El Salto de la Realidad

Capítulo 3: Un Viaje Demasiado Perfecto

Día 24 de diciembre de 2012.

Gabriel tomó las llaves del auto, su mochila que había preparado horas antes y el teléfono. Cerró la puerta detrás de él.

En el estacionamiento, el aire era frío. Subió al auto, colocó la mochila en el asiento trasero y encendió el motor.

Antes de arrancar, desbloqueó el celular.

Abrió el GPS.

La dirección ya estaba escrita desde la noche anterior:

606 NW First Street.

La miró unos segundos.
No recordaba esa calle.
No recordaba el camino.

Sabía, en teoría, que había ido a esa casa muchas veces. Navidad tras Navidad. Visitas largas, discusiones, despedidas. Pero en su mente no había imágenes, ni recorridos, ni puntos de referencia. Solo un vacío incómodo.

Activó la ruta.

-Iniciando navegación -dijo la voz automática.

Gabriel puso el auto en marcha.
Mientras avanzaba, se dio cuenta de algo inquietante: no podía anticipar ningún giro. Cada indicación del GPS lo tomaba por sorpresa. No había reconocimiento, ni recuerdos que se activaran al ver las calles.

Era como conducir por una ciudad que nunca había pisado.

Después de unas horas, la voz volvió a hablar:

-Ha llegado a su destino.

Gabriel redujo la velocidad y se detuvo frente a una casa.

Apagó el motor.

La observó desde el asiento, en silencio.

No reconocía esa casa. Era completamente diferente a como la recordaba.

Apretó el volante.

-Aquí vive mi madre -dijo en voz baja.

No sonó como una afirmación. Sonó como alguien repitiendo un dato.

Se bajó del auto, cerró la puerta y tomó la mochila. El frío le recorrió la espalda mientras subía los pocos escalones del porche.

Se detuvo frente a la puerta.

Por un segundo, recordó la voz al final de la llamada.

Te esperaremos.

Gabriel levantó la mano.

Y tocó.

El golpe en la puerta sonó más fuerte de lo que esperaba.

Por un segundo... nada.

Solo el silencio de la casa.

Luego, pasos.

Rápidos.
Demasiado rápidos.

La cerradura giró.

Y la puerta se abrió de golpe.

-¡Mi hijo! ¡Bendito sea el cielo!

Su madre no lo dejó reaccionar.

Lo abrazó.
Fuerte.
Demasiado fuerte.

Gabriel tardó en responder.

Sus brazos se levantaron tarde.
Pero aun así... la abrazó de vuelta.

Luego del abrazo... Su madre lo tomó del brazo sin soltarlo.

-Ven, ven... pasa, pasa...

Gabriel entró.

La casa olía a algo familiar, pero no lograba identificar qué.

No era un recuerdo claro
Era una sensación.

Como si el lugar estuviera hecho de cosas que él debería recordar... pero no podía.

Sus pasos eran lentos.
La madera del piso crujía bajo él.

Cada sonido parecía un poco más alto de lo normal.

Un poco más presente.

-Mira cuánto has crecido... -decía su madre, sin dejar de mirarlo.

Gabriel sonrió.
Su madre lo llevaba hacia el pasillo.

-Ven, mira esto -dijo.

A lo largo de las paredes había fotos enmarcadas.

Gabriel caminó a su lado, observándolas en silencio.

Se detuvo frente a una.

Era una foto en la montaña.

-...Mira -dijo señalándola-. Esa fue la vez que fuimos a la montaña.

Su madre asintió con una sonrisa.

-Sí, fue un buen día.

Siguieron caminando.

Otra foto.

Una cena familiar.

Gabriel la observó unos segundos.

-¿Y esta?

-Navidad pasada.

Él asintió.

Siguió avanzando.

Foto tras foto.

Cumpleaños, viajes, momentos familiares.

Su madre iba señalando algunas y él intentaba reconocerlas.

-¿Te acuerdas de este?

-No mucho -respondió Gabriel después de un momento.

Su madre no dijo nada más.

Siguieron caminando hasta el final del pasillo.

Mientras avanzaban, Gabriel empezó a sentirse extraño.

Al salir del pasillo, llegaron a la sala.

El árbol de Navidad estaba encendido.

Las luces iluminaban el lugar con calma.

Gabriel miró alrededor.

Y entonces lo vio.

Su padre estaba de espaldas, ajustando las luces del árbol.

-Gus -dijo el hombre sin girarse-. Ayúdame con esto.

Gabriel se quedó quieto.

-Papá... - dijo en voz baja.

El hombre se giró.

Sonrió.

-¿Te pasa algo?

Gabriel no respondió de inmediato.

Intentó decir algo, pero la lengua no le respondió. Sus manos empezaron a temblar. No de miedo. De saturación. Como si su cuerpo estuviera cargando demasiado peso al mismo tiempo.

Sus dedos se tensaron.

Primero uno.

Luego otro.

El aire se sintió más pesado.

Su visión se estabilizaba... y luego fallaba un instante.

Como una imagen que intenta enfocarse pero no puede.

La habitación giró apenas. No como un mareo brusco, sino como un desliz lento, traicionero. Gabriel dio un paso atrás buscando apoyo, pero no encontró nada.

Pensó: No puede ser real.

El pecho se le cerró. La respiración se volvió corta, torpe. Un dolor sordo le atravesó la cabeza, y antes de poder procesar otra idea, sus piernas cedieron.

Cayó de golpe.

Alguien gritó su nombre-o eso creyó.
Luego nada.

O
s
c
u
r
i
d
a
d.

No inmediata, sino densa. Persistente. Como si no fuera ausencia de luz, sino una presencia que ocupaba todo.

Luego, un sonido.

Leve al principio. Un zumbido irregular, casi eléctrico, que parecía venir de muy lejos... o de dentro.

24 de diciembre de 1988

Gabriel abrió los ojos.

La luz lo obligó a parpadear varias veces. Era cálida, difusa, completamente distinta a la que recordaba haber visto por última vez.




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