El Sándwich

I

Un soleado e irascible día de domingo, Mariana Corcuera, se enorgullecía de su magnificiencia, era solemne. Mariana había leído Las Olas de la Woolf y se identificaba con Luis : ella también se alisaba los cabellos y estaba descontenta con su apariencia. A pesar de tener un cuerpo fuera del promedio, era alta, esbelta, dura al tacto. Pero era exigente consigo misma. Personalmente una lujuriosa, con una tristeza inherente, energética. Mariana era mujer de abolengo, no le gustaba mezclarse con la chusma. Esa chusma violenta -los llamaba. Intimar con cualquiera muchísimo menos.

Era un atisbo olorosamente indeseable. Farmaco dependiente por convicción, tenía desapego por la vida. Las personas que la rodeaban le parecían mongolas, aburridas, iguales y absurdas. Individuo demandante. Quería toda la atención para ella. Llamaré a José, para que me acompañe, su fuerza masculina, me hace sentir protegida. A salvo. Guardaba una foto de él, con su pequeño hijo, si era casado. Era la amante, siempre lo había sido. Era una villana colosal. Pero le gustaba ayudar a los necesitados. Para expiar sus culpas, no sabía tratar a la gente. Se amaba y se odiaba de igual manera. Era deslumbrante, físicamente bella. Con una refinada crueldad. Sádica por naturaleza.

Vivía en su pequeño y lujoso loft, gustaba del confort, de la comodidad. Le fascinaban los hombres sensibles, casi aniñados. De personalidad dominante, asimismo los nerds guapillos o los frikis. Pero que tuvieran un toque de belleza.

Conocía a José, con su extraño apego a este hombre: fornido, barbudo y varonil. En el supermercado, yendo por el área de frutas y legumbres, se encontró a Franco, más joven que José, de aspecto fresco, de esencia pícara, positivo a simple vista. Mariana refunfuñaba cada vez que alguien la volteaba a ver, con ese desdén silencioso. Pero no pudo contenerse cuando Franco le preguntó sobre la calidad de los kiwis. No lo sé, no soy quién vende aquí. Oh disculpa, el atrevimiento. Me llamo Franco. Extendiéndole la mano. Mariana la devuelve. Es una mujer educada, incapaz de matar una hormiga. Hija del embajador Días Corcuera. Tú tienes apariencia del personal de limpieza, así que estamos a mano. Era una mujer directa. No podría ser de otra forma, con permiso. Sale despavorida, está aterrada interiormente. La cartera se queda en la zona de las manzanas. Franco la toma, se da cuenta que es de ella, en su identificación dice Mariana Corcuera Lombardi, colonia Escandón, departamento tal.

Franco lo ve como una oportunidad de conocer a esta mujer despótica, visceral. Teme por un momento que lo vea como un delincuente, por el pasado concepto que se creo de él hace un momento. Se da cuenta que no será fácil envolver a Mariana.

 

Descarga la despensa en su casa, se da cuenta que ha perdido la billetera, es histérica, hace un alboroto interno, hasta piensa en suicidarse.

Sin dramas Marian, sin dramas. Le repetía su madre cada vez que podía. Mariana y su madre Catalina eran dos mujeres rivales de toda la vida, primero por el amor del padre. Catalina era criticona, chocante.

No soporto tu hedor. Le decía alguna vez. Y es que Mariana era higiénica solo que a veces se dejaba traslucir su depresión en su figura. La madre era pueblerina, la mujer más rica del lugar.

Mariana había heredado su orgullo y unos cuantos cientos miles de pesos. Su padre yacía en la tumba, lo único que se podía decir de él era que fue “fiel a sí mismo”. Detestaba perder las cosas, hasta llegó a pensar que este tal Franco pudiera ser el ladrón.

José te necesito. Te quiero a ti. Vociferaba Mariana. Eres el hombre de mi vida. Y yo te acompañaré hasta que tú lo desees. Enfatiza José. Me das un buen sexo, eso es todo. No te sientas tan importante. Le expresa ella. Te quiero Mariana, ¿pero qué te pasa te veo perturbada? Es solo que perdí mi billetera, e iba todo: mi licencia, pasaporte, identificaciones, tarjetas, hasta efectivo.

 

 

¿Y qué harás, ya lo reportaste? Por supuesto José, puede que lo tenga un hombre que conocí en el supermercado, era el único que estaba conmigo en el acto. ¿Un hombre, dices? Que hacías… no me vengas con escenas de celos, no seas niño. Si tuviera algo con ese hombre no lo hubiese mencionado. Podrías ser descarada. Tú no eres un hombre libre, no me vengas con tonterías.

 

Franco se presentó en casa de Mariana, tocó el timbre correspondiente pero se dio cuenta que nadie salía. Tal vez no quería verlo, pensaría que es un delincuente o un rufián. La mujer tenía clase y alcurnia. Dos aspectos que no se compran ni con todo el oro del mundo. Decide dejar la cartera, debajo de la puerta de entrada. Se va.

Mariana llega a su departamento más tarde en el auto de José. Se despide de él con un beso. Abre la puerta del edificio, se da cuenta que su cartera está ahí, como esperándola. La toma, la abre y se da cuenta que está intacta. Queda estupefacta, Franco, porque recuerda el nombre del chico apuesto de las frutas, se la ha devuelto, piensa que ha hecho mal en llamarle limpiador. Es su forma de relacionarse.

¿Pero cómo encontrará a Franco para agradecerle? Podría ir al super un día y llevarle algún presente, pero lo borra de su mente. O invitarle un café, pero por la forma en que lo trató ya no quiera volver a hablarle. Pero le devolvió la billetera, debe ser un buen ser humano. Queda inquieta, Mariana está enamorada, de alguien sencillo y simple. Solo el destino sabrá si los volverá a juntar.



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En el texto hay: enamoramiento, amante, neurosis

Editado: 15.04.2023

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