"Algunas recetas no curan el cuerpo, pero sí remiendan el alma."
La discusión con aquel hombre logró algo que no esperaba.
Por unos minutos olvidé las deudas, el instituto y las cuentas que parecían multiplicarse cada día.
Negué con la cabeza mientras caminaba hacia el salón de clases.
—Basta, Isabel... —me reprendí en voz baja—. Hay cosas mucho más importantes que un ogro malhumorado.
Sin querer sonreí.
No sabía si me causaba gracia su pésimo carácter o el hecho de que nadie hubiera sido capaz de responderle como yo lo hice.
Aquella noche, al menos, tendría un pequeño respiro.
La clase sería únicamente teórica.
No necesitábamos llevar ingredientes ni utensilios.
Sin embargo, mi tranquilidad duró muy poco.
Las palabras del director seguían resonando en mi cabeza.
"Si no regularizas tus pagos, no podrás continuar con las prácticas."
Intenté concentrarme.
Abrí mi cuaderno.
Tomé apuntes.
Pero las letras parecían mezclarse unas con otras.
Mientras el profesor explicaba técnicas de conservación de alimentos, yo solo hacía cuentas.
¿Cuánto tenía ahorrado?
¿Cuánto faltaba?
¿Cuántas propinas necesitaría para completar la mensualidad?
Cuando terminó la clase, apenas recordaba una sola palabra de la explicación.
Suspiré.
—Esta noche tendré que estudiar el doble...
El frío golpeó mi rostro apenas salí del instituto.
Las calles comenzaban a vaciarse y el viento de invierno parecía colarse hasta los huesos.
Al llegar a casa algo llamó mi atención.
Todas las luces estaban apagadas.
Fruncí el ceño.
Papá siempre dejaba encendida la lámpara de la cocina cuando sabía que yo regresaría tarde.
Empujé la puerta lentamente.
—¿Papá?
Silencio.
Solo el sonido del viento entrando por una pequeña ventana mal cerrada.
Encendí la luz.
La casa estaba exactamente igual que por la mañana.
La mesa seguía vacía.
No había cena preparada.
Ni una sola nota.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde estás...?
Miré el reloj.
Era demasiado tarde para que siguiera trabajando.
Recorrí cada habitación.
Nada.
Su dormitorio estaba vacío.
La cocina permanecía en silencio.
Abracé mis brazos intentando espantar el frío.
No tenía hambre.
O quizá la preocupación era más fuerte que el hambre.
Abrí el refrigerador.
Solo había una botella de leche y un par de tomates.
Lo cerré lentamente.
Entré en mi habitación.
Después de una ducha caliente me senté frente a la fotografía de mamá.
La observé durante largo rato.
—Mamita...
No sé qué hacer.
Siento que todo se está derrumbando.
Ayúdame.
No permitas que papá siga cargando solo con este peso.
Enséñame el camino.
Como siempre hacías.
Acaricié el marco de la fotografía.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
Apagué la luz.
Y, con esa misma preocupación instalada en el pecho...
Me quedé dormida esperando escuchar la puerta abrirse en cualquier momento.
El sonido de mi despertador me hizo abrir los ojos.
Lo primero que hice fue correr hacia la habitación de papá.
La cama estaba exactamente igual que la noche anterior.
Intacta.
Un miedo desconocido comenzó a apoderarse de mí.
¿Y si le había ocurrido algo?
Me cambié de ropa apresuradamente.
Estaba a punto de salir a buscarlo cuando escuché el ruido de unas llaves.
La puerta se abrió lentamente.
Allí estaba él.
Caminaba con dificultad.
La camisa estaba desarreglada.
Los ojos enrojecidos.
Y un fuerte olor a alcohol llenó el pequeño recibidor.
Me quedé inmóvil.
En veintidós años...
Jamás lo había visto en ese estado.
Corrí hacia él antes de que perdiera el equilibrio.
—Papá...
Lo sostuve del brazo.
Él evitó mirarme.
—Perdóname, hijita...
Su voz sonaba rota.
—No sabes la vergüenza que siento de que me veas así.
Lo ayudé a sentarse en el sofá.
Él cubrió su rostro con ambas manos.
Y comenzó a llorar.
No era un llanto escandaloso.
Era mucho peor.
Era el llanto silencioso de un hombre que llevaba demasiado tiempo intentando ser fuerte.
—Soy un fracaso, Isa.
No puedo darte la vida que mereces.
Ni siquiera puedo ayudarte a pagar tus estudios.
Sentí que el corazón se rompía.
Me arrodillé frente a él y tomé sus manos.
—No vuelvas a decir eso.
Jamás.
Él negó con la cabeza.
—Ayer llamaron del instituto.
Querían recordar el pago pendiente.
Y tú...
Tú me ocultaste todo para no preocuparme.
Al igual que yo te oculté las deudas.
Nos quedamos en silencio.
Los dos habíamos estado fingiendo.
Los dos queríamos proteger al otro.
Y, sin darnos cuenta, ese silencio nos estaba haciendo daño.
Apoyé mi frente sobre sus manos.
—No importa cuánto tardemos...
Vamos a salir adelante.
Los dos.
Como siempre.
Papá levantó lentamente la vista.
Aquella tarde el trabajo en la cafetería fue agotador.
Había pedidos para llevar, mesas llenas y clientes impacientes.
Por suerte, el movimiento constante me impidió pensar demasiado en lo ocurrido aquella mañana con papá.
Cuando finalmente terminé mi turno, decidí no ir al instituto.
Necesitaba volver a casa.
Necesitaba estar con él.
Mientras caminaba por las calles, una mezcla de culpa y tristeza me oprimía el pecho.
No estaba enojada.
Solo me dolía verlo derrotado.
Mi padre siempre había sido mi refugio.
El hombre que encontraba una solución incluso cuando parecía no existir ninguna.
Y aquella mañana comprendí que él también tenía miedo.