El Secreto de Emma. Tomo I.V "Extractos"

RICARDO: CAPÍTULO 6. PECADOS

Un año y medio atrás, Ricardo despertaba en la habitación de un hospital. Un dolor punzante le recorrió el cuerpo al moverse. Su último recuerdo era haber visto a su padre entrar a su habitación, cuando Leon y él bebían una botella de whisky.

– Maldito viejo idiota. – Se quejó mientras se sentaba en la cama, el cuerpo le dolía sobremanera. Entonces, comprendió que no podría ponerse en pie. Rick se dejó caer en la cama y apretó el botón para llamar a la enfermera.

Su estadía en el hospital sería de tres semanas más. Tenía varios ligamentos y articulaciones inflamadas. Lo que le impedirían moverse. Su padre sabía perfectamente dónde golpearlo para causarle gran dolor, sin lastimarlo de gravedad. Además, en el hospital tenían la orden de tenerlo incomunicado y por lo tanto, no tendría visitas. Al muchacho no se le hizo extraño, sin embargo, deseaba saber qué habría sucedido con Leo. Había pasado una semana desde que hubiera despertado y nadie de su familia había ido a visitarlo. Pasó año nuevo sin noticias de Leon. Gracias a una enfermera, Ricardo sabía que José, su chofer y su nana, Norma, habían estado al pendiente de él y le habían hecho llegar comida y libros, pero en el hospital no les permitían subir hasta su habitación. Así que pasaba mucho tiempo leyendo, mirando hacia la ventana, pensando en Leo y durmiendo.

Una noche, la luz prendida de su habitación le despertó. Vio a un hombre, en el sofá de la habitación, hojeando uno de los libros que descansaban en una mesa cercana. Era un joven de unos veintitantos de tez morena clara, complexión delgada, cabello negro largo sostenido con una cola de caballo. Usaba una gabardina negra y un suéter gris; traía un pantalón de mezclilla del mismo color, ceñido al cuerpo, y unos botines color blanco. En el lado derecho de su cuello se alcanzaba a ver un tatuaje de una serpiente comiéndose a otra. Ricardo lo reconoció y un escalofrío recorrió su espalda.

- Interesante este libro, loco. – Dijo este sin levantar la vista. – “Un príncipe no debe tener más objetivo ni más preocupación, ni dedicarse a otro arte que el de la guerra, su organización y su disciplina. Porque este es el único arte que compete a quien gobierna.” – El joven, lo miró para ver su reacción ante sus palabras. Rick lo miraba aún sorprendido, tragó saliva y contestó con tranquilidad:

- Esos libros aún no los he leído.

- ¿Sorprendido de verme? – Preguntó el hombre disfrutando de su contrariedad.

- Creí que estarías escondido en Europa. – Contestó Ricardo con algo de altanería. Henrick cerró el libro, sonrió y se paseó por la habitación.

- Sí, después de que, mi padre lograra exonerarme de tan penoso escándalo. Decidió que lo mejor para mí sería quedarme un tiempo con él, en lo que las aguas se calmaban. – Henrick lo miró a los ojos. – Lo que hace un padre por un hijo. ¿No? ¿Loco? – Henrick lo miró de arriba abajo y sonrío burlonamente. – En tu caso, si sabes que tienes un león en casa, lo más inteligente es agachar la cabeza y obedecer. Pero es algo que no debo decirte, es algo que tu, sabes hacer muy bien. – Dijo en sorna. Ricardo lo miró con rabia. - Supe que has disfrutado, en el último año, de tu estadía en el Corral. Cuéntame. Dicen que “el chiqui” es muy laxo con ustedes. Que gasta mucho más de lo que debe. - Henrick hizo una pausa para analizar sus reacciones. - También escuché que usa el Corral como su casa de juegos. – Comentó con calma, pero tal parecía que su voz escondía algo de desagrado sobre ese tema. Ricardo miró a Henrick Johansson con precaución, no lo había conocido mucho durante los últimos cuatro años. Pero sabía que debía ser cuidadoso al hablar con él. Hasta un silencio impertinente podría provocarle problemas.

- ¿Y eso como voy a saberlo? Revisa los libros. Yo sólo hago los encargos que Fozzy me pide, si él no está no tengo nada qué hacer. Paso mis días en el casino, o vaciando el bar. No me gusta meterme en los asuntos de los demás. – Henrick lo miró largamente. Era de conocimiento general que la naturaleza del rubio loco era impredecible. Sabía más de lo que aparentaba y era de pocas palabras. No le sacaría nada sobre ese tema.

- Está bien. Tienes razón. Ya encontraré lo que estoy buscando. – Henrick caminó hacia la ventana, y le preguntó con seriedad. - ¿Y dime has tenido noticias sobre aquella noviecita tuya? – Ricardo se desconcertó ante su pregunta.

- ¿Qué?

- La nieta de Lucas Canul. ¿Has sabido algo de ella? – Ambos se miraron a los ojos. Ricardo lo miró con llana sorpresa. ¿Qué debía decir?

- Sólo sé que regresó a Los Ángeles. ¿Por qué…?

- Eso ya lo sé. – Lo interrumpió con un dejo de aburrimiento en la voz. – Habrá una reunión en el Corral, el siguiente martes, necesito que estés presente, es importante. Tomaré la dirección de “El Corral”, tengo un trabajo para ti, ahí te explicaré las reglas del juego. – Dijo Henrick a modo de orden, mientras se dirigía a la puerta. Ricardo le habló tajante.

- Te recuerdo que soy exclusivo. Mi contrato me compromete a trabajar sólo para Fozzy. No obedezco ninguna orden que no sea de él. – Henrick sonrío, pero era una de aquellas sonrisas artificiales, que ocultaban un gran enojo.

- “Los hombres siempre están dispuestos a cambiar de señor, con la convicción de que eso les traerá mejoras.” – Le dijo, mientras golpeaba con el dedo índice la tapa de aquel libro que él estuviera leyendo. El hombre salió de la habitación. Rick lanzó un suspiro de alivio al verlo marcharse. Sin embargo, un presentimiento le decía que aquello no había acabado. Conocía lo suficiente a la gente de ese mundo como para saber que Henrick no declinaría tan fácilmente. Además, intuía que su presencia en México no sería nada agradable para él. Lo mejor sería no volver al Corral en un tiempo. Entonces, cinco minutos después, la puerta se abrió de un golpe, Henrick se acercó de manera enérgica hacia él y le dio un teléfono. Rick tomó la llamada, un sudor frío le empapó el cuerpo y su voz temblaba.




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