El profesor Esteban Castillo tenía dos trabajos.
Durante las mañanas daba clases en la ACI una escuela de cocina y algunas tardes daba clases particulares en un restaurante que prestaba sus instalaciones. Estudió en Francia, pero nunca logró nada relevante. Tenía más de cuarenta años y lo más importante que alguna vez hizo fue romper una familia. Su familia.
Lo despreciaba y era el sentimiento más fuerte que nadie jamás había despertado en ella, ¿y cómo no hacerlo cuando su madre los abandonó por él?
No importaba cuánto tiempo haya pasado de ese entonces, Aimée aún rechinaba los dientes y sentía una oleada de calor en su cuerpo cuando recordaba la cara que hicieron las madres de sus amigas al correr el chisme de que habían visto a Andrea de Durán con el profesor de cocina.
Recordaba la manera en que lo dijeron frente a ella, como si no fuera capaz de entenderlo y al mismo tiempo con lástima y superioridad porque ellas no harían algo así, al menos no en público.
Poco a poco dejó de reaccionar a sus palabras, porque si les demostraba a toda esa gente que sus comentarios la afectaban les daría la razón en que le tuvieran lástima.
Cuando su madre murió, ella lo conoció por primera vez en el funeral y se prometió a sí misma en ese entonces que nunca volvería a ver a ese sujeto de nuevo. Todavía recordaba a su padre sentado en la sala funeraria, cerca de donde estaba el ataúd de su madre, con la cabeza gacha, los ojos llenos de lágrimas y cuando ese hombre entró su padre se levantó y se fue de ahí apretando los puños hasta que sus nudillos quedaron blancos.
Su padre volvió por ellas unas horas después, cuando Esteban se había ido. Nunca le dijo a dónde fue pero ojalá las hubiera llevado con él.
Así que estar esperándolo a la salida del restaurante era algo para lo cual tuvo que prepararse y mentalizarse. Llevaba la misma gorra que el chico le habia dado y estaba recargada en el auto del sujeto.
Ayer, cuando regreso del trabajo, y después de comer, Aimée se animó a quitarse los lentes oscuros y abrir el sobre que su padre dejó para ellas en caso de que no volviera. Tenía que tomar decisiones, su padre hubiera querido que lo hiciera. Hizo un gran esfuerzo para no romper las hojas dentro del folder. Su padre esperaba que fuera Esteban el que se hiciera responsable de ellas.
Ese domingo, fueron a lugar donde trabajaba Esteban. Llevó a Lizbeth porque la noche anterior, hizo un berrinche en la cena rogándole que no la dejara sola, que ya no quería estar todo el día en esa casa.
Ahora, ella jugaba con su Barbie a su lado y le había dejado en claro que se quedara dentro de su rango de visión. No importaba si era una colonia tranquila, si en la Roma había más extranjeros que nacionales, Aimée no permitiría que nada le pasara a la mocosa.
Esperaron otros cinco minutos cuando los estudiantes salieron por la puerta, se veían contentos, cargaban en sus manos una charola desechable, con lo que Aimée supuso, era la creación culinaria de la clase.
Minutos despues de que el último estudiante se marchó, salió él.
No habia cambiado mucho de la primera (y última) vez que lo vio.
Era un hombre bajito, de cabello oscuro, tez bastante bronceada por el sol, tenía unos lentes rectangulares que hacían ver a sus ojos diminutos y aunque no se veía mal, todo el daba una impresión graciosa, tal vez fuera porque sus pantalones le quedaban largos y se veía cuánto le había metido de largo por dentro del pantalón o como éste que se estaba saliendo, o tal vez fuera porque cargaba en un hombro una mochila negra y en la otra mano dos bolsas de tela color verde chillón y parecía estar haciendo malabares para llevar todo.
Se detuvo y Aimée se quitó la gorra.
Claro, él no las reconoció.
—¿Esteban Castillo? —preguntó en su mismo tono desafiante que usaba con todos los de la escuela.
—Soy yo. —dijo pero realmente no se fijó en ellas, con torpeza sacó las llaves de su auto de una bolsa del pantalón y abrió la cajuela.
Cuando dejó las dos bolsas dentro y la cerró de nuevo, volvió su atención a ellas.
Para ese entonces Aimée ya lo habia visto de arriba a abajo y decidió que era peor que un gusano. Los gusanos tenian una gran labor en los ecosistemas.
—Necesitamos algo de ti —dijo Aimée. El retrocedió un par de pasos.
—¿Esto es un asalto? —preguntó y agarró con mas fuerza las llaves del auto.
Aimée no reaccionó ante lo que le pareció una tontería, se cruzó de brazos.
—No. Somos las hijas de Andrea de Durán.
Su cara no cambió, e incluso dio otro paso hacia atrás hasta que chocó con el auto estacionado detrás.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, chicas? —preguntó con cortesía y empezó a caminar a la puerta del piloto.
Ella hizo lo mismo, hasta que los dos quedaron frente a frente. Él intento abrir la puerta, ella lo permitió, pero se recargo para impedir que la abriera completamente y huyera.
—Necesitamos dinero.
Él frunció el ceño y se rascó la nuca con su mano libre.
—No entiendo. ¿Por qué me pides dinero? ¿Es una broma?
—No. Es como escuchaste. Necesitamos dinero y si tienes algo de decencia nos darás lo suficiente para que no volvamos a molestarte.
Pasaron un par de segundos, ella seguía con la misma expresión desafiante. Él, en cambio pasó por todas las caras que alguien en su posición haría: abrió los ojos, miró a su alrededor, movió la cabeza de un lado a otro, pero no decía nada y cuando Aimée estaba segura de que no diría nada, él habló:
—No. No puedes chantajearme por lo de tu madre. Eso pasó hace años —dijo y sonrió, Aimée se controló para no golpearlo.
Decirle la verdad del porqué necesitaban el dinero estaba fuera de opción, se había prometido no decir nada.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? Destrozaste a una familia, dejaste sin madre a dos niñas y llevaste a la muerte a nuestra madre. No importa si han pasado cinco o diez años, nuestra madre ya no esta y nunca estará por tu culpa.