Aimée no sabía cómo, pero el señor Mondragón lo supo todo.
Supo cómo fracasó en el examen y que la rechazaron. Y estaba bastante segura de que también sabía que él director y esos profesores la humillaron.
Y el señor Mondragón no era alguien con quien uno jugaba a escondidas. Aimée lo intentó durante los primeros tres días. Su mente era un lío, para empezar tenía que encontrar un lugar donde ella y su hermana pudieran quedarse, algo barato pero bueno, luego tendría que revisar lo de la escuela, sobre todo lo de su hermana, aún si iba a una escuela pública quería que fuera la mejor y por último, la deuda.
La realidad es que no alcanzó a hacer nada de eso. Los mismos guardias de la vez pasada la esperaban todo el día cerca de su casa. Varias veces casi la descubre y cuatro días después de fallar el examen, cuando se sentía a salvo porque ya era muy tarde en la noche, ellos la atraparon.
Esta vez fue menos ceremonioso y educado su secuestro. Ni siquiera tuvo tiempo de avisar a su hermana que a esa hora debía de estar durmiendo sin saber lo que le estaba pasando a ella.
La casa del señor Mondragón con su decoración estrafalaria se veía aún peor de noche, si es que eso era posible.
Esta vez la recibió en el patio, bajo el pretexto de que nadie, que no fuera su familia, entraba a la casa después de horas laborales.
Aimée volvió a su casa ese día en la madrugada.
Cerró la puerta sin hacer ruido para no despertar a Lizbeth. En la sala, con las luces prendidas, su hermana estaba acostada hecha un ovillo. La había esperado quien sabe hasta qué hora.
Aimée suspiró. Era una niña, ella no tenía por qué estar preocupada por su hermana mayor.
Por primera vez en esa larga noche se felicitó por haber aceptado la propuesta del señor Mondragón, si con eso su hermana no sufría las consecuencias de su padre.
Y por eso mismo no puso cara de asco y fastidio, o al menos eso intentó el lunes siguiente.
Trabajar en un restaurante no era su sueño, al menos no así.
Aimée era lavavajillas.
Después de negarse rotundamente a cocinar y ser mesera era algo que la mareaba y le quitaba el color del rostro de solo imaginarse sonriendo y diciendo: "Bienvenidos esta es la carta. Vuelvo en unos minutos a tomar la orden".
Descubrió con una rapidez sorprendente que hacer esto era aburrido, repetitivo y que en realidad después de un par de horas te daba mucho calor.
La zona de lavavajillas estaba en una esquina de la cocina, detrás de la cocina fría y enfrente de la caliente. Su espacio de trabajo eran unos dos metros cuadrados, con la máquina lavavajillas de un lado, enfrente las tarjas y del otro lado un anaquel para ir poniendo los trastes limpios.
El acuerdo fue este, Aimée trabajaría y la mitad de ese sueldo se iría para pagar la deuda, le daría su fideicomiso y seguiría trabajando hasta cubrir todo el dinero.
El señor Mondragón en su magnanimidad hizo un cálculo de cuánto tiempo le tomaría pagar todo y el resultado fue de más de treinta años.
Saldría de ese lugar cuando ella tuviera casi cincuenta años, o tal vez el señor Mondragón moría antes y en ese caso la dejarían libre, ¿no?
A cambio, su hermana no tendría que pagar ni un solo centavo. Lizbeth iría a la escuela, estudiaría y viviría bien.
Faltaban solo dos semanas para que iniciaran las clases en la primaria y no sabía ni que hacer o por dónde empezar. La niña necesitaba cuadernos, colores, una mochila y todo eso.
Y necesitaba dinero. Ya no quedaba mucho del que su padre le dio a Lizbeth antes de irse, tampoco de cuánto trabajo en la papelería y desde que se mudaron a vivir a un motel, tenía que ahorrar para pagar su estancia.
Y pedir un préstamo no era una opción. Denunciar toda la situación tampoco lo era. Lo consideró, pero no podía ir y acusar la empresa de Mondragón sin que también se pusiera en evidencia que ellas eran dos menores de edad viviendo solas y sin un tutor.
Todo eso le daba dolor de cabeza.
Y mientras tanto tenía que seguir fregando una sartén quemada. Llevaba cinco minutos con ella y ya tenía una pila de otros trastes.
—Estoy harta —dijo y la aventó al agua jabonoso sucia que escondía otros trastes. El agua le salpicó el delantal de plástico y la cara.
Le dieron ganas de aventar también la fibra, pero se contuvo. Solo causaría más salpicaduras y ella no quería matar sus manos hasta el fondo del agua sucia buscándola.
—Oye, tú, la lavaloza —Aimée se giró para ver que era uno de los cocineros que le hablaba—. Te llama el señor.
Aimée asintió y revisó la hora que estaba en el reloj colgado en la pared. Faltaba una hora para que iniciara el servicio.
A regañadientes se quitó el mandil y lo dejó colgado en una esquina de la máquina lavavajillas.
El señor Mondragón estaba sentado en un sillón de las mesas pegadas a la pared. Lucía cómodo.
—Aimée, hoy vas a estar de mesera. Una chica se enfermó y es viernes, este lugar va a estar lleno en unas horas. Saldrás más tarde. A las 8.
Salir a esa hora significaba que su hermana estaría sola más tiempo. De solo imaginar a su hermana sin ella hasta esa hora le daba escalofríos.
—No. No puedo. Tengo que ir con mi hermana. Me quedo hasta las cuatro.
—A las ocho.
—No.
El señor Mondragón perdió su sonrisa y se acercó a la mesa.
—Parece que no entiendes tu posición en este lugar. Si yo te digo que te quedas hasta las ocho, tú obedeces. Si yo digo que hoy eres mesera, eso vas a ser. No es una opción.
—No. Esto es un abuso. Quiere que esté aquí más de doce horas. Lo podría denunciar.
—¿Abuso? Niña, el único que abusó aquí fue tu padre al huir del país. —dijo entre risas y luego, cambió de rostro y tono a uno serio—. Ve a cambiarte.
Le dio la señal a los meseros que estaban al fondo del restaurante para que se la llevarán.
Ella se resistió, mientras la jalaban, ella seguía negándose a ir, pero el señor Mondragón ya no le prestó atención.