Con cada rechazo el aire se sentía más asfixiante. Los que seguían abajo lucían más nerviosos que antes, se tronaban los dedos, movían el pie de manera demencial. Todos los que no estuvieran cocinando observaban la pantalla.
Aimée no permitiría que ellos les contagiaran sus nervios. Tenía la firme creencia de que solo caías en ese estado cuando no tenías confianza en tus habilidades.
Ella seguía en su mismo lugar viendo la pantalla y cómo destrozaban a los equipos.
A la mayoría, cuando los rechazaban, les daban una razón sencilla de por qué no iban a entrar.
«Insípido a un punto imperdonable»
«Es tan obvio que nunca te has acercado a una estufa que es vergonzoso que quieras entrar a esta escuela »
«Son amateurs y la presentación es secundaria, pero ¿es tan difícil entregar un plato limpio?»
En los peores casos los candidatos les respondían e iniciaban una breve discusión entre ellos y algún profesor.
Era patético. ¿O que puede ser peor que hacer una escena frente a todos?
En ese momento estaban dos chicas siendo evaluadas. Dulce y Karina. Cuando les preguntaron por su elección de ingredientes, fue Karina la que respondió, Dulce apenas si abrió la boca para decir que si o no. No pudo creerlo cuando anunciaron que las dos lograron pasar. Para ser un buen chef tienes que saber hablar y tener presencia, era cierto que no se trataba de ser actores, pero en cocina como en toda profesión hay que tener cierto encanto para ganar el respeto de otros. Esa chica no duraría mucho si su plan era dejar que otros tomarán las decisiones por ella.
Cuando llegó su turno en la cocina, Elena temblaba. Con un basta y compórtate, Aimée le hizo saber a su amiga que no soportaría tonterías.
Ella asintió y aun temblorosa fue por los ingredientes.
Aimée dividió las tareas entre las dos, ella haría los huevos y el pan. A Elena le dejó la salsa holandesa y limpiar.
Antes de empezar le pregunto si sabía como hacerla. Ella dijo que sí y le aseguró que lo había preparado en su casa y le repitió el procedimiento. Un poco más tranquila Aimée la dejó ir, no sin antes hacerle prometer que si algo pasaba le diría.
La última vez que ella había hecho un huevo poché fue cuando acababa de entrar a la escuela de cocina francesa. Pasó dos semanas enteras rompiendo huevos y metiéndolos en agua bajo la atenta supervisión de su profesora. Fueron semanas frustrantes porque contrario a lo que pueda parecer es una receta compleja, si la temperatura es muy baja el huevo se hunde y se pega a la olla. Si el agua hierve, las burbujas pueden romper el huevo. Y no solo eso, sacarlo en el momento correcto era importante si querías dar un huevo tierno pero con consistencia, no un sabor crudo, pero sin que la yema estuviera cocida.
Aimée tardó dos semanas en sacar huevos pochés perfectos y desde entonces los había hecho para desayunar incontables veces.
Prendió una hornilla y llenó una olla alta con agua, la puso al fuego y agregó un chorrito de vinagre blanco.
Lo ideal era dejarlo en fuego bajo hasta que se formarán burbujas en las paredes y el suelo de la olla, pero no tenía tanto tiempo, así que lo dejó en un fuego medio.
En lo que el agua estaba lista, evaluó los cinco huevos, su frescura y los rompió en diferentes bowls. El agua ya estaba lista, bajó la intensidad del fuego, hizo un remolino en el agua y con cuidado metió el primer huevo en el centro.
Tres minutos después sacó el huevo y lo colocó en un plato plano.
Era perfecto.
Con su confianza renovada. Puso el siguiente huevo. Mientras se cocinaba sacó una charola de horno, puso cinco panes sobre un papel encerado y un cuadro de mantequilla a cada uno. Lo metió y los puso a hornear a 160°C.
Con unos tres minutos sería más que suficiente para que quedarán crujientes pero suaves en el centro.
Saco el siguiente huevo, luego otro y en el cuarto apago el horno y volteó a ver a Elena.
Estaba concentrada, pero el orden de la mesa era otro asunto, ella hizo una mueca. Las claras de los huevos estaban en un bowl, las cáscaras esparcidas, las hierbas de olor estaban abiertas, había un camino de migajas hasta la estufa. Le leche destapada en una esquina, demasiado cerca de caerse.
Aimée negó con la cabeza con desaprobación.
La primera regla en una cocina era mantener el orden.
Sin orden no hay platillo.
Eso siempre le repetía su profesora.
Miró el reloj, le quedaban siete minutos, era un buen momento para empezar a limpiar. Elena aún no terminaba, así que ella tendría que hacerlo.
¿Hubiera sido mejor elegir a alguien más para la prueba? Elena nunca le había dicho que quería cocinar, es decir, sí, ella la acompañaba a sus concursos, y Aimée siempre le hablaba de lo que cocinaba, pero Elena solo le tomaba fotos tanto a sus platillos como a ella en las competencias y tal vez, lo más parecido a interés en gastronomía fue cuando Elena sugirió abrir una cuenta de Instagram y publicar lo que Aimée preparaba.
Dos minutos antes de que el tiempo se terminara Aimée terminó de limpiar las mesas y recoger los ingredientes. Elena se acercó a ella con dos ollas con salsa holandesa.
—Hice dos versiones de la salsa—Confesó. Ambas eran diferentes, la de la izquierda tenía un color más rojizo que la otra.
Tomó un poco con una cuchara y apenas hubo saboreado, negó con la cabeza.
—No. Esa no. Te dije que presentaremos la original.
—Lo sé, Aimée, pero dijeron que la creatividad e innovación es importante. ¿No crees que es demasiado simple así?
Aimée dejó la cuchara con la que había probado la salsa en la tarja con demasiada fuerza. El ruido hizo que los demás equipos las voltearan a ver, pero a Aimée no le importó.
—Este «simple» platillo, es complejo, tiene técnicas intermedias y bien realizado vale más que un millón de innovaciones. ¿Quieres entrar a la escuela, no? —Elena asintió con vehemencia—. Entonces haz lo que digo. Tira eso, lava los trastes que faltan y yo termino de emplatar.