El sabor de los sueños

Ilusión

Aimée no supo en qué momento se durmió en el camión. Recordaba pasar una caseta y luego no sabía qué pasó.

Abrió los ojos cuando sintió que el camión se detenía. Bostezó y revisó en su teléfono la hora.

Era mediodía y la barra de notificaciones estaba a reventar. Tenía diez llamadas perdidas, quince mensajes SMS y el doble de WhatsApp. Y todos eran de Esteban.

Deslizó para eliminar las llamadas y leyó los mensajes, cuyo contenido era el mismo, con ligeras variaciones de tono.

¿Por qué le importaba tanto donde estaba? Le dijo a donde fue.

Cuando el camión se detuvo y la puerta se abrió, Aimée fue la primera en bajar, estar dentro de ese autobús le asfixiaba, olía raro. Aimée no podía describirlo, pero sin duda alguna era incómodo para ella.

Una vez abajo, Aimée tuvo que preguntar a tres policías la ruta para llegar al pueblo. Los dos primeros parecían nunca haber escuchado de un lugar así, se rascaron la nuca, la barbilla o se cruzaron de brazos y dijeron: «Qué buena pregunta es esa, señorita».

La tercera fue más útil, pues le dijo que podía tomar un camión que la dejara cerca del pueblo, en el municipio al que pertenecía y de ahí, ella tendría que ver si algún taxi iba para allá.

E incluso le indicó donde tomar el camión. Aimée agradeció y compró el boleto para una van que salía en diez minutos y que haría una hora y media hasta el municipio.

Eso le dejó tiempo para pasar al baño y comprarse unas galletas de avena y fresa y una botella de agua.

La camioneta iba llena y varias señoras llevaban grandes bolsos, que no dudaron en apretujar para que entraran por el angosto pasillo, golpeándola y solo diciendo un «perdón» que a Aimée no le pareció sincero.

El trayecto fue tranquilo, se detuvieron tres veces para que la gente bajara y subiera. La primera vez, Aimée saltó asustada y aunque trató de controlar su miedo, no podía evitar recordar esas historias de asaltos que su padre le había contado.

También le resultó muy curioso que se detuviera. Era la primera vez que veía algo así. Se puso los lentes del sol, los mismos que le había dejado el chico extraño —Pablo se llamaba por lo que prendió la noche anterior—unas semanas antes y se cubrió del fuerte sol que entraba por la ventana.

Cuando finalmente llegaron al municipio, Aimée se bajó primero.

Estaba en el centro de un pueblo.

Nunca había ido a un pueblo en México. Su idea de un pueblo era la europea, con las casas de ladrillo con patios y plantas en las entradas de casas y negocios, donde solo reina el silencio, la paz y la tranquilidad. Con calles anchas que en su mente las calificaba de avenidas y algunas pequeñas calles que las atravesaban. En las afueras solía haber vegetación: ríos, bosques y puentes para atravesarlos.

Nadie ni nada la preparó para lo que se encontró al bajar del camión.

El centro del pueblo era una explanada. En un extremo estaba el palacio municipal, un edificio amarillo despintado, con arcos en toda la fachada, y tal vez no se vería tan mal, pero debajo de los arcos, había puestos de comida, de juguetes e incluso había uno de ropa. Pasando los puestos, la mitad de la explanada tenía un techo de lámina, altísimo y del otro lado, unos juegos infantiles descuidados, donde los niños correteaban, rodeados por jardineras de arrayanes y bancas, desde donde los padres los veían. Y en el otro extremo, la iglesia del pueblo.

Pero no era solo eso. Era el ruido que había en ese espacio lo que la distraía.

Las calles que rodeaban la explanada estaban llenas de gente paseando, comiendo helados, cerveza y otras cosas que Aimée ni siquiera atinaba a decir que eran, todas esas calles estaban llenas de comercios y cada uno tenía una bocina con la cual parecían competir para ver quién podía subir más la música y llenar el lugar de una cacofonía que la hacía marearse.

En la parte techada de la explanada la gente se arremolinaba, entraban y salían multitudes, había una pancarta colgando de la estructura de metal del techo, estaba chueca, así que movió su cuello para leerla mejor.

«4° concurso de cocina del municipio de Ilusión, Puebla»

Hubo un fuerte aplauso de donde estaba el concurso. Luego, alguien subió a una tarima, no logró más que distinguir que se trataba de un hombre maduro. Agarró un micrófono y se dirigió a la multitud.

—Gracias a todos por venir y bienvenidos al cuarto concurso de cocina del municipio de Ilusión —hizo una pausa, como para dar profundidad a sus palabras, pero no funcionó—. Este año tenemos a concursantes de todo el municipio y los pueblos que lo integran y es para mi un honor, como alcalde de Ilusión, ser parte del honorabilísimo jurado que juzgará con rudeza, pero también con justicia, como es mi deber, los platillos que presenten.

Y luego, a falta de un aplauso del público le pasó el micrófono a una mujer. Aimée perdió el interés, no estaba ahí para el concurso. Tenía que llegar al pueblo donde vivía el tal Aldo, y luego regresar a la ciudad.

Volteó a ambos lados de la calle, a unos metros estaba una señora con el ceño fruncido.

Aimée se acercó y con el tono más amable y respetuoso que tenía preguntó:

—Disculpe, sabe en donde puedo tomar un taxi.

La señora que era más bajita que ella y algo regordeta, la miró de arriba a abajo antes de responder con un tono dulce:

—¿A dónde vas? Aquí no hay muchos taxis y son muy caros —negó con la cabeza con vehemencia—. Además, los taxistas están en un tipo de acuerdo para cobrar más a los que no son de aquí.

Aimée se tomó un segundo para recordar que se había puesto ese día, no veía nada que delatara que no era de ahí.

—No. En realidad voy a Raíz del Monte. Es un pueblo que está a media hora de aquí.

—¿Y a quién vas a ver ahi? ¿Eres la sobrina de Ernesto?

—No conozco a ningún Ernesto, pero, ¿usted conoce a los que viven ahí?

La señora sonrió y su sonrisa tan agradable y sincera hizo que Aimée dejara de sentirse tan desconfiada.




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