El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 7 EL AROMA DE UN NUEVO COMIENZO

"Los sueños no se cumplen cuando desaparecen las dificultades; comienzan a hacerse realidad cuando descubres que eres más fuerte que cada una de ellas."

Llegué a casa agotada, pero inmensamente feliz.

Por primera vez había sentido lo que era estar al mando de una cocina de verdad. El calor de las hornallas, el sonido de los platos, las órdenes entrando una tras otra… todo aquello me hacía sentir que estaba un paso más cerca de mi sueño.

Apenas crucé la puerta, un aroma conocido me envolvió.

Sonreí de inmediato.

Papá estaba preparando la sopa favorita de mamá.

Era como si pudiera adivinar cuándo necesitaba que el hogar volviera a abrazarme.

—¡Papá, ya llegué!

Él salió de la cocina con una sonrisa y tomó mis manos con cuidado.

—Isita... ¿qué te pasó?

Miró las pequeñas quemaduras que cubrían mis dedos.

—Nada que una futura chef no deba vivir.

Levanté la vista y no pude contener la emoción.

—¡Papá! Hoy estuve a cargo de la cocina.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Tú? ¿En serio?

Asentí con entusiasmo.

—El chef enfermó y la cafetería estaba llena. Me ofrecí para ayudar... y fue maravilloso. No sabes lo que sentí al escuchar el timbre anunciando cada pedido listo. Todo pasó tan rápido que parecía un sueño.

Papá sonrió con orgullo.

—Mi niña ya es toda una chef.

Reí.

—Y no vas a creer cuál fue el plato favorito.

—¿Cuál?

—Tus huevos revueltos.

Se llevó una mano al pecho fingiendo importancia.

—Lo sabía. Ese talento lo heredaste de mí.

Solté una carcajada.

—¡Mentiroso! Mamá me contó que cuando eran novios se te quemaba hasta el agua.

Él fingió indignación.

—¡Amelia jamás debió contarte esos secretos!

Los dos terminamos riendo.

Hacía mucho tiempo que no reíamos así.

Mientras cenábamos, observé a papá en silencio.

Aunque intentaba mostrarse tranquilo, seguía revisando algunos documentos del trabajo apenas terminaba de comer.

Sabía que continuaba preocupado.

Pero esa noche decidí no pensar en deudas.

Solo quería guardar aquel momento en mi corazón.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, nuestra casa volvía a sentirse como un hogar.

A la mañana siguiente todo salió mal.

Me quedé profundamente dormida.

Cuando abrí los ojos ya llevaba diez minutos de retraso.

—¡No puede ser!

Me vestí a toda velocidad y salí corriendo hacia la cafetería.

Al llegar encontré una fila de clientes esperando la apertura.

Apenas crucé la puerta, la dueña me llamó.

—Isabel, necesito hablar contigo. Ven a mi oficina.

Tragué saliva.

Estaba convencida de que iba a despedirme por llegar tarde.

Entré con la cabeza baja.

Pero, para mi sorpresa, la mujer sonreía.

—Voy a ser sincera contigo.

Guardó silencio unos segundos.

—Ayer vendimos más que en cualquier otro día del último año.

La miré sorprendida.

—Y esta mañana varios clientes preguntaron por la chef que preparó el desayuno.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Quiero ofrecerte hacerte cargo de la cocina mientras nuestro cocinero se recupera. Después, cuando él regrese, cocinarás durante las horas de mayor demanda.

No podía creer lo que escuchaba.

Era exactamente la oportunidad con la que había soñado.

—Acepto... pero debo salir a las cuatro de la tarde para asistir al instituto.

—No hay problema.

Luego tomó un sobre del escritorio.

—Y esto es para ti.

Abrí lentamente el sobre.

Era un bono por el excelente trabajo del día anterior.

Sentí un nudo en la garganta.

—Muchísimas gracias.

—No me agradezcas. Gánatelo otra vez.

Sonreí.

—Lo haré.

Aquella mañana fue incluso más intensa que la anterior.

Los clientes llegaban sin descanso.

Muchos pedían exactamente lo mismo.

—Los panqueques de la nueva chef.

Otros querían probar los famosos huevos revueltos.

Y algunos simplemente regresaban porque el ambiente olía distinto.

Más cálido.

Más familiar.

Cada plato salía con el mismo ingrediente secreto.

Amor.

Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención.

Adrián no apareció.

Era extraño.

Durante semanas había llegado exactamente a la misma hora.

Ese día no vino.

Tampoco al siguiente.

Ni al otro.

Intenté convencerme de que no importaba.

Pero cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, levantaba la cabeza casi sin darme cuenta.

—¿Será que ya encontró otra cafetería? —pensé.

Lorena me observó divertida.

—No me digas...

¿Extrañas a tu ogro?

La miré ofendida.

—Claro que no.

Solo... me parece raro.

Ella soltó una carcajada.

—Ajá...

Mientras tanto...

Adrián estaba a miles de kilómetros.

Después del desayuno que había cambiado por completo su forma de verla, tuvo que viajar de urgencia a Alemania para resolver un problema en la empresa familiar.

Pero ni el trabajo lograba distraerlo.

Durante una reunión importante, apenas escuchaba lo que decían los ejecutivos.

Su mente volvía una y otra vez a la cafetería.

Al aroma de vainilla.

A la sonrisa de Isabel.

Su padre terminó golpeando la mesa.

—¡Adrián!

Levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Piensas prestar atención?

—Lo siento.

—No sé qué demonios te sucede desde hace unas semanas.

Antes discutías con todo el mundo.

Ahora te quedas mirando por la ventana.

Adrián no respondió.

—Termina este proyecto cuanto antes y vuelve.

Necesito al director de esta empresa.

No a un hombre distraído.

Adrián solo asintió.

Pero, en el fondo, sabía perfectamente qué lo distraía.

O, mejor dicho...

Quién.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.