LA CONFESIÓN
La primera vez que lo sentí pensé que era hambre. Sin embargo, no era una simple necesidad de comer, no era ese vacío molesto en el estómago que cualquiera calma con pan o café. Era algo distinto. Más profundo... Más vivo, era una ansiedad que me arañaba por dentro.
Recuerdo estar sentado frente a la mesa, observando a la gente pasar detrás del vidrio del restaurante. Todos parecían tan tranquilos... tan vulnerables. Reían, hablaban, ignoraban por completo el hecho de que un monstruo respiraba entre ellos. Yo también lo ignoraba... Hasta esa noche. El olor fue lo primero. Metálico. Tibio. Hipnótico. Después... después vino el pensamiento. ¿Qué se sentiría?
No quería matar por ira. No buscaba venganza ni placer enfermo... Al menos eso me repetía. Era curiosidad. Una necesidad insoportable de descubrir por qué mi cuerpo reaccionaba así. Por qué mi boca se llenaba de saliva al imaginar la carne desgarrándose entre mis dientes.
Dormí poco esa semana. Cada persona comenzó a verse diferente. Ya no observaba rostros; observaba músculos, piel, huesos. Calculaba pesos. Imaginaba cortes perfectos.
Aprendí rápidamente que el cuerpo humano no era tan distinto de un animal cuando dejabas de verle humanidad. Y entonces entendí algo aterrador. La mejor forma de desaparecer evidencia... era consumirla. La carne era deliciosa. Mucho más de lo que debería admitir. Y lo peor de todo no fue descubrirlo. Fue darme cuenta de que quería repetirlo.
Las noticias comenzaron tres días después. Los titulares parpadeaban en la pantalla de mi teléfono, uno tras otro, inundando las redes sociales:
“Desapariciones extrañas en el distrito”
“Sin restos ni pistas”
“La policía busca a un sospechoso sin rostro"
Observé la pantalla mientras desayunaba tranquilamente en el comedor de mi departamento, donde el único sonido era el tic-tac del reloj de la pared.
En la televisión, un detective ojeroso hablaba con gravedad sobre presuntos secuestros, redes de tráfico humano y asesinos organizados. La gente en los comentarios de los directos entraba en pánico, exigiendo justicia, sembrando teorías conspirativas.
Qué lejos estaban de la verdad. Qué ingenuos eran todos. Una risa ahogada escapó de mis labios. Era increíblemente divertido comer en absoluto silencio, sabiendo que el secreto de la crisis de la ciudad estaba justo aquí, sobre mi plato... Debo admitir que, en apariencia y textura, la carne humana es bastante similar a la carne de cerdo. Cualquiera podría confundirlas a simple vista. Pero el sabor... el sabor es otra historia.
La carne humana es simplemente irresistible. Tiene un toque único, una especie de dulzura metálica y una suavidad que me encanta, algo que te atrapa desde el primer bocado y te vuelve adicto.
Limpié la comisura de mis labios con una servilleta, apagué el televisor y sonreí al vacío. Mañana tendrían un nuevo titular de qué hablar.