Pero a quien se le ocurrió hacer el concurso en verano, debajo de ese techo de lámina, con tanta gente que solo sudaba y compartía su olor y calor.
Aimée se recogió el cabello en cuanto terminaron de atravesar a la multitud que estaba parada a las afueras.
La mitad del espacio, estaba ocupado por una tarima, donde había ocho mesas largas de cocina en dos filas, cuatro de cada lado, varias de ellas tenían una pata coja, en la parte de arriba estaban los utensilios de cocina, nada espectacular y en la parte de abajo estaban los ingredientes, o al menos, eso era lo que Aimée intuyó, solo había bolsas de plástico de colores incluso con algunos logotipos. En una esquina había ocho hornillas, Aimée alzó una ceja al ver que lo único que impedía una fuga de gas, era un pedazo de cinta de aislar en donde estaba la conexión de la manguera de gas y las estufas. De hecho, cada que alguien pasaba cerca de ellas, se veía como se movía la manguera.
Como el concurso ya había iniciado, Aimée no sabía lo que estaba pasando con exactitud, pero podía adivinar.
Los dieciséis concursantes estaban en una fila pegados a la pared falsa que habían levantado, y en la cual se leía «4° concurso de cocina del municipio Ilusión».
Los concursantes eran variados, hombres y mujeres, jóvenes y grandes. Pero con un vistazo Aimée se aseguró de que Aldo era el más joven.
Era la primera vez que lo veía y le sorprendió lo alto que era.
No era guapo, al menos no de la forma convencional en que ella esperaría, pero supuso que tenía algo atractivo, aunque era muy difícil saber qué con el corte de cabello que traía. Su cabello rizado era un desastre, parecía un nido de pájaros y no de los que uno diría un cumplido.
La señora Ana consiguió dos lugares en la primera fila. Junto a la familia de los demás concursantes.
Le había dicho mientras caminaban, que Aldo no le dijo nada hasta esa mañana, él salió temprano y luego, un vecino le preguntó si no iba a ir a ver a su hijo. Ella mintió y dijo que no iría porque tenía cosas que hacer, pero el vecino se ofreció a dejarla ahí, oferta que ella no supo rechazar.
—No quiero que piensen que Aldo me miente. Él me habría dicho, estoy segura, pero como estás aquí, creo que no quería que te viera.
Aimée solo le dedicó su sonrisa más bella y profesional, la que usaba para los profesores y en los concursos de cocina.
Los concursantes finalmente ocuparon sus lugares.
A Aldo le tocó la segunda mesa más cercana a ellos de la fila de la izquierda. Llevaba un mandil azul cielo atado a su cintura que tenía un estampado ridículo de flores verdes y naranjas.
Él pareció no ver a su madre, se veía enfocado en lo que tenía frente a él. Así, parecía un profesional.
Claro que debe ser así, ¿de qué otra manera podría tener una admisión a la ACI? La escuela no era la escuela francesa de cocina, pero incluso ellos tenían un estándar.
Estaba la cuenta regresiva para que iniciarán, iban en diez, cuando por fin Aldo se percató de ellas. Primero fue de su madre, Aimée lo supo porque perdió toda la concentración de su rostro. Abrió los ojos y la boca asustado y la señora Anita lo saludó, saludo que no respondió y luego la señaló a ella.
Entrecerró los ojos y ladeo un poco la cabeza. Claro que no la conocía, nunca antes se habían visto, pero su madre no sabía eso, por eso con lentitud articuló la palabra novia y luego la señaló.
Cuando la animadora dio la señal de que podían iniciar, Aldo se quedó viendo la mesa unos minutos, mientras los otros lavaban verduras, picaban y revisaban las bolsas de abajo, él seguía perdido en la tabla de picar sin hacer nada.
Se cruzó de brazos y se recargó en la silla. Ver esto sería bastante aburrido. No creía que nada resultaría de este torpe intento de concurso.
Para empezar, la mitad de las personas estaban mal desde el corte. Si no se corta de manera uniforme, entonces la cocción será desigual, cuando unas ya estén listas, otras seguirán crudas, lo que llevará a dejarlas más tiempo en el fuego y cuando por fin están, las primeras estarán sobre cocidas.
El segundo problema era la cocción en sí. Aimée no sabía cuál era el tema del concurso, pero sí sabía que la carne era un producto muy sensible de cocinar y la mayoría de ellos estaban destruyendo esa carne. Miró con terror como un hombre sacó la carne y la puso en una sartén, luego la llevó al fuego, desde donde estaba pudo ver como la carne perdía sus jugos. Otro, que sí había macerado, cortó la carne y luego utilizó ese mismo cuchillo para cortar cebolla.
Con cada cosa mal que veía, Aimée sentía que ese concurso era una farsa. Decidió centrarse solo en Aldo.