El sabor de los sueños

Papelería De Costa

Después de volver al cuarto no pudo conciliar el sueño.

Tal vez fue por que su hermana hablaba dormida o tal vez por la luz que entraba de la calle, pero sea como fuere, Aimée solo se movía inquieta en la cama.

Dejó de intentar dormir cuando empezaba a amanecer. Bajó de la cama sin tener mucho cuidado, le traía sin cuidado que Lizbeth se despertara.

De una de las maletas que trajeron, sacó la laptop de su papá, ahora suya, y buscó el nombre de los dos chicos que tenían la misma beca que ella.

Vio las fichas de los dos por encima, cuando bajó a ayudar a Esteban.

Tecleó el primer nombre. Era un tal Pablo Rodríguez Costa. Los resultados eran escasos, bueno, en realidad eran demasiados, cientos de personas se llamaban así, miles de perfiles en Facebook, Instagram y otras redes sociales.

Intentó reducir la búsqueda a lo que quería, así que agregó «México, estudiante». Los resultados disminuyeron, pero seguían siendo demasiados.

Agrego la edad que suponía debía de tener y la palabra cocina, pero eso no la llevo a nada.

Era curioso, el segundo apellido de ese chico era igual que el de la papelería donde trabajó: «Papelería De Costa», se llamaba así por la dueña.

Era un apellido que antes de ese día nunca había escuchado, y ahora era la segunda vez que encontraba.

Estaba segura de que para ese momento, ella ya debería estar en Estados Unidos.

Buscó el nombre de la dueña en internet y aunque había muchas personas con ese nombre, esta vez fue fácil encontrarla en Facebook, pues conocía su rostro.

Su perfil era escueto, en ese año solo había hecho tres publicaciones, no posteaba nada y aunque el perfil era público, toda su información estaba vacía

Bajó por la página, sin prestar mucha atención, hasta que encontró una foto de ella con el chico que trabajaba ahí antes que ella.

Era su hijo. No tenía ni idea de eso, se sentía un poco tonta por no saberlo, pero en realidad, ¿qué le importaba eso? No era como que saberlo cambiaba el que ya no estaba.

Era un año antes, cuando terminó la secundaria. Ella lo felicitó y lo etiquetó. El chico se llamaba Pablo.

Entró al perfil, y fue recibida con una foto de él, tenía el cabello castaño revuelto, sus labios formando una delgada línea, pero en sus ojos claros veía una chispa de energía que disipaba la apariencia fuerte e intimidatoria.

A diferencia de su mamá, su perfil decía mucho más de él. Tenían la misma edad y ambos seguían a algunos chefs.

Aimée negó con la cabeza, no podía perder el tiempo buscando gente que no necesitaba. Cerró la página y buscó el segundo nombre.

Aldo González Pérez.

Su sorpresa fue grande cuando dio con él. Ella creyó que tardaría más, los dos apellidos debían de estar entre los más populares del país, pero a diferencia de Pablo, Aldo logró ver mejor la ficha.

Sabía, por ejemplo, que vivía en algún pueblo de Puebla y por su foto, era un chico moreno.

Y con eso dio con un artículo de un periódico local que hablaba sobre el concurso de cocina infantil que se celebró en Puebla y que llevó a niños de todas las regiones del estado. Y entre ellos estaba el nombre de Aldo.

No decía quien ganó. Aimée supuso que él, sino, ¿por qué otra razón tendría admisión especial?

La información de Aldo, aparte de ese artículo, era escasa. Vivía en un pueblo tan diminuto que no llegaba ni a las mil personas, ¿acaso era posible vivir asi? Buscó cómo llegar pero ni siquiera Google era capaz de decirle cómo hacerlo.




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