𝓐ñ𝓸𝓼 𝓪𝓽𝓻á𝓼... 𝓐𝓷𝓽𝓮𝓼 𝓭𝓮𝓵 𝓬𝓸𝓵𝓪𝓹𝓼𝓸.
²¹ ᵈᵉ ᵈⁱᶜⁱᵉᵐᵇʳᵉ ᵈᵉˡ ²⁰¹²
Desde lo alto, el auto de Gabriel Montes avanzaba por la carretera como un punto más entre las sombras del amanecer. El cielo estaba cargado de nubes espesas y una bruma ligera cubría los árboles como si el mundo se preparara para algo importante. En el interior del vehículo, la radio sonaba suave, con interferencias intermitentes.
> -Hoy es 21 de diciembre del 2012 -decía una voz en la emisora-. El día del juicio, según algunos. El día que cambiará todo, según otros. ¿Qué pasará hoy? Lo sabremos... o no.
Gabriel esbozó una sonrisa breve, irónica. "Sensacionalismo barato", pensó, mientras giraba hacia el centro de la ciudad. A pesar de toda la bulla mediática, para él no era más que otro viernes laboral en La Verdad Total. O por lo menos, eso creía.
Al llegar, entró directo al edificio. Saludó al portero con un leve gesto y subió por el ascensor al cuarto piso, donde estaba la redacción. Apenas llegaba a su escritorio, Laura, su productora, lo recibió con su energía de siempre.
-¡Montes!. Dime que hoy sí dormiste.-le dijo con una sonrisa mientras cargaba con una carpeta bajo el brazo.
-Dormí. Milagrosamente -respondió él con una carcajada-. ¿Ya empezó el apocalipsis?
-Todavía no, pero dame una hora -replicó Laura siguiendole el juego-. Hoy todo el mundo quiere una historia del fin del mundo. Y todos creen tener la exclusiva.
-Perfecto -dijo Gabriel, encendiendo su computadora-. Hablando de eso. Ya casi termino el documento que me pediste hace meses.
-Está bien -dijo Laura-. ¿Qué te falta?
-Casi Nada. Solo terminar unos párrafos y arreglar algunas cosas. - le contesto Gabriel
- Esta bien. Oye, Elisa te está buscando ella te quiere entregar información que te será útil para el artículo - le dijo Laura
- Dile que pase por aquí-le contestó Gabriel
Laura asintió con la cabeza y se retiró.
Poco después, se acercó Elisa, su compañera de verificación y análisis de datos. Su trabajo era revisar cada afirmación que Gabriel incluía en sus artículos, una cazadora de errores con una precisión casi obsesiva.
-Hola, Gabriel. ¿Como estás? -le dijo Elisa con una sonrisa
-Muy bien, estoy terminando con el artículo:"El apocalipsis que nunca fue" que Laura me encargo que hiciera hace meses
-Hablando de eso, Para ayudarte encontré varios estudios científicos que desacreditan la idea del colapso solar ese que ronda por foros. Y además tengo un artículo de 1999 donde ya se hablaba del miedo al 2012.
-Excelente, me encanta como investigas cosas, tan pronto termine te mandare el archivo para que verifiques la información, para luego ponerlo en publicación
-Esta bien, sigue trabajando ahí. Tengo mucho trabajo en día de hoy. Ya sabes por lo de la fecha. ¡Hablamos!
El día se fué desarollado tranquilo. Gabriel continúo escribiendo su artículo:
(Más que una amenaza real, el 21 de diciembre de 2012 parece reflejar una necesidad humana persistente: darle forma al miedo y ponerle fecha.)
Mientras Gabriel continuaba escribiendo las horas pasaban rápido. Afuera, cerca de las 6:40 p. m., comenzó a llover. Las luces del edificio se encendieron mientras el sol se escondía detrás de una capa densa de nubes. Uno a uno, los empleados fueron despidiéndose.
-Yo me voy, Gabriel -dijo Laura, ya con el abrigo puesto-. No te quedes tan tarde. Aunque no pase nada hoy, sería triste que el mundo se acabara y tú aquí solo escribiendo.
-Terminaré este párrafo. Tan pronto lo haga, me marcharé -respondió él.
Laura rió, le dio una palmada en el hombro y se fue.
Los empleados de la tanda matutina y despertina ya se habían marchado. Solo quedaban algunos de la tanda nocturna: editores de última hora ajustando titulares, técnicos revisando monitores en la sala de control, un par de redactores corrigiendo notas para la madrugada. Voces bajas, teclados constantes y pantallas iluminando rostros cansados.
Con el paso de los minutos, también ellos comenzaron a irse.
Gabriel se quedó solo en su escritorio. Solo con su laptop, y las ideas de cosas para agregar al artículo girando en su cabeza. Que todavía le faltaban algunos detalles por cerrar. Se puso los audífonos, abrió los archivos y comenzó a concentrarse.
Pero el silencio de la noche empezó a sentirse diferente. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con insistencia. La luz del monitor parecía más blanca, más intensa. Y entonces, sin razón aparente, la computadora parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Gabriel frunció el ceño. Se quitó los audífonos. Un leve zumbido comenzó a sonar. Primero en el ambiente. Luego... dentro de su cabeza.
Todo empezó a vibrar. Las lámparas, el monitor, el escritorio. El sonido se volvió agudo, imposible, como si una frecuencia no humana estuviera chocando contra su mente. Trató de pararse. No pudo.
Luego, oscuridad.
Al despertar, se encontraba en su cama. Miró el reloj: 7:42 a.m., 22 de diciembre de 2012.
Parpadeó, confundido. No recordaba haber vuelto de las oficinas.
Se levantó de la cama confundido, frotándose los ojos. Tal vez había llegado demasiado cansado. Tal vez se había tumbado sin pensarlo y su mente simplemente... se apagó. Eso se decía a sí mismo.
Pero algo no encajaba, y no sabía decir exactamente qué.
La ropa que llevaba puesta no era la del día anterior. Estaba en pijama, y no recordaba haberse cambiado. Su celular, en la mesita de noche, estaba apagado. Y él jamás lo apagaba.
Con el corazón latiendo con fuerza, se levantó y fue al baño. Al mirarse al espejo, sintió un leve sobresalto: su rostro se veía igual, pero algo en su expresión... algo en su mirada... parecía ajeno.
Como si fuera él, pero no completamente.
Regresó a la habitación. Encendió el celular.
Y comenzó a revisar sus contactos. Algunos nombres no le sonaban. Eran las mismas personas que conocía, pero cuyos nombres y apellidos parecían haber cambiado.
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Editado: 25.04.2026