La alegría de su venganza no duró mucho. Después de todo, ellas seguían en la misma situación y ese tipo la había humillado.
No volvería a buscarlo. Había cumplido el deseo de su padre al ir y hablar con él, pero ahora haría las cosas a su manera. Trabajaría, encontrarían un departamento pequeño para las dos y cuando su padre volviera, estaría orgulloso de las decisiones que tomó.
Agarró la mano de su hermana y emprendieron el camino a casa, pero no habían caminado más de dos cuadras cuando dos hombres malencarados las detuvieron y les dijeron que el Sr. Mondragón quería hablar con ellas.
En esa pelea los matones llevaban ventaja y si no era en ese momento tarde o temprano volverían a buscarlas, así que huir no era una opción.
Además, Aimée sí conocía al tal Mondragon, no en persona, pero sabía que era el dueño de su casa y de su dinero. Cuando ella le preguntó sobre él, el abogado le contó que era un empresario cuyo giro principal eran préstamos a pequeñas y medianas empresas.
Su padre habia pedido uno de esos préstamos. En la laptop de su papá encontró una carpeta dedicada en su totalidad a él y el dinero que debía.
Las subieron a una SUV, con los vidrios polarizados, salieron de la Roma, entraron a la Juarez, pasaron muy cerca de su casa, pero al final dieron la vuelta y terminaron en alguna parte de Polanco que Aimée no supo identificar.
Entraron en el garage de una casa que Aimée definió como clásica, elegante y con una gran arquitectura, tal vez lo único que no iba acorde a ese estilo Art Deco eran esas sillas que estaban en el jardín delantero, una de ellas era de madera pintada en un tono azul electrico, pero hacia tiempo no se cuidaba, pues la pintura se estaba cayendo, el respaldo tenia un tipo de rejilla de plastico blanco percudido con algunos hoyos y el asiento tenia un cojin de tela que al ver mas de cerca se veia que tenia figuras de dinosaurios rojos, verdes y amarillos y para rematar el cojín tenía plástico, la otra silla era idéntica a excepción de que era de color rosa mexicano y el cojín era de una tela de princesas con vestidos rosas, ¿cómo decirlo? Eran vulgares.
El auto se detuvo, les abrieron la puerta y las condujeron a la entrada.
Grande fue su sorpresa al ver que toda la construcción y la joya de arquitectura que era esa casa perdía su valor.
Era una sucesión de sillas azules y rosas chillonas. Todo saltaba a la vista, nada tenía armonía y era una abominación. Por aquí había una mesa de un rojo encendido con un mantel de plástico de flores que estaba tan desgastado que había que entrecerrar los ojos para distinguir los detalles. Por allá, la sala tenía sillones de colores gris rata tapizados con plástico y en el centro una mesita de madera con un florero en el que Aimée alcanzó a ver la figura de una montaña y abajo decia algo de «Recuerdo de...», pero no pudo leer toda la frase.
Aimée no creía que fuera posible lograr este estado de casa de forma natural, era de mal gusto, es más, era necesario tener un decorador de interiores para llegar a este estilo.
Las guiaron por el primer piso hasta llegar a una puerta cerrada que uno de los matones abrió después de dar un suave golpe y escuchar la aprobación para pasar.
La oficina tenia la misma decoración de la casa. Pero Aimée no se concentró en eso, el corpulento hombre detrás del escritorio era lo que más atraía en esa habitación.
No era demasiado alto, pero era muy grande e imponía bastante. Aimée sabía que su cara no delató su sorpresa, pero le dio un leve golpe a Lizbeth para que se comportara.
Los dos hombres que las habían llevado abrieron las sillas que estaban frente al escritorio para que se sentaran.
Ella lo hizo, se cruzó de piernas y brazos y le hizo un gesto a su hermana para que se sentara y no hablara.
-Es un gusto conocerlas finalmente. Su padre siempre las presumía. -luego, les dio una leve sonrisa y se dirigió hacia Aimée-. Tú eres la promesa culinaria, ¿no?
Aimée no sabía que le había dicho su padre, pero esto no la hacía sentirse cómoda, asi que no respondió.
Mondragon esperó unos segundos a que ella dijera algo, pero de sus labios no saldría ni una palabra.
-Su padre ha dejado grandes deudas. Reconozco que trato de pagarlas hasta el final, incluso intentó dar los fideicomisos de sus hijas para cubrirlas. Un movimiento inútil. Y ahora se fue. De acuerdo a la información, ustedes tienen familia en Estados Unidos -hizo una pausa y Aimée siguió sin inmutarse-. Vayamos al grano, su padre no va a volver y alguien tiene que pagar los tres millones de pesos que su padre debe, así que díganme, ¿cuál de ustedes dos quiere hacerlo?
Aimée se enderezó en la silla y se acercó un poco más antes de responder:
-No tenemos la obligación de pagar nada. Todo se ha subastado de acuerdo con la ley. El abogado de la empresa aseguró que la casa era lo último que faltaba, por lo tanto si queda dinero a deber, se pierde. Esa era deuda de mi padre y las deudas no se heredan -respondió, citando de memoria lo que escuchó decir al abogado unos días antes.
-En condiciones normales, sí, es cierto. Su padre necesitaba el dinero y con una cantidad tan grande hay que tomar precauciones extras y él firmó esto -y extendió un documento a Aimée.
En él, su padre había accedido a que el dinero que el señor Mondragón le prestó fuera pagado por su familia en México (es decir ellas dos, porque no tenía más familia), a cambio le dieron un préstamo grandísimo con un interés muy bajo.
Aimée se acercó para leerlo mejor y asegurarse de que fuera cierto porque era imposible que su padre aceptara algo así.
Pero no, la firma y el nombre de su padre estaba bien. No se veía falsificado e incluso habían conseguido firmarlo por un notario.
Dejo la hoja sobre el escritorio y volteó a ver al señor Mondragon quien ahora sonreía como una víbora.