El sabor de los sueños

Admisión especial

La casa de Esteban Castillo, como más tarde le dijo a Aimée, era una herencia de sus padres.

Era una casa ubicada en una colonia de la delegación Cuauhtémoc. Aimée ni siquiera recordaba haber escuchado alguna vez de esa colonia.

Su hermana los esperaba en el coche de Esteban. Aimée sonrió al ver que todavía tenía la rajadura que Lizbeth había hecho unas semanas antes.

Esteban no decía nada. A ella no le molestó, aunque tampoco le encantaba.

Lizbeth sonrió al verla.

—¿Qué haces aquí?—le preguntó en cuanto abrió la puerta del copiloto.

Esteban le había dicho cómo la encontró, pero prefería oírlo de su hermana.

—Estaba en el motel, encerrada como dijiste, cuando oyó mucho ruido, me asomé y solo era una pelea en el mostrador. Volví a cerrar la puerta, pero escuché tu nombre, así que volví a sacar la cabeza y lo vi. Y creo que él también me vio. Me dijo que venía porque tenía algo que decirte.

—¿Y eso fue todo? ¿Lo dejaste hacer lo que quisiera?

—No. Solo dejé que me explicara y luego dijo que si quería ahora podríamos vivir con él y su hermana. No quiero volver al motel. Huele feo y en la noche los vecinos no dejan dormir.

Aimée asintió y le sonrió. Ella también había estado evaluando salir de ese lugar y buscar un espacio propio, y la verdad es que el olor le producía arcadas.

—No te preocupes. No vamos a volver.

En ese momento Esteban entró al auto y ella recuperó su expresión seria y la vista al frente.

—Tardaremos una media hora en llegar. —dijo al tiempo que prendía el auto.

—¿Por qué nos ayudas? Y no, la excusa que dijiste antes no me basta. Quiero la verdad. Merezco saberlo.

Esteban parecía incómodo. Se removió en su asiento.

—¿Si te digo toda la verdad vas a aceptarla? Y me refiero a que no dudes de todo lo que te digo.

—No sé. Tal vez.

—Soy tu tutor en la academia. Y tu padre me designó su tutor legal. —le extendió los papeles que su padre dejó en el libro de arquitectura. Aimée se los arrancó de sus manos.

—¿Dónde los...—volteó a su hermana que parecía demasiada concentrada en el juego del celular como para prestar atención.—Esto no significa nada. En dos años yo seré mayor de edad y... mi padre volverá antes.

—Lo sé, Aimée, pero aún no lo eres y tu padre no está aquí. Sin un tutor será difícil inscribir a Lizbeth a la primaria. Y un motel no es un lugar adecuado para que ustedes vivan. No puedo dejarlas ahí.

Aimée asintió, sopesando su respuesta. La mirada que le dio era la de una persona que veía a un cachorrito que insistía en hacer algo que lo lastimara, pero ella no era tonta. Ella conocía a su padre, era su sangre y él siempre había estado ahí en los peores momentos.

No significaba nada, después de todo se trataba de Esteban Castillo, el mismo hombre que convenció a su madre de abandonar a su familia, a ellas.

—¿Eso es todo? Si hay otra razón, prefiero saberla antes de que vayamos contigo. No me gusta que me engañen.

—Es todo —hizo una pausa y luego pareció recordar otra cosa. —. Solo hay un detalle, pequeño e insignificante. Aún no estás inscrita ni lo estarás hasta que consigamos a los otros alumnos de admisión especial. Es la condición para que entres y la escuela te dará una beca completa por tu situación económica actual.

Claro que tenía que haber algo más con esta repentina admisión. Las cosas nunca se resuelven de forma tan sencilla.

—Quiero saber quiénes son esos estudiantes— dijo y se abrochó el cinturón de seguridad.

—Esta bien, pero Aimée, antes de que se muden, quiero que entiendan, pero sobre todo que tú entiendas que lamento mucho todo.

—¿Qué cosa lamentas? Hay una buena cantidad de cosas de las que arrepentirse: lo de mi padre y la empresa, huir cuando te busqué o mi madre. Esa pobre mujer que murió cuando te conoció y no creas que te odio porque la extraño, solo odio que no hayas pagado por haber rotó una familia.

Él no respondió. Arrancó el auto y no cruzaron palabra por los primeros diez minutos, hasta que el aire tenso se fue calmando.

Ella bajó la ventanilla para que el viento jugara con su pelo y el sol en su piel.

—Cada año, el director tiene unas admisiones especiales a aspirantes de preparatoria y universidad, basado en talento o en algunas características específicas y todos los años hay fuertes... conversaciones con los subdirectores para que los acepten. —comenzó a hablar Esteban a medio camino, cuando se detuvo en un alto—. Este año tú y otros dos estudiantes fueron los de admisión especial para preparatoria. Todo estaba bien hasta que el subdirector vio que los otros dos estudiantes ni siquiera hicieron el examen para entrar. Uno de ellos se inscribió, pero no siguió adelante y del otro, fue su madre la que mandó su información, pero es obligatorio que los estudiantes sean los que se inscriban, así que tampoco siguió adelante. El director nunca antes había hecho algo así y se puso en discusión si era justo admitir gente que ni siquiera se presentó, de la cual no sabemos nada. El director insistió, pero no estaba ganando esa pelea. Así que propuso algo, dijo que si la escuela los aceptaba, él aceptaría una oferta que le hizo el campus de Francia de ser profesor y que le dejaría el puesto de director al subdirector de la preparatoria.

—¿Por qué propuso algo así?

—Es complicado, pero solo diré que el subdirector siempre ha querido ser director y hasta el momento eso era imposible.

—Entonces cómo llegamos a que no estoy inscrita hasta que estén los otros alumnos.

—El subdirector aceptó encantado, pero el director le puso algunas condiciones para ustedes. No puede expulsar a los estudiantes de admisión especial por ningún motivo que no fueran los que establecen el reglamento escolar y tienen permitido participar en los concursos y eventos escolares con la misma libertad que los demás estudiantes y que yo fuera su tutor.

Su padre le dijo que ese hombre era un tonto. Siempre se preguntó si solo se lo dijo para consolarla o si era cierto. Sabía que era profesor de la ACI, pero en el funeral de su madre, supo que no era un gran profesor, que siempre estaba a una llamada de atención de que lo despidieran, a palabras de una señora que fue ese día «era una pobre alma que conservaba el empleo por la gracia de alguien superior: el director». Se le quedó grabada esa frase.




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