Esa era la segunda regla en cocina. Siempre se puede dar más, nunca es suficiente y un platillo nunca está bien, porque siempre se puede mejorar.
—¿Qué crees que pudo ser mejor, Elena?
Elena se quedó callada. Si ella creía que Aimée saldría en su defensa, eso no iba a pasar.
—La salsa debió ser más espesa.
—Es cierto que falta más consistencia. ¿Solo eso? ¿No hay nada sobre el sabor?
—N-no..., sí. Creo que para la evaluación debimos quedarnos con la salsa original.
Él director le sonrió y centró su atención en Aimée.
—¿Y tú, algo que quieras cambiar?
—La salsa. Fue un error imperdonable de Elena, creo que le quitó muchos puntos a la elegancia que el plato transmite, además la consistencia es demasiado líquida. Y se sienten algunos grumos.
—¿Algo más? ¿Del huevo o del pan?
—No. Lo demás está bien.
El director no contestó y leyó las notas que le habían pasado los profesores, luego miró al subdirector y negó con la cabeza.
—¿Qué pasaría si les dijera que solo hay lugar para una de las dos?
Elena dio un paso adelante quedando a la misma altura que ella.
—No aceptamos —Aimée saltó en su lugar, pero no giró la cabeza—. Verán, mi amiga siempre ha sido talentosa, ha estado en la escuela francesa de cocina, puede preparar los platillos más deliciosos que uno se puede imaginar y yo... yo nunca creí que un día podríamos estar en la misma escuela haciendo lo que más nos gusta, pero ahora que existe esta posibilidad no veo porque solo una de nosotras entraría y la otra no. Tenemos que estar juntas, les aseguro que no se arrepentirán.
Pasaron cinco segundos, Aimée los contó en su cabeza. ¿Decía algo o no? Los profesores y el director se voltearon para hablar entre ellos. Pasaban sus postulaciones.
—No estoy de acuerdo. Si una de las dos no lo hizo bien entonces no debería entrar. Esta escuela dice ser la mejor y que eligen a los mejores talentos. Si eso es así y solo una de las dos lo hizo bien, ¿por qué deberíamos entrar las dos? ¡¿Y por qué deberíamos castigar a la otra por la ineptitud de su compañera?! El talento debería quedarse en el lugar que le corresponde. Los que no saben cocinar y solo vienen aquí bajo la falsa promesa de que son buenos o de que les gusta no tienen lugar para una cocina profesional. —hizo una pausa y con su vida clara y fuerte dijo—: No veo porque por el error de Elena yo no debo ser admitida en la escuela.
El silencio que quedó después fue incómodo. Aimée lo sabía. Escuchaba los sollozos de Elena. Los profesores dejaron de pasar la información e incluso la profesora Diana se levantó de su silla y le dio a Elena unos pañuelos.
Aimée siguió enfocada en el director, tenía un solo objetivo y nada la iba a distraer.
El director había dejado de ver las hojas y le regresaba la mirada con la misma intensidad y una pequeña sonrisa formada en los labios.
¿Cuánto tiempo había pasado? Sentía que eran horas. Pero tal vez solo un par de minutos.
—Es un gran acto de arrogancia asumir que eres tú la que fue admitida, Aimée. —le dijo con el ceño fruncido y luego con una sonrisa se dirigió a Elena—. Felicidades, Elena, fuiste seleccionada. Más adelante verificarán si cumples con los requisitos para pedir la beca completa.
Escuchó un suspiro de alivio de su amiga, se acercó y le dio la mano a todos mientras les agradecía.
No, eso estaba mal. Algo estaba muy mal. ¿Cómo era posible que Elena, de todas las personas entrara y ella no? Esa escuela si que no identificaba el talento.
—Esto tiene que ser una broma de mal gusto. ¿En serio la eligieron a ella? No sabe cocinar. ¿Acaso no probaron el platillo? La salsa fue un desastre, y no solo por el chile, me refiero a toda ella: la técnica, el sabor, el color y la consistencia. Todo está mal. Ustedes no son una escuela de élite, no tienen papilas gustativas.
—Si. La salsa fue bastante ordinaria, pero la ACI se rige por tres criterios para elegir alumnos. Los dos primeros son talento e inteligencia. La mayoría tiene uno u otro, y los eliminamos por su bajo desempeño en cualquiera de estas dos. Pero hay casos en los que notamos una tercera cosa: integridad y ética y cuando un aspirante carece de ella es imposible que entre. Elena no es extraordinaria, pero con el tiempo mejorará y hará grandes cosas. Se puede aprender a cocinar, pero lo que a ti te falta no se aprende tan fácil.
Lo había dicho con calma y con esa misma expresión amable y esa sonrisa molesta.
Aimée sintió que dentro de ella surgía un gran nudo, quería gritar y quería salir de ahí corriendo.
¿Qué estaba insinuando ese... señor?
Elena les agradeció y les dijo algo sobre ella, pero Aimée no escuchaba. Su corazón latía tan fuerte que no podía escuchar otra cosa.
—Usted cometió un gran error. Ella —y señaló a Elena con el dedo—, no tiene el talento que yo tengo y ni en un millón de años lo desarrollará. Elena jamás tendrá el carácter para estar en una cocina y a usted solo lo recordarán como el que dejó ir al verdadero talento.
En ese momento se encontró con los ojos de Elena, ella no tenía la calidez de siempre, había, en cambio, algo duro y difícil de describir.
Elena negó con la cabeza.
Ella se dio media vuelta para salir de ahí, pero Elena la detuvo.
—Ya no somos amigas. —le dijo con los ojos rojos y su labio inferior temblando.
—¡Ay, Elena! No seas tonta, nosotras nunca fuimos amigas. Tú solo eres mi secretaria. No creas que por estar aquí eres buena cocinando. Siempre serás la sombra de Aimée.
Y al salir la empujó con el hombro.