—La cocina no solo alimenta el cuerpo... también puede sanar el alma.
La voz del chef Ricardo resonó por toda la cocina del Instituto Lincoln de Gastronomía mientras los estudiantes se preparaban para la práctica del día.
—Hoy elaborarán unas simples galletas con chispas de chocolate. Y digo "simples" porque cualquiera puede seguir una receta; lo difícil es lograr que quien las pruebe recuerde un momento feliz de su vida.
Todos comenzaron a sacar los ingredientes. El sonido de los utensilios, el aroma de la mantequilla y la vainilla, y el movimiento constante de las batidoras llenaron el ambiente.
Isabel sonrió.
Cada vez que entraba a una cocina sentía que estaba en el lugar al que pertenecía.
Tenía veintidós años. Era delgada, de cabello castaño largo que siempre llevaba recogido en un moño alto. Algunas ondas rebeldes escapaban del peinado y enmarcaban un rostro de ojos expresivos, capaces de transmitir esperanza incluso en los días más difíciles.
Era una joven fuerte, alegre y optimista. Siempre encontraba una razón para sonreír, aun cuando la vida parecía empeñada en ponerla a prueba.
Su mayor sueño era convertirse en una chef reconocida internacionalmente y obtener una estrella Michelin. Después abriría su propio restaurante, un lugar donde cada plato contara una historia y cada cliente se sintiera como en casa.
Pero detrás de aquella sonrisa existía un miedo que jamás confesaba.
Temía enfermar de cáncer, igual que su madre.
Había visto cómo esa enfermedad apagó poco a poco la luz de la mujer que más amaba en el mundo. Lo que más la aterraba no era morir, sino dejar solo a su padre.
—Isabel.
La voz del chef la sacó de sus pensamientos.
—¿Todo bien?
Ella sonrió con naturalidad.
—Sí, chef.
Comenzó a mezclar la mantequilla con el azúcar. Sus manos trabajaban casi por instinto.
Entonces, el aroma de la vainilla la transportó varios años atrás.
—No tan rápido, Isa.
Una niña de ocho años infló las mejillas mientras intentaba robar unas chispas de chocolate del recipiente.
—Mamá... solo una.
—Eso dijiste hace cinco minutos.
Ambas comenzaron a reír.
Su madre tomó una de las pequeñas manos de Isabel y la colocó sobre la masa.
—La cocina no consiste solo en seguir una receta. Cocinar es poner el corazón en cada preparación.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces vuelves a intentarlo.
—¿Y si se queman?
—Preparas otra bandeja.
—¿Y si nadie quiere probar mis postres?
Su madre acarició su cabello.
—Siempre habrá alguien que necesite un poco de amor... y créeme, las galletas recién horneadas tienen la extraña capacidad de curar un mal día.
Isabel la abrazó con fuerza.
—Cuando sea grande tendré el restaurante más bonito del mundo.
—Y yo seré tu primera clienta.
—No.
—¿No?
—Serás mi ayudante.
Las dos estallaron en carcajadas mientras el dulce aroma de las galletas recién horneadas inundaba toda la casa.
Una lágrima estuvo a punto de escapar de los ojos de Isabel.
La secó antes de que alguien pudiera verla.
—Chef, ¿puedo meter mi bandeja al horno? —preguntó una compañera.
El ruido de la cocina la devolvió al presente.
Respiró profundamente.
—Algún día lo lograré, mamá —susurró para sí—. Tendré ese restaurante que soñamos juntas.
La clase terminó dos horas después.
Mientras la mayoría de sus compañeros hablaban de salir a comer o descansar, Isabel guardó cuidadosamente sus utensilios.
No podía darse ese lujo.
Debía llegar a tiempo a la cafetería donde trabajaba durante el día para poder pagar sus estudios y ayudar con los gastos de la casa.
Muchas veces el dinero apenas alcanzaba para los pasajes. Había días en que prefería saltarse el almuerzo para comprar un libro o ahorrar para los ingredientes que necesitaba en las prácticas.
Aun así, jamás se quejaba.
Porque para ella cada sacrificio era un paso más cerca de su sueño.
—¡Isabel!
Una joven de cabello negro la alcanzó antes de salir del instituto.
—Sabía que ibas a salir corriendo.
Era Lorena, su mejor amiga.
—¿Ya vas al trabajo?
—Sí.
—Entonces toma.
Le extendió discretamente un billete.
Isabel frunció el ceño.
—No, Lore. Ya te dije que no puedo seguir aceptando dinero.
—No seas orgullosa.
—Te lo devolveré cuando...
—No es mío.
—¿Cómo que no?
Lorena sonrió con picardía.
—Son propinas.
—¿Tantas?
—Digamos que hoy los clientes estuvieron especialmente generosos.
Isabel la observó unos segundos.
Conocía demasiado bien esa sonrisa.
—Estás mintiendo otra vez, ¿verdad?
Lorena soltó una pequeña risa.
—Puede ser...
—Lore...
—Escúchame. Algún día serás una gran chef. Cuando abras tu restaurante me contratarás y me pagarás muy bien. Considéralo una inversión.
Isabel negó con la cabeza mientras la abrazaba.
—No sé qué hice para merecer una amiga como tú.
Lorena sonrió.
—Lo mismo me pregunto yo.
Sin saberlo, ambas estaban a punto de enfrentar la prueba más difícil de sus vidas.