era un abrazo al alma.

Ella hizo mucho esa sopa cuando su madre se fue. Tanta hasta el punto de que su hermana veía la preparación y se alejaba corriendo, diciendo que no comería eso.

Su padre prendió la luz de la entrada, el olor de la sopa debía de llegar hasta allá porque atravesó toda la larguísima estancia, el comedor y la sala para llegar a la cocina.

Era medianoche. Su padre nunca llegaba a esas horas, ni en sus peores momentos las descuidó tanto.

Se asomó a la cocina y sonrió.

-¿Qué haces despierta? ¿Mañana tienes examen en el curso de cocina?

-Hola, papá -dijo al tiempo que servía en un tazón el caldo-. Te estaba esperando. No fuiste a la presentación de fin de clases de Liz.

Su padre se había sentado en la encimera justo frente a ella y al escucharla recargó su cabeza en sus dos manos apoyadas en la mesa de granito gris. Dejó salir un largo suspiro.

Aimée decoró el plato con un toque verde de estragón y se lo dejó a su lado junto con una cuchara.

Él le sonrió, pero no comió.

-Lo lamento. ¿Le dirás eso a tu hermana? Olvidé que era ayer.

-¿Hay mucho trabajo en la empresa?

Su padre frunció el ceño y metió la cuchara en el caldo pero sin probarlo, solo lo movió.

Su padre no decía nada y comenzó a molestarle. Así que carraspeó y volvió a intentarlo:

-¿Qué es lo que está pasando? No te vemos en casa, no estás yendo a vernos y no hablamos de lo de las vacaciones. Papá, necesitas decirme lo que pasa. Prometiste que me dirías todo después de lo de mamá.

Su padre volvió a suspirar, sonaba como que con cada suspiro se agotaban sus fuerzas.

-La empresa va mal. Muy mal. -hizo una pausa, siguió removiendo el caldo, apático-. Estamos en reestructuración.

Aimée no sabía lo que significaba eso. Cuando lo busco en la noche supo que era un paso entre la bancarrota y salvarse, era un último esfuerzo.

Eso debía contar para algo. Aimée sabía que su padre no dejaría que la compañía que había creado con tanto esfuerzo se viniera abajo, además no era tan malo que eso pasara, ¿ o no? Aún en el peor de los casos, su padre iniciaría un nuevo negocio.

Y ya había sucedió algo parecido antes. Justo cuando su madre se fue. ¿Y qué pasó en ese entonces? Su padre salió adelante, él siempre lo hacía.

Tal vez solo le avergonzaba lucir así frente a ella y no quería preocuparles.

-Está bien, saldrás adelante, papá. Todo se recuperará -dijo y le apretó su mano.

Él la volteó a ver y aunque ya no le dijo nada sus ojos estaban llorosos. Se veía cansado, ¿tal vez por el estrés de ese día?

No comió nada. Se fue a la cama sin despedirse y sin decir nada más.

Ella no esperaba que la empresa fuera a bancarrota.

Así como tampoco espero todo lo que vino después.

***

Fue un jueves de hace tres semanas.

Aimée había recibido una llamada del curso de verano de Lizbeth, preguntando por su padre. Ella no sabía de él, ayer solo escucho el auto y la puerta, pero estaba demasiado cansada como para bajar y saludarlo.

-El pago del curso fue rechazado y necesitamos que alguien venga a recoger a la alumna.

Aimée suspiró molesta. Era increíble que ella tuviera que ir a recoger a su hermana, ¿para que estaba el chófer si no era para eso? ¿Y no podía Ximena (quien les ayudaba a limpiar la casa) ir por ella?

La secretaria de la directora le contesto con su vocecita chillona que había intentado llamar a todos los demás números que tenían registrados y nadie contestó.

Aimée dijo que iría. Se cambió rápido y dejó la escuela de cocina sin dar explicaciones a nadie.

Cuando llegó a la escuela de Lizbeth, ella estaba sentada en una silla en la sala de profesores, comía su almuerzo (que ella había cocinado) y cuando la vio le sonrió.

Aimée le devolvió la sonrisa. La asistente de dirección le pidió hablar un momento.

-Lamentamos lo que pasó, pero es política de la escuela que ningún niño puede entrar si no ha realizado el pago completo del curso de verano.

-Se hizo el primer pago, ¿no? Estoy segura de que debe haber algún problema con el banco.

La secretaria le sonrió pero era demasiado falso, como si no fuera la primera vez que le decían eso.

-Claro que sí. Seguramente es un problema de ellos, pero espero entienda que hasta que no hayamos recibido el pago no aceptaremos a la niña en el curso. Es injusto para los demás alumnos.

Aimée se cruzó de brazos.

-¿No es justo? -luego bajó la voz pero enfatizó cada palabra con fuerza-. Mi hermana ha venido a este curso de verano todos los años desde que tiene seis y jamás nos había pasado esto.




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