Aquella llamada me devolvió el aliento. Mi esfuerzo había válido la pena. Ella pensaba en mí. Jamás creí que escuchar la voz de alguien pudiera darme fuerza. La escuché contarme sobre sus vacaciones, sobre sus amigas, pero el nombre de Michael jamás fue mencionado. Así que supuse que, tal vez, no era tan importante como Leo había creído.
Cuando Emma volvió de Estados Unidos a finales de Enero volvió completamente distinta. No sólo en su apariencia, sus ojos brillaban, su sonrisa era más sincera más radiante. Entonces comprendí que no había conocido a la verdadera Emma. Y esta nueva versión era más encantadora que la anterior. Pese a que cuando comenzamos a salir, ella fue muy clara en decirme que seguiría conociendo a otras personas. Pero en vez de desanimarme, lo vi más como un reto. Emma aún no sabía sobre nuestro acuerdo matrimonial, así que, de ser una competencia, yo estaría más adelantado por mucho ante cualquiera que quisiera conquistarla. Además, esa situación parecía estar más a mi favor, ya que ella comenzó a tomarme más en cuenta que a sus otros pretendientes, salíamos constantemente, me dedicaba más tiempo que a los demás, me hacía sentir superior a los otros chicos, así que entendí que era cuestión de tiempo de que ella se decidiera completamente por mí. No debía preocuparme.
Para mí no fue una gran sorpresa el enterarme que Emma guardaba un secreto sobre su familia. En varias ocasiones intenté abordar el tema, para saber si le habrían hablado sobre nuestro compromiso, pero ella siempre lo eludía, por lo que intuía que había algo doloroso entorno a ello. Algo que me quedó más que claro poco antes de que ella volviera a EU, cuando sus padres le pidieron que volviera a casa inmediatamente, arruinando nuestra ida a la playa.
***
David miraba un oceano completamente azul y cristalino, un viento con olor a mar mecía su cabello rubio, no podía apartar la vista de las parejas que paseaban cerca, comían helado o jugueteaban en el agua. Un sentimiento de nostalgia lo embargó, sacó su teléfono, tomó una foto del mar y la envío con un mensaje. “Te hubiera encantado estar aquí.” En eso llegó Leobardo con dos helados. Uno en cada mano.
- Gracias. – Dijo al recibirle el cono. Leobardo percibió un aire nostálgico en su amigo.
- Pensando en ella, ¿eh? – David sonrió.
- La mantengo al tanto. – En eso sonó una notificación. Emma había contestado. David sonrió, le dedicó unos minutos a su conversación. Mientras Leobardo saboreaba su helado. Cuando su amigo dejó el teléfono, Leo preguntó:
- ¿Qué te dice?
- Está de compras con su madre y unas amigas. – David le mostró la foto de una plaza.
- Te ha dicho algo sobre ese tal Michael.
- Nada, como si no existiera. – Respondió David.
- Pues debo decirte que me cerraste la boca, viejo. Jamás creí… - David le frunció el ceño. Leo se puso nervioso. – No me mires así. Ambos sabemos que era algo difícil de lograr. Pero lo hiciste, conseguiste salir con ella. Primo. – Dijo en sorna, mientras le daba unas palmadas en el hombro. David se sonrojó al oírlo.
- Gracias Leo. - A lo lejos miraban a Leonardo y a Ricardo cargando un balde de un lado a otro de la playa.
- Ahora sólo te falta deshacerte de ese tal Diego y los demás imbéciles que le ocupan la cabeza.
- Lo sé. Pero no creo que haya mucho problema con eso, Leo. Ya tengo todo planeado, en cuanto ella vuelva no tendrá tiempo de pensar en salir con alguien que no sea yo. – Dijo con seguridad. Leobardo lo miró por un segundo, sorprendido por su confianza.
- No te reconozco. Pero así se habla hermano. Esa es la actitud. – Respondió orgulloso del nuevo temple de su amigo.
- No sé como explicarte Leo. Estoy muy contento. Siento que estos meses tuve un gran avance con Emma.
- Pero te faltó besarla.
- Eso es lo de menos. A pesar de que se fue hablamos todos los días. No sólo yo. También ella se esfuerza por contarme más sobre su día a día allá. Es como si sólo fueramos ella y yo. No dudo que en poco tiempo será así. – Dijo esperanzado. Leobardo veía a su amigo completamente enamorado de su prima. En el fondo desaba que ese cuento de hadas terminara bien, sin embargo, siendo realistas aún faltaban mínimo cinco años para que ese compromiso pudiera consolidarse. Y eso era mucho tiempo. No obstante, no quiso apagar la ilusión de David, sobretodo si eso lo mantenía feliz y tranquilo durante la ausencia de Emma.
– Mi prima tiene mucha suerte de tenerte. Claro que si yo fuera tu yo ya la habría olvidado desde hace tiempo, sobretodo, después de lo que hizo.
- Creí que la habías perdonado. – Comentó David algo sorprendido.
- Yo no. – Respondió fanfarroneando.
- ¿Y todo ese drama en el aeropuerto? – Preguntó David alzando la ceja incrédulo. Leobardo se sonrojó completamente y le hizo una seña de que guardara silencio. Seguido de un fuerte “shhhh”. David soltó una sonrisa. Sabía que su amigo era demasiado orgulloso como para admitirlo, pero le gustaba incomodarlo un poco.
- Sé que todo saldrá bien. Emma me ha demostrado más de una vez que me quiere. Sólo que en el fondo es algo insegura. En cuanto ella vuelva la conquistaré completamente. La besaré. Leo. Superaré a todos y entonces le diré que no necesita de nadie más. Que yo me encargaré de hacerla feliz. Y sólo seremos nosotros dos. – Leo lo miró tan ilusionado que compartió la misma esperanza.
- Yo sé que lo lograrás. – Respondió sonriente.
Cuando llegaron a la playa Leobardo notó que de la abertura de su mochila salía algo extraño. El muchacho revisó la maleta y gritó: - ¡Leon! – Al aire.
- ¿Qué sucede? – Preguntó David. Al abrir la maleta estaba llena de sargazo. David miró hacia todos lados buscando a sus hermanos. Aquellos estaban escondidos cerca de ahí, observándolos. – Oye Leo… - Lo llamó David, mientras Leobardo quitaba el sargazo refunfuñando, cuando el muchacho se paró de un brinco y lanzó un alarido de dolor, mientras agitaba vigorosamente la mano, de donde pendía un pequeño cangrejo azul, que al poco tiempo salió volando de regreso al mar. Rick y Leon reían a carcajadas, mientras las personas de su alrededor los miraban asustadas.