El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 6 CUANDO EL DESTINO PRUEBA TU TALENTO

“El talento puede ocultarse durante un tiempo, pero siempre encuentra una cocina donde revelarse.”

Dicen que la memoria tiene aromas.

La mía siempre huele a vainilla.

Cada vez que abro un frasco de esencia, vuelvo a tener ocho años y encuentro a mamá esperándome en la cocina con un delantal lleno de harina.

—La cocina no tiene prisa, Isa —me decía mientras mezclaba los ingredientes—. La paciencia también es un ingrediente.

Y yo, impaciente como siempre, quería probar todo antes de tiempo.

Todavía recuerdo el día en que descubrí el picante.

Había tomado una pizca de ají en polvo sin hacerle caso a mamá.

A los pocos segundos corría por toda la cocina llorando porque me ardía la lengua.

Ella solo reía.

—¿Ves por qué te dije que esperaras?

Aquellos recuerdos me acompañaban cada noche mientras practicaba el plato para mi examen final.

A veces podía jurar que mamá seguía a mi lado, observando cada movimiento y corrigiendo mis errores con esa paciencia infinita que siempre tuvo conmigo.

Los días seguían siendo una carrera contra el tiempo.

Las propinas habían mejorado y, por primera vez, ya había reunido casi la mitad de la deuda del instituto.

Papá también parecía más animado con el proyecto nuevo del trabajo.

Eso me hacía pensar que, quizá, las cosas realmente podían cambiar.

Aquella mañana el agua estaba helada, pero salí de casa con una sonrisa.

Al llegar a la cafetería encontré a Lorena limpiando las mesas.

—Creo que hoy será un día movido —dije dejando mi bolso.

—Ojalá —respondió ella—. Así juntas más rápido para el instituto.

La miré con seriedad.

—Esa es mi responsabilidad, Lore.

Ella hizo una mueca.

—Ya, ya... entonces déjame ayudarte a trabajar.

Apenas levantamos las persianas, los clientes comenzaron a entrar.

Las mesas se llenaron en cuestión de minutos y los pedidos empezaron a acumularse.

Sin embargo, algo no estaba bien.

Pasaban los minutos y ningún plato salía de la cocina.

Los clientes empezaron a impacientarse.

—¡Llevamos veinte minutos esperando!

—¿Qué pasa con los desayunos?

La dueña salió al salón con el ceño fruncido.

—¿Por qué no ha salido ni un pedido?

—No lo sabemos, señora —respondió Lorena—. El chef tomó las órdenes, pero no respondió después.

La mujer salió furiosa hacia la cocina.

Y entonces escuchamos un grito.

Corrimos de inmediato.

El chef estaba tendido en el suelo, junto al refrigerador.

Respiraba con dificultad.

Uno de los clientes llamó a emergencias y, minutos después, la ambulancia se lo llevó.

La dueña se llevó las manos a la cabeza.

—¿Qué voy a hacer ahora? ¡La cocina está cerrada y el local está lleno!

Lorena me miró de inmediato.

—Isa... cocina tú.

—¿Qué?

—Eres estudiante de Gastronomía. Puedes hacerlo.

Respiré hondo y me acerqué a la dueña.

—Señora... yo puedo ayudar.

La mujer me miró incrédula.

—¿Tú? ¿La mesera?

—Por favor. Déme una oportunidad.

Ella dudó unos segundos.

—Debo estar loca... Está bien. Pero si los clientes devuelven la comida, lo descontaré de tu salario.

—Lo entiendo.

Corrí hasta mi pequeño casillero y saqué la filipina blanca.

La tela ya mostraba el desgaste de tantas prácticas, pero seguía siendo el uniforme que más orgullo me daba usar.

Me até el cabello y respiré hondo.

—Hoy no entraré a esa cocina como una mesera —susurré—. Entraré como la chef que sueño ser.

Por un instante sentí la presencia de mamá detrás de mí.

—Ve y cocina con el corazón, Isa.

Entré a la cocina y el mundo desapareció.

La mantequilla comenzó a derretirse sobre la plancha caliente.

El aroma dulce de la vainilla llenó el ambiente.

Batí la mezcla de los panqueques con movimientos suaves, exactamente como mamá me había enseñado.

El primer panqueque cayó sobre la sartén con un leve siseo.

Sonreí.

Ese sonido siempre había sido música para mí.

También preparé huevos revueltos, como los hacía papá.

—La clara y la yema deben alegrar el estómago juntas —decía siempre.

Los pedidos empezaron a salir uno tras otro.

Y, para mi sorpresa, los clientes comenzaron a pedir más huevos revueltos.

—¡Dígale a la chef que están increíbles!

—¡Estos panqueques son los mejores que he probado!

Ni siquiera tuve tiempo de asimilarlo.

Solo seguí cocinando.

Al otro lado del salón, Adrián acababa de entrar.

La ambulancia estacionada frente a la cafetería hizo que el corazón le diera un vuelco.

Su primera reacción fue buscar a Isabel.

Pero ella no estaba en el salón.

Escuchó a unos clientes comentar lo ocurrido y que una de las meseras estaba cocinando.

Movido por la curiosidad, se acercó a la barra.

Entonces la vio.

Ya no llevaba el delantal rosa de siempre.

Vestía una filipina blanca de chef.

Y parecía otra persona.

Se movía por la cocina con seguridad, organizando ingredientes, dando indicaciones y sonriendo mientras trabajaba.

El aroma de vainilla llenó el local.

Y, sin previo aviso, Adrián regresó a un recuerdo de su infancia.

Su madre horneando los domingos.

La cocina tibia.

La risa de una mujer que ya no estaba.

Por primera vez en años, un aroma logró atravesar las barreras que había levantado alrededor de sus recuerdos.

Y no pudo apartar la mirada de Isabel.

No era la misma joven que discutía con él cada mañana.

Aquí parecía libre.

Brillante.

Como si hubiera nacido para estar en una cocina.

Cerca de las diez, Isabel salió finalmente de la cocina con las mejillas sonrojadas y las manos cubiertas de harina.

—Lore, necesito más harina, por favor.

Antes de que pudiera seguir hablando, alguien comenzó a aplaudir.




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