Pasaron un par de minutos sin que hiciera nada, su mirada quedo fija en el parque de enfrente, si es que se le podía llamar así a unas jardineras con algunas plantas más muertas que vivas y en la esquina una estatua de algún personaje importante. Se secaba las lágrimas que iban cayendo de sus mejillas.
-Hola.
Aimée se sobresalto al escuchar la voz y tardó un poco en ubicar al chico, pero si lo conocía. Era el que le había sugerido entrar a trabajar en la papelería.
La historia de como lo conoció era bastante corta. Ella buscaba trabajo en esta zona, donde nadie que conocía la conociera y en algo donde le pagaran en efectivo y no tuvieran objeciones de que era menor de edad, entró a la papelería a comprar una botella de agua y el anuncio de «Se busca empleada» estaba pegado en el refrigerador. Él estaba atendiendo cuando ella preguntó, la presentó con la dueña y el resto era historia.
Después de ese día no lo había visto de nuevo.
-¿Qué?-dijo mientras abrazaba con fuerza su mochila.
-No te voy a robar -se sentó dejando un asiento entre los dos.
Tardó en reconocerlo por como iba vestido. Una sudadera gris con capucha, una gorra del mismo color que tapaba su cabello castaño claro y de su sudadera colgaban unos lentes de sol grandes. Llevaba sobre los hombros una mochila.
Parpadeó varias veces para que sus ojos dejaran de sentirse húmedos. Pasaron un par de minutos en silencio y no es que a Aimée le desagradara estar así, pero en ese momento realmente no quería que nadie la viera, ¿es que acaso a donde sea que fuera tenía que estar alguien?
En casa estaba su hermana que aun sin decir nada, sentía que esperaba algo de ella y Aimée tenía que ser la hermana mayor ejemplar. En la papelería estaba la dueña o los clientes e incluso aquí, en esa parada de camión, en una colonia olvidada estaba ese chico.
-¿Cómo te fue en el trabajo?-preguntó y al ver que ella no respondió, continuó:-Se que va a cerrar. Lo lamento, pensé que duraría mucho más tiempo abierta, el plan era que se fuera a Estados Unidos a finales de año.
Él parecía ¿conflictuado? no sabía definir su expresión, era como si para él estar ahí también fuera difícil, aunque en realidad, ¿qué importaba eso? Tenía suficiente con preocuparse por ella y su hermana.
-Encontraré otra cosa.
-Lo siento, de verdad me siento mal por lo de la papelería. Necesitas el dinero.
Aimée entrecerró los ojos.
-Escuchaste lo que dije antes -dijo, solo un tono mas enojado que antes.
Era increíble que no existiera la privacidad.
Él se recargó en el poste que sostenía los asientos y se cruzó de brazos.
-Las paradas son un lugar público, la calle es un lugar público. A veces escuchas conversaciones ajenas y esta bien, no es el fin del mundo.
Ella resopló. Claro, como si le creyera eso.
-Como sea. Se va a Estados Unidos, ¿por qué todos parecen querer irse para allá?-preguntó, pero no a él, solo quería sacar esa pregunta de su mente. Y luego recordó de nuevo a su padre.
Y recordó el mensaje de voz que no llego a enviar y todos los problemas en casa, recordó a su hermana y a su madre y como fue que todo llegó a este punto.
Tenía una buena vida, pero ahora ni siquiera estaba segura en donde iba a vivir la proxima semana.
Se formó un gran nudo en su garganta, era imposible pasar saliva y veía todo borroso, pero se negaba a llorar, sobre todo frente un extraño que escuchó sus problemas.
El chico, cuyo nombre no sabía, se acercó a ella. Aimée reaccionó en automático y volteó a otro lado para que no viera sus ojos llorosos. Él le puso su gorra y con delicadeza, como si de una muñeca se tratara, le colocó los lentes de sol a Aimée. Ella no se movió, no se atrevió pero tampoco le reclamó nada, creía que si en ese momento decía algo solo acabaría ahogandose con su llanto.
Él se asomó al otro extremo de la parada hacia la calle, dejándola sola.
Eso bastó para que por primera vez en un lago tiempo y por primera vez desde que su padre se fue, llorara con fuerza.
No era ruidosa, sus jadeos eran silenciosos, pero sí que derramó tantas lágrimas hasta sentir que sus ojos estaban secos.
Pasaron tal vez unos quince o veinte minutos, para cuando ella pudo voltear a ver al chico, él ya no estaba ahí.
Aimée no sabía si tomó en autobús, no recordaba si habia pasado.
Y él se habia ido, dejando sus cosas con ella. Ella no se atrevió a quitarse los lentes o la gorra ni siquiera cuando llegó a su casa.
***
Hay gestos que dicen más que mil palabras ✨️.
En el próximo capítulo conoceremos a dos personas que podrán darle un giro a la vida de Aimée. ¡No se lo pierdan!