Los jueces, además del alcalde del municipio, eran dos personas, la primera era la dueña de la tienda de abarrotes más grande del lugar y el segundo era el jefe de la policía.
Es decir que ninguno de ellos tenía experiencia en concursos de cocina, juzgando y ni hablar de algo tan simple como determinar cuál platillo era de mayor calidad que otro.
A cada uno le preguntaban cuál era su platillo, porque eligieron ese, lo probaban, cortaban en pedazos iguales el platillo y luego lo tragaban, sin tiempo a disfrutar, a analizar, ya ni hablar de percibir los sabores de cada parte del plato.
Aimée supo que el tema del concurso era «comidas sencillas que tienen el sabor de casa».
Aldo era el penúltimo en ser evaluado, se movía en su lugar y tenía una expresión más tonta, con una sonrisa que era molesta de ver, no les quitaba la vista de encima a su madre y, por extensión, a ella.
Aimée dejo de poner atención al concurso, se preguntaba cómo y porqué elegiría el anterior director a ese chico para estudiar. No quería juzgarlo, pero su platillo no se veía especial, él tampoco parecía el tipo de genio que se ve una vez en la vida. Con su cara tonta y sus manos moviéndose frenéticamente a sus espaldas, Aldo era más bien el chico aficionado que de talento tenía lo mismo que cualquier cocinero de una fonda económica.
¿Sería Aldo el chico que mandó su solicitud y no se presentó o cuya madre envió la solicitud y no siguió con el trámite?
Sin importar cual era, si el director los eligió significaba que debió probar sus comidas alguna vez antes, que había algo en ellos que valía la pena. Algo que ella tenía también, era claro que ella era talentosa, aún si la rechazó una vez, ¿no había vuelto para darle una beca completa? Esos dos chicos tenían que ser tan buenos como ella.
Esperó otros diez minutos, hasta que llegó el turno de Aldo. Su sonrisa se hizo más grande al acercarse a él.
—Aldo, ¿qué plato tienes para nosotros hoy? —preguntó el alcalde acercándose demasiado el micrófono, lo que hacía que las palabras se escucharan entrecortadas.
Aldo tomó otro micrófono, el que estaban pasando todos los concursantes.
—Es una receta que mi mamá hace. Son molotes rellenos de longaniza con papas y salsa molcajeteada verde —dijo orgulloso al describir su plato. El también se acercó demasiado al micrófono y junto con la estática, solo se alcanzó a oir por las bocinas medias palabras. Aimée estaba lo suficiente cerca para entender pero la gente que estaba al fondo, no entendería nada.
—¿Por qué este platillo para el tema del concurso? —preguntó la dueña de la tienda y cortó las dos piezas.
Desde el lugar de Aimée se veía bien el plato. Y desde ahí no veía nada malo en la comida.
—Creo que cada uno de nosotros tiene diferentes platillos que recuerdan a tu hogar. No hay uno universal, pero este, para mí, es el platillo que mi mamá hace cuando quiere subirme el ánimo, cuando pasa algo bueno o o solo para consentirme. Es mi platillo favorito y cada vez que lo como siento que estoy con mi mamá.
Se escuchó un «awww» en el público e incluso Aimée reconoció que esa era una buena razón. Ella también, en el pasado había usado la carta de «recuerdos familiares» para ganarse al público. Nunca fallaba. Cuando decías que algo lo preparaba tu abuela, tu madre, tu padre o cualquier persona cercana a ti, todo tomaba una relevancia nueva y entonces, si le agregas una historia desgarradora, logras sumar varios puntos y ganar.
Esperó que lo probaran y dijeran que era un excelente platillo, pero lo que pasó la desconcertó. Uno a uno, después de dar el primer bocado, fue sacando la comida o devolviendola en una servilleta. Lo acompañó muecas y gestos de desagrado.
El que tomó la palabra fue el alcalde.
—Hijo, me sorprende que con esta cocina hayas decidido presentarte al concurso, porque créeme que ni tu madre podría comerlo —una leves carcajadas se oyeron al fondo del lugar—. No te preocupes, si prácticas suficiente tiempo puede que un día puedas hacer un platillo digno de que una persona coma. Tal vez en treinta o cuarenta años.
Se escucharon risas en el auditorio y aunque ella también lo encontró divertido, escondió su sonrisa detrás de una tos, y giró la cabeza para que la madre de Aldo no la viera.
Pero ella no le prestaba atención.