El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 5 LAS HERIDAS QUE NO SE VEN

"Hay personas que construyen muros para proteger su corazón. El problema es que, con el tiempo, terminan quedándose solas detrás de ellos."

La alarma sonó exactamente a las seis de la mañana.

Adrián abrió los ojos un segundo antes de que comenzara a sonar.

Llevaba años despertando a la misma hora.

No porque le gustara madrugar.

Porque así había sido educado.

"La disciplina separa a los hombres exitosos de los mediocres."

Esa frase había acompañado toda su infancia.

Se incorporó lentamente.

Su departamento era amplio, elegante y moderno.

Las paredes blancas estaban adornadas con cuadros de artistas famosos.

La cocina parecía salida de una revista.

Los muebles eran impecables.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Demasiado.

No había fotografías familiares.

Ni plantas.

Ni recuerdos.

Solo silencio.

Un silencio tan grande que, algunas mañanas, resultaba insoportable.

Se dirigió al gimnasio que tenía dentro del departamento.

Corrió cuarenta minutos en la caminadora.

Levantó pesas.

Terminó exactamente a las siete.

Ni un minuto más.

Ni uno menos.

Para Adrián, controlar cada minuto de su vida era más fácil que enfrentarse a sus propios pensamientos.

Después de ducharse, se vistió con un traje azul oscuro.

Al salir del dormitorio, encontró el desayuno servido.

Mercedes, la mujer que trabajaba en la casa desde hacía más de veinte años, colocaba una taza de café sobre la mesa.

—Buenos días, joven Adrián.

—Buenos días, Mercedes.

—Hoy preparé huevos con tostadas.

Apenas los probó.

Solo bebió el café.

Negro.

Sin azúcar.

Como todas las mañanas.

Mercedes lo observó con preocupación.

—Debería comer un poco más.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—No se preocupe. Estoy bien.

Ella suspiró.

Sabía que esa era la respuesta que siempre recibiría.

A las ocho en punto, Adrián llegó al edificio principal del Grupo Montenegro.

Un moderno rascacielos de vidrio donde trabajaban cientos de personas.

Al cruzar la recepción, todos lo saludaban con respeto.

—Buenos días, ingeniero.

—Buenos días, señor Adrián.

Él respondía con un leve movimiento de cabeza.

Nada más.

Al llegar al último piso, la secretaria se puso de pie.

—Su padre lo espera en la sala de juntas.

Adrián respiró profundamente antes de abrir la puerta.

Del otro lado lo esperaba Alejandro Montenegro.

Uno de los empresarios más importantes del país.

Un hombre admirado por muchos.

Temido por todos.

—Llegas dos minutos tarde.

Adrián miró su reloj.

—El ascensor se retrasó.

—Las excusas nunca han hecho crecer una empresa.

El silencio volvió a instalarse.

Alejandro cerró una carpeta y levantó la vista.

—El proyecto de la fábrica textil debe comenzar esta semana.

Quiero resultados.

No problemas.

—Así será.

—Y deja de perder tiempo en lugares innecesarios.

Te vi salir nuevamente de esa cafetería.

Adrián levantó la mirada.

—Solo voy por café.

Su padre soltó una risa seca.

—Hay cientos de cafeterías en la ciudad.

No olvides quién eres.

La gente sencilla suele acercarse a quienes tienen poder por interés.

No confundas una sonrisa con sinceridad.

Adrián no respondió.

Llevaba años escuchando el mismo discurso.

—Puedes retirarte.

Cuando salió de la oficina, sintió el peso de aquellas palabras sobre los hombros.

Durante un instante recordó a Isabel.

Su sonrisa.

El aroma de las galletas.

Y, por alguna razón, aquellas palabras no encajaban con la imagen que tenía de ella.

El reloj marcaba las nueve y media cuando Adrián volvió a la cafetería.

Esta vez no tenía sed.

Ya había tomado café.

Pero aun así entró.

La campanilla sonó.

Lorena levantó una ceja.

—Isa...

Tu cliente favorito.

Isabel negó con una sonrisa.

—Sigue siendo un ogro.

—Sí...

Pero un ogro muy puntual.

Adrián tomó asiento en la misma mesa de siempre.

Cuando Isabel se acercó, él habló antes de que ella pudiera hacerlo.

—Hoy sí llegaste rápido.

Ella cruzó los brazos.

—Estoy mejorando mi servicio.

—Eso parece.

Por primera vez...

Él sonrió.

Fue apenas un instante.

Tan pequeño que Isabel llegó a pensar que lo había imaginado.

—¿Qué desea ordenar?

—Lo de siempre.

Ella anotó el pedido.

Antes de irse, Adrián preguntó:

—¿Tu padre está mejor?

Isabel lo miró sorprendida.

No esperaba esa pregunta.

—Sí...

Mucho mejor.

Gracias.

Él solo asintió.

No añadió nada más.

Pero, por primera vez, el silencio entre ambos dejó de sentirse incómodo.

Cuando Isabel regresaba al mostrador, un niño de unos nueve años entró a la cafetería.

Llevaba una caja de caramelos colgada del cuello.

—¿Alguien desea comprar?

Algunos clientes fingieron no verlo.

Otros negaron con la cabeza.

El niño bajó la mirada.

Isabel buscó en el bolsillo de su delantal.

Solo tenía unas cuantas monedas.

Las mismas que había pensado guardar para el pasaje.

Aun así sonrió.

—Dame dos.

El niño sonrió de inmediato.

—Gracias, señorita.

Espero que Dios la bendiga.

Ella respondió con una sonrisa.

—No.

Espero que hoy vendas toda la caja.

El pequeño salió feliz.

Adrián observó toda la escena en silencio.

Sabía que Isabel necesitaba ese dinero más que nadie.

Y, aun así...

Lo había entregado sin pensarlo.

Mientras bebía el último sorbo de café, comprendió algo.




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