El sabor de los sueños

Tener niños es caro

Era pasada la medianoche cuando Aimée se resignó a que esa noche no dormiría.

Lizbeth no dejaba de moverse y de hablar dormida.

Ella nunca supo cuales eran las manías a la hora de dormir de su hermana y le hubiera gustado seguir sin saberlas, pero parecía ser que no se cumpliría su deseo.

Ella y Lizbeth no dormían juntas, ni siquiera cuando iban de vacaciones. Cada una tenía su habitación en casa y Aimée dejó muy en claro que no quería que su hermanita entrará a su cuarto sin permiso, incluso hizo que su padre hablara con Lizbeth sobre la importancia de darle su espacio y no saturarla.

Y aunque ahora ya llevaban más de una semana durmiendo juntas, desde que se mudaron al motel y ahora en esta habitación, Aimée seguía sin acostumbrarse. Su hermana era ruidosa, se movía y no importaba que hiciera, no se despertaba. Aimée por otra parte era una representante fiel de una persona de sueño ligero.

Al menor ruido se levantaba y con el menor rayo de luz se despertaba. En casa, su habitación había sido adecuada para que estuviera totalmente oscura y solía dormir con tapones en los oídos.

Cada día que pasó en el motel durmió con un ojo abierto con miedo de que algo pasara y porque los vecinos contiguos tenían la costumbre de pelearse o platicar a altas horas de la noche.

Y esa noche finalmente dormiría bien o eso creyó, así que cuando más tarde daba vueltas en la cama, inquieta y reviviendo todo lo que había pasado en el día, se sentó en la orilla de la cama

Esteban le dijo que no se preocupara por los otros estudiantes, era su obligación traerlos, ella solo tenía que enfocarse en prepararse para entrar a clases y ver a su hermana.

Le apartó los papeles que tenían los nombres de los dos seleccionados, pero alcanzó a leer sus nombres: Aldo Amancio González Perez y Pablo Rodríguez Costa.

Esos nombres no le decían nada. En la solicitud, al lado del nombre había unas fotos de cada uno, pero no pudo distinguirlas bien, al menos no las dos, solo vio la de Aldo. Esteban tapó la información con otras hojas.

Aimée se levantó de la cama tratando de no hacer ruido, pero su hermana dormía tan profundamente que aún si ella le gritaba en el oído, Lizbeth no se levantaría.

De puntillas se puso un suéter ligero y salió al pasillo.

Necesitaba un poco de aire fresco.

Una vez fuera, respiró profundo. El tragaluz reflejaba la luz de la luna, lo que hacía que el patio estuviera bañado por una tenue luz blanca, que hacía que la sombras se vieran menos grandes.

Se recargó en el barandal de concreto que daba al patio y bostezo.

Aquí todo estaba en silencio.

No, no realmente, estaba esa conversación abajo.

Y la conversación estaba subiendo de tono, pues con cada minuto que pasaba oía mejor lo que estaban diciendo.

¿Pero en realidad que le importaba a ella las peleas de Esteban y su hermana? Ese hombre era incapaz de tener una relación sana con la gente, siempre los defraudada y los lastimaba.

Cuando oyó su nombre, saltó sorprendida. Sin detenerse, bajo las escaleras.

En la planta baja, las luces amarillas de la sala y la cocina estaban prendidas.

Aimée se asomó con cuidado por la ventana de la sala, a través de la cortina podía ver las siluetas de Esteban y su hermana.

Ella era una mujer, que Aimée estimó tenía entre treinta y cinco años y cuarenta. Esa misma tarde, en cuanto las vio, su cara se descompuso y aunque les dedicó una sonrisa, fue tan tensa, como las que le dedicaban los perdedores de los concursos de cocina a Aimée, como si fuera una obligación.

Estaba acostumbrada a eso, pero su hermana no. Y se fue a la cama preocupada, aunque eso no le impidió dormirse rápido.

Esteban seguía sentado en el comedor, con su laptop abierta y su hermana estaba parada detrás de la silla más lejana a Esteban y sosteniendo el respaldo de la silla con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—No las quiero aquí y no voy a cambiar de opinión —dijo ella.

Esteban suspiró tan fuerte que incluso Aimée lo escuchó.

—Esas niñas son prácticamente huérfanas y ya te dije, la mayor está en la academia.

—Ahí vas de nuevo. Siempre quieres ser el buen ciudadano, la buena persona que salva a otros, pero mírate, eso nunca te sirvió —y luego en un tono rápido y golpeado como un latigazo:—La madre de esas niñas te usó y luego te dejo con su deuda, papá y mamá te quitaron del testamento y ahora tu trabajo pende de un hilo. Cada vez que haces estos estúpidos sacrificios no ganas nada.

Esteban parecía inmutable, era como si esta discusión fuera algo tan usual que ya no le producía ningún efecto.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Las saco? ¿Las mando al Dif? Dime que puedes hacer eso e irte a dormir bien.

—Sí, sí puedo, ¿sabes por qué? Porque hay que ser egoístas, es la única manera en que no te lastiman.

Esteban lanzó una carcajada, su hermana entrecerró los ojos.

—Lo siento, es solo que cuando dices eso, es... estúpido.

Se quedaron en silencio, pero sus miradas, podía ver el odio llenando la habitación.

Estuvieron así tanto tiempo que Aimée empezó a aburrirse y consideró volver a su habitación.

—Si se quedan, tienen que ayudar con las tareas de la casa y tú vas a pagar sus gastos. — Elvia se cruzó de brazos—. Aprenderás que tener niños es caro y sobre todo esas dos malcriadas.

—Ellas no son...—se calló un segundo—... Al menos Lizbeth es una buena niña y la escuela me dará un bono extra por lo de Aimée.

Eso era una ofensa. Ella no era una malcriada consentida, ella era muy consciente de quién era y simplemente era muy buena en todo. Y no quería ni siquiera pensar en que le iban a pagar por cuidarla.

—Y no olvides comentarle a papá que ahora eres el padre adoptivo de dos niñas, estoy seguro de que le encantará oírlo.

—No veo por qué decirle. Además en cuanto su padre vuelva, ellas se irán de aquí.

Fue el turno de Elvia de reír.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.