El día de la subasta llegó más pronto de lo que esperaba. Hasta ese momento Aimée mantuvo la calma y la entereza. Le dijo a su hermana que no pasaba nada, que su padre volvería pronto.
Su casa ya no era la que ella conocía. Desde el refrigerador hasta la cama, pasando por un jarrón que trajeron de Francia, tenía papeles amarillos pegados, indicando que sería subastando en unas horas.
Ella no tenía que estar ahí y eso la hizo respirar y le quitó una carga de encima, lo último que necesitaba era ver cómo se peleaban y destrozaban el hogar. Su hogar. Mandó a su hermana a pasar la tarde con una de sus compañeras de la escuela y ella tenía turno en la papelería.
El trabajo era algo nuevo. Nunca había considerado trabajar como algo que haría hasta que tuviera veinte años. No ganaba mucho, no esperaba hacerlo, porque después de todo, solo era una medida exagerada por si su padre no volvía, por esa remota posibilidad ella no quería que se acabara el dinero que tenían. Además no le pagaban mucho.
El abogado de su padre se hizo responsable de todo. No sabía cómo, se arregló con los deudores, con el gobierno y con todas las personas que entraron y salieron de la casa de Aimée.
Muy en el fondo de su ser, Aimée creía que el que su padre desapareciera así, se consideraba abandono, pero cada vez que se atravesaba ese pensamiento por su cabeza ella lo sacudía y recordaba que su padre las amaba. Él era el que se quedó con ellas cuando su madre se fue, además, ¿no era suficiente con que uno de sus padres fuera malo? ¿Tenían que ser los dos?
Al final del día, recibió una llamada del abogado de su padre. Le explicó tantas cosas que por más que intentó darle sentido y entender, sólo terminó con un dolor de cabeza insoportable y con un correo que resumía todo lo que hablaron.
En pocas palabras, tenían dos semanas para desalojar la casa, después vendría el nuevo dueño a hacerse cargo y no tenían dinero. No, todo lo que tenía su padre se evaporó y lo que tenían ellas dos en sus cuentas bancarias, también despareció. Su padre lo transfirió antes de irse a un tal Ramón Mondragón.
Su hermana y ella tenían unos cuantos miles de pesos y Aimée hizo un cálculo de que a ese ritmo tardarían unos tres meses antes de quedarse sin dinero y otros dos más hasta que fueran a una casa hogar.
Ese sábado había ido a su empleo en la papelería, con la certeza de que las cosas ya habían tocado su punto más bajo. Pero en realidad siempre hay espacio para empeorar.
Su jefa, una señora de unos cuarenta y cinco años, le entregó un sobre y le dijo que ya no podría seguir trabajando ahí.
-¿Por qué? No he llegado tarde, no robé nada y estoy segura de que he cumplido con lo que me pidió.
Ella levantó la mirada un instante, pero de inmediato la regresó al suelo.
-Lo sé. Eres muy buena en el trabajo y ese no es el problema. -tosió y después de unos segundos, cuando se recuperó volvió a hablar-. Voy a cerrar la papelería.
La señora no se metió en más detalles de su vida y Aimée no los pidió.
Tenía la sospecha de que cerraba porque estaba enferma. La había visto cansarse por las tareas más sencillas, apenas caminaba sin que se le acabará el aire y esos ataques de tos eran cada vez mas seguidos, pero no cuestionó y la verdad, no quería saber que enfermedad tenía, mientras no fuera algo contagioso.
Asintió porque incluso ella sabía que no había nada que hacer en esas circunstancias y agradeció haber estado ahí.
Después acomodó por ultima vez los estantes, las plumas, las pinturas, las monografias y todo lo que estuviera fuera de su lugar. Atendió a cuatro clientes, sacó copias y limpió los vidrios.
Luego, cuando su turno terminó, guardó el sobre del dinero en el bolsillo interno de su chaqueta y se despidió.
Caminó a la esquina, donde pasaba el camión que la dejaba cerca de la parada del otro camión que tenía que tomar para llegar a su casa, se asomó para ver si venía.
No había comida en la casa, haría un omelette o algo sencillo, su prioridad era encontrar una casa para irse a vivir antes de la próxima semana.
La calle estaba vacía. Se sentó en uno de los asientos de la parada, el único que no tenia un graffiti y suspiró.
Desde que su padre se fue ella no había llorado. En realidad la última vez que lloró fue cuando su madre murió, el día que su padre le dio la noticia.
En ese entonces se prometió que lloraría esa tarde, para que cuando llegara el funeral, ella no derramara ni una sola lágrima.
Sacó su celular de su bolsa y marcó el número de su padre.
Como siempre, sonó y sonó pero no contestó y se fue al buzón de voz.
Hasta entonces siempre colgaba sin dejar uno, pero esta vez habló:
-¿Dónde estas, papá? Dijiste que volverías para la subasta. -hizo una pausa para tragar saliva y carraspeó para que su voz no se rompiera-. Tu abogado es lo peor, me preguntó si no sería mejor ir a algún orfanato y que en realidad no era tan malo como la gente dice. Lo dijo como si tú no fueras a volver, ¿Dónde contrataste a una persona así? En cuanto vuelvas debes despedirlo.
»¿Qué debo hacer ahora? ¿Por qué no me dijiste que te ibas a ir a Estados Unidos? Somos una familia. Me prometiste que nunca harías algo asi, dijiste que no nos dejarías solas.
»Lizbeth no dice nada y eso me preocupa más. No ha llorado, preguntado ni me ha pedido que le explique lo que esta pasando. Pasa todos los días jugando en el jardín y hoy, me despidieron de mi trabajo de medio tiempo, la dueña cierra la papelería. ¿Imaginaste que algún día tendría un trabajo en una papelería?
»Por favor papá, vuelve.
Se detuvo y aunque seguía grabando el mensaje, apretó el 1, y escucho como la voz robotizada le decía que el mensaje había sido eliminado, que si quería grabar otro marcará 1 y que si quería salir del buzón de voz colgara.
Colgó y guardó el celular de nuevo en su bolsa.