"El pan necesita calor para crecer. El corazón también."
El frío de cada mañana me recuerda que las almas que dejan de llenarse de amor terminan endureciéndose poco a poco... hasta morir.
Lo digo por experiencia.
Perder a mi madre fue mucho más difícil de lo que mi padre y yo podíamos soportar. Ninguno de los dos estaba preparado para despedirse de ella. Sin embargo, hasta el último instante nos regaló una sonrisa y la esperanza de que, algún día, volveríamos a ser felices.
—Ahora ustedes son un solo equipo —nos decía.
Mi padre dejó de vivir para sí mismo. Durante meses la cuidó día y noche. Solo se alejaba unas horas para cumplir con su trabajo y, cuando eso ocurría, era yo, con apenas doce años, quien permanecía a su lado.
Hubo días en los que estuve decidida a dejar el colegio.
No podía imaginarme estudiando mientras ella luchaba por su vida.
Pero mi madre jamás lo permitió.
—Es hora de que dejes esa tontería, Isa.
A pesar del dolor que la consumía, hizo el esfuerzo de incorporarse en la cama.
—Ve al colegio. Yo no crié a una floja.
—Pero, mamá...
—Nada de "pero". Todavía no estoy muerta.
Intentó sonreír, aunque el esfuerzo le costó una mueca de dolor.
—Tu papá ya se fue a trabajar. Ahora te toca a ti cumplir con tu obligación.
Bajé la mirada.
—No quiero dejarte sola.
Ella tomó mi mano.
—Cuando regreses almorzaremos juntas y podrás romperte la cabeza con las matemáticas. Hoy solo tuve un bajón. Tu padre traerá la medicina y todo estará bien.
Las dos sabíamos que mentía.
Pero yo también fingí creerle.
—Ve y lléname de orgullo.
La abracé con todas mis fuerzas antes de salir.
Ese día caminé hasta el colegio sin recordar una sola clase.
Podían preguntarme cualquier cosa... incluso cuánto era dos más dos... y no habría sabido responder.
Mi corazón se había quedado junto a ella.
Abrí los ojos.
Había pasado más de una década desde aquel recuerdo, pero esa mañana el frío me hizo sentir exactamente igual.
Sin darme cuenta, las lágrimas rodaron por mis mejillas.
Todavía me hacía mucha falta.
Siempre me haría falta.
Entonces escuché unos golpes en la puerta.
—Isa... pequeña, el desayuno está listo. Ven antes de que se enfríe.
Sonreí sin querer.
Solo una persona seguía llamándome así.
—Ya voy, papá. Dame un minuto.
—Un minuto, señorita Mapache.
Solté una pequeña risa.
—¿Mapache?
—Sí. Sigues siendo hermosa, incluso con esas ojeras.
—¡Papá!
—¿Qué culpa tengo de tener el mapache favorito del mundo?
Negué con la cabeza mientras salía de mi habitación.
Aunque las deudas nos perseguían y el dinero apenas alcanzaba, mi padre había aprendido a cocinar con lo poco que encontraba en el mercado.
Y era increíble.
Podía convertir un simple pan del día anterior en un desayuno digno de un restaurante.
—Algún día te cocinaré los mejores filetes del mundo —le dije mientras nos sentábamos a la mesa.
Él levantó una ceja.
—¿Eso significa que me ves muy flaco?
Reí.
—No. Significa que algún día podremos darnos ese gusto.
Mi padre me miró con ternura.
—Estoy seguro de que, si salen de tus manos, serán los mejores filetes que exista.
Luego se levantó y tomó las llaves.
—Vamos, pequeña chef. El mundo no se construye solo.
Y, como cada mañana, salimos de casa para enfrentar nuestras propias batallas.
Él hacia su trabajo.
Yo hacia mis sueños.
Pero ambos sabíamos que al final del día siempre volveríamos a encontrarnos en un abrazo.
La cafetería parecía un campo de batalla.
Había clientes por todas partes.
Algunos reclamaban por la demora.
Otros esperaban con paciencia.
Y unos cuantos parecían haberse despertado con ganas de pelear con el mundo.
—Lore... ya no siento los pies —me quejé mientras llevaba una bandeja llena de cafés.
—¿Sabes qué es peor? —respondió ella—. Que esta noche voy a soñar con donas persiguiéndome.
No pude evitar reír.
—Y yo con cafeteras gigantes.
—No. Tú vas a soñar con la gerente.
Las dos soltamos una carcajada.
—Esa mujer da más miedo que un examen sorpresa.
—¡Lorena!
—¿Qué?
—Habla más despacio.
—Total, esa vieja ni...
—¿...ni qué? —preguntó una voz detrás de nosotras.
Las dos nos quedamos inmóviles.
La gerente cruzó los brazos.
Lorena tragó saliva.
—Buenos días, señora...
—Así que soy una vieja.
—No, señora. Fue una expresión...
—Perfecto. Entonces esta vieja hoy se quedará con sus propinas.
Sentí un nudo en el estómago.
Esas propinas significaban mis apuntes de clase, el pasaje de regreso a casa o, muchas veces, mi cena.
Respiré hondo.
—Disculpe, señora. Fue un comentario fuera de lugar. No volverá a pasar.
Ella me observó unos segundos.
—Más les vale. Ahora vuelvan a trabajar.
Esperamos a que se alejara.
Lorena golpeó suavemente la barra con frustración.
—Isa... perdón.
Sonreí.
—No importa.
—Sí importa. Necesitas ese dinero.
La miré.
—Necesito más conservar este trabajo.
Cuando el reloj marcaba casi el final de la jornada, entraron dos jóvenes.
Vestían de manera elegante.
No parecían clientes habituales.
Uno de ellos sonreía mientras hablaba.
El otro tenía el rostro serio y una mirada tan fría que parecía capaz de congelar la cafetería.
Lorena me dio un pequeño codazo.
—Atiéndelos tú.
—¿Por qué?
—Porque el amargado me da miedo.
Negué con una sonrisa y tomé la libreta.
—Buenas tardes. ¿Qué desean ordenar?
El joven de cabello claro respondió amablemente.
—Dos cafés, por favor.
Miré al otro.
—¿Desea acompañarlos con algo?