—Su padre nunca les dijo. Pobrecitas..., pero un negocio es un negocio y para este caso tengo varias opciones de pago muy accesibles.
Y de ahí paso a enlistar todas las posibles rutas que estaban a su disposición.
1. Cuando cumpliera dieciocho años, Aimée entregaba su fideicomiso (del cual ella apenas se enteraba que tenia uno y que ascendía a un millón), y mientras trabajaría para pagar el resto de la deuda. Con esa estimación, creía que para cuando ella tuviera treinta años haría terminado de pagar todo.
Con este accesible plan de pagos, Aimée nunca iría a la universidad, no tendría dinero propio y tal vez su hermana tampoco lograría estudiar.
2. Las dos entregaban su fideicomiso (dos millones) cuando cumplieran dieciocho años y el resto de la deuda la pagaría Aimée trabajando. Acabarian pagando la deuda cuando tuviera 25.
Ella seguía sin estudiar y ahora ninguna de las dos tendría dinero.
3. Ninguna entregaba el fideicomiso y las dos entraban al mercado laboral en cuanto tuvieran edad. Pagarían la deuda antes de que ella tuviera cuarenta.
Esa era la peor idea y con cada palabra que salía de la boca del señor Mondragón, Aimée quería gritarle un par de cosas respecto a la explotación infantil y de su padre.
—Esto tiene que revisarlo mi abogado —dijo e hizo ademán de levantarse para irse, pero el mismo guardaespaldas que la trajo, la sentó de nuevo.
—No entiendes, Aimée. Este préstamo está fuera de la empresa de tu padre. No importa si ya subastaron todo, esto tiene que pagarse y no recomiendo que lo sepa nadie más que tú, no queremos que las cosas se pongan difíciles para otros, ¿o si?
Dejó el papel sobre el escritorio.
—Si ninguno de estos planes te interesa, tenemos una última idea. ¿Qué te parece ser la chef ejecutiva de mi restaurante?
Ella entrecerró los ojos, le costaba creer algo así.
—¿A qué se refiere?
—La gastronomía es lo que esta de moda hoy. Tratan a los chefs como si fueran estrellas de rock y la gente va a los restaurantes para ver a los chefs —dijo y sus ojos brillaron de emoción—. ¿Pero sabes que no tiene un restaurante en México? Una estrella Michelin.
—¿Cuál es el plan para eso? ¿Dónde trabajaría? Tengo que terminar la escuela y la universidad para hacerlo. Una estrella Michelin no es algo que se obtenga solo por que uno lo desea.
El señor Mondragon asintió y le explicó el plan.
—Lo sé. Te daría un préstamo para acabar la escuela: preparatoria y universidad. Hay que hacer unos cambios, dejarías las clases de la escuela francesa y entrarías a la ACI, cuyo plan de estudio es mejor para mi objetivo y en cuanto termines empiezas a trabajar para mí, consigues el reconocimiento y eso es todo. Puedes renunciar y buscar otro restaurante —dijo y le sonrió—. La única condición que te pongo es que debes conseguir esa estrella a más tardar cinco años despues de que salgas de la escuela.
Cada una de esas palabras estaban mal. Dejar las clases de cocina nunca había sido una opción, ni siquiera en ese momento de su vida. Su padre había dejado pagado unos meses por adelantado, y ella asumió que para entonces su padre ya habría regresado para seguir pagando las clases y luego, cuando terminara la preparatoria entraría a la universidad y estudiaría gastronomía en Francia.
—¿Cuál es su restaurante y qué cocina?
—Se llama Locura y es cocina mexicana. Acaba de abrir, te llevaré a conocerlo cuando aceptes.
Ella se tensó al escuchar "cocina mexicana". No le gustaba esa cocina. No importaba si ella era de México, eso no significaba que le gustara eso. Y se había encargado por los pasados cinco años de arrancar esa alimentación de la vida de ella y de su hermana.
La cocina tenía que ser elegante, suave, como una melodía musical cuyas notas eran correctas, ninguna desafinada, donde cada instrumento apoya y complementa a los demás. Tenía que ser una cocina con conocimientos milenarios y con un sabor que era capaz de perdurar a través de los siglos.
Solo la cocina francesa lograba ese estado.
Y ella había dicho que nunca cocinaría nada de México. No se ensuciaba las manos así.
La respuesta era no. Prefería trabajar por los siguientes quince años antes de ir contra aquello que la definía.
Y tenía un comentario mordaz listo para decir, pero recordó a su hermana y en como jugueteaba con sus dedos. Se mordía los labios y sus ojos estaban brillosos.
Y luego recordó a su padre y la noche que le había cocinado, en sus hombros resignados, su mirada perdida y como movió la sopa sin ningun interés, como no la vio a los ojos.
Y en lo cobarde que fue al dejarlas aqui.
Si ella se negaba, Lizbeth sufriría por cosas que no eran su responsabilidad y apenas tenía diez años, estaba segura de que en esos meses ya le había creado suficientes traumas para toda una vida.
No había problema en aceptar, porque su padre volvería, porque él no las dejó, ni siquiera cuando las cosas iban mal antes, él volvería y entonces arreglaría todo.
—Está bien —aceptó y al estrechar la mano del señor Mondragón, un gran peso se deslizó dentro de ella, quedando en su estómago y en su boca un sabor amargo.