Aimée leyó el folleto de la ACI antes de ir y presentar su examen de ingreso. Era un tríptico donde se explicaba qué era, su historia, misión, visión y la razón por la cual era la mejor escuela de gastronomía del mundo.
Ella sabía algunas cosas de antes, todos en este pequeño mundo conocían las escuelas del ramo, y dentro de ellas había rangos. Por favor, nadie querría entrar a una escuela privada de una colonia popular cuyo reconocimiento internacional era nulo. En cambio, estar en la École Culinaire Française era la élite, los graduados de su universidad se convertirían en grandes chefs.
A opinión de Aimée la ACI tendría que estar en una tercera categoría, pero por alguna razón, la seguían poniendo junto a la escuela francesa. Deplorable.
La ACI era el acrónimo de la Academia Culinaria Internacional. Era una escuela con sedes en diferentes partes del mundo, la primera fue en Francia, pero desde entonces se extendió por Asia, África y más reciente en América, con sedes en México, Brasil, Perú, Argentina y Canadá.
Inició bajo la premisa de que toda la gastronomía tenía que respetarse, ensalzarse y extenderse por el mundo. Su lema era: "Cocinar por un mundo unido". Y el fundador de la escuela, insistía en que todas las cocinas eran un arte digno de preservar ya que formaban la cultura de una región.
Tonterías.
Lo peor era que la gente le creyó. La ACI se volvió una escuela sumamente competitiva. No aceptaban a cualquiera. Entrar a la universidad ahí requería hacer un tonto examen teórico, práctico, además de evaluaciones psicológicas y socio-económicas. Por toda la ciudad publicaban anuncios de asesorías para lograr entrar.
Y sabía que alrededor del mundo la escuela estaba llegando al mismo nivel que las universidades de la IVY League.
Tonterías.
La preparatoria en México acababa de inaugurarse. Tres años antes abrió. Y su mayor diferencia con otras escuelas, además de las clases de cocina y el pase directo a la universidad ACI, era que solo impartían segundo y tercer grado.
Lo que estaba perfecto, porque ella iba a entrar a segundo año y fue a tiempo para presentar los exámenes.
Era miércoles. Faltaban 4 días para que las sacaran de la casa. El abogado le llamó el día anterior para preguntarle si ya tenían un lugar a donde ir, alguien que las cuidara. Aimée dijo que sí y colgó.
Pasó toda la semana buscando departamento, casa, aunque fuera un cuarto, pero en todos lados pedían depósito, y si no era eso, no le rentaban a alguien menor de edad y menos a dos menores de edad.
Esa mañana dejó a Lizbeth en la casa buscando departamentos en el periódico.
Y ahora eran las ocho de la mañana y estaba esperando que abrieran las puertas y los dejaran entrar.
Por fuera la escuela no le impresionó mucho.
Tenía un muro pintado en un color gris perla de unos dos metros de alto rodeando toda la propiedad. Había dos entradas, en la que ella estaba esperando que era la principal y una secundaria que era la entrada de autos.
—Te compré tu favorito—Elena le extendió un yogurt de frutos rojos que ella aceptó con un gruñido. Elena le sonrió —. Aún no puedo creer que vas a entrar aquí, siempre pensé que odiabas esta escuela.
Y lo hacía.
Pero era esto o tener una deuda hasta que cumpliera treinta años o más.
No le explicó a Elena porque quería entrar aquí, solo le llamó unos días atrás para decirle lo que planeaba hacer y ella se emocionó y le confesó que en realidad también iba a presentar los exámenes de entrada.
Y ahora estaban las dos juntas.
—¿Compraste algunas galletas? —preguntó Aimée.
Elena se rascó la nuca y negó con la cabeza muy lento. Ella suspiró.
—Voy a comprarlas, dame un segundo.
—Olvídalo. Ya es hora de que esto inicie. —le dio un sorbo a su yogurt—. Ojalá termine pronto. Tengo cosas que hacer por la tarde.
Unos minutos después las puertas abrieron y salieron varias personas que los acomodaron por ficha de examen, los formaron y luego los llevaron dentro de la escuela.
Elena quedó en otro grupo y se despidió de ella con un abrazo.
Era una escuela grande.
Contó unos seis edificios, ninguno mayor de dos pisos, unidos por caminos de piedra y adoquines de cemento. Todo lo demás eran áreas verdes.
A ellos los dirigieron por el camino de la derecha hasta llegar a un área que decía: Área de usos múltiples.
Estaba techada y llena de filas de pupitres. En cada esquina había una persona y los fueron acomodando en las sillas hasta que todo se llenó.
Ella quedó sentada en el extremo derecho. Busco a Elena sin éxito, debía estar en algún otro lugar. Suspiró sin ganas y se cruzó de brazos mientras esperaba que dijeran las instrucciones.
Era el examen teórico.
Una mujer, que Aimée supuso era profesora, dio un paso delante de todos, explicó el examen y dio la orden de comenzar.
Tenían dos horas.
Eran 120 preguntas. Divididas en materias básicas, como Español, Matemáticas, Física, Química, Biología. Lo más destacado eran 50 preguntas de cocina.
En su mayoría eran cosas sencillas: definiciones, técnicas, elaboración de platillos, algunas normas de higiene.
Aimée no tuvo problema con ninguna parte del examen. Respondió todo con rapidez y eficacia.
Terminó quince minutos antes. No era la primera en entregar, pero a diferencia de los que quedaban en los pupitres se veía con mejor expresión.
La siguiente parte del examen, la práctica, comenzaría en una hora, al mediodía en el edificio principal.
Les dieron la instrucción de esperar en el edificio principal de la escuela y siendo honestos, no es como que pudieran irse a otro lado, había un camino señalizado y delimitado, así como personas que los conducían ahí.