El sabor de los sueños

La peor hora de su vida

Aimée cerró la laptop y se quedo viendo a la ventana, donde la luz ya entraba con fuerza a la habitación. No tenía nada más que hacer. Suponía que ese día vería lo de la escuela de Lizbeth, pondría algo de orden en la habitación y hablaría con su hermana sobre los cambios que tendrían sus vidas.

Su hermana se sentó, ella salto asustada, pero seguía durmiendo, solo dijo unas cuantas palabras ininteligibles y se volvió a acostar.

Aimée no se relajó hasta ver que se dio la vuelta y abrazó a su peluche. Su hermana la iba a volver loca y en realidad, quedarse sentada ahí sin hacer nada la volvería loca.

No podía quedarse ahí sin hacer nada.

Su futuro dependía de que dos sujetos entraran a la escuela con ella y por lo visto Esteban aún no hacía nada para ir por ellos y aún si lo hiciera, ¿le daría tiempo de ir por los dos?

Ella haría algo. Tenía que hacerlo.

Se levantó del suelo decidida, dejó la laptop en la maleta y sacó un pantalón de mezclilla y una blusa, quería algo sencillo que le permitiera moverse y no llamar la atención en el camión a Puebla.

Acabó de arreglarse y antes de bajar, escribió una nota para su hermana, donde decía que iba a salir y que volvería en la noche.

Luego, en otro post it, escribió un mensaje para Esteban.

«Fui a Puebla por Aldo Rodríguez. Ve y busca al otro chico. Aimée».

El primero lo dejó encima de la maleta donde estaba la ropa de su hermana y el segundo lo pegó por dentro en la puerta de la calle.

Salió de la casa sin importar el ruido que hacía. Afuera la calle ya estaba despierta, gente que iba a las paradas de camión o algún otro transporte que estuviera cerca. Aimée no tenía ni idea de que estaba cerca, pero antes de salir buscó como llegar a la central de camiones y la hora en que salía el siguiente camión a Puebla.

Nunca había tomado el metro. Su experiencia usando el transporte público era muy reciente. Toda su vida su padre las llevó a todos lados y cuando él no podía encargaba a su chófer que las llevara.

Ni siquiera había subido a un camión escolar. Su padre las abrazaba y decía que mientras él viviera, ellas no tendrían que usar el transporte público.

Y sin embargo, ahora estaba formada en la fila de la taquilla para comprar unos boletos del metro.

Su primera idea fue tomar un taxi, pero al ver el precio en las aplicaciones, suspiró y se recordó que no tenía dinero para eso.

Cuando fue su turno, compró diez boletos y soportó la cara amargada y adormilada de la que vendía los boletos, así como el rechazo cuando la persona le reclamó por darle un billete de 500, cuando el costo total fue de 50. Volvió a aguantar la cara de pocos amigos cuando le dejó el cambio y los boletos en la bandeja, sobre todo porque, en su mayoría, eran monedas.

Recogió sus cosas y al tratar de entrar al metro, pasó otro desagradable momento, metió el boleto y al intentar girar el torniquete, no pudo, intentó con más fuerza, pero sin éxito. Hasta que un policía le tocó el hombro y le dijo que su boleto no pasó.

Ella volteó y ahí estaba su boleto que por lo visto pasó y salió del otro lado. Ella agradeció el gesto y volvió a pasarlo con más calma. Esta vez no apareció y empujó con cuidado el torniquete, que cedió ante la fuerza.

Una vez dentro todo fue más sencillo. A excepción de que se confundió, tomó el metro en dirección contraria y en la siguiente estación se bajó del metro dando unos cuantos empujones para que la dejaran pasar.

Un transbordo después, siete estaciones del metro y haber sido empujada y aventada durante la que consideró, la peor hora de su vida, Aimée llegó a la estación donde estaba la terminal de camiones.

Al salir del metro su siguiente gran reto fue decidir cuál de las cinco salidas era la correcta. Ella ya no quería pasar por esto, así que fue a los torniquetes y preguntó cuál era la salida para la terminal.

Cuando finalmente salió del metro y vio que frente a ella estaba la central de camiones, respiró aliviada.

Comprar el boleto fue sencillo comparado con todo lo que había pasado.

Y una vez que estuvo sentada en su asiento, se permitió relajarse.

Ya había pasado lo peor, estaba segura de ello.




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