Dos días después de la visita de Henrick, Ricardo fue informado que sería dado de alta en una semana. <<Excelente podré cumplir con la cita.>> Pensó al saberlo. Ricardo decidió que escaparía un lunes, un día antes de la cita, para poder ir a ver a Leonardo. Era tan extraño no saber nada sobre él. Cada vez que abría los paquetes que le enviaban su Nana o su chofer, esperaba ver alguna nota de su mejor amigo, pero habrían pasado semanas sin contacto alguno.
No obstante, al día siguiente de la noticia, dos hombres comenzaron a vigilar la entrada de su habitación. A Ricardo se le hizo extraño ese incidente. Seguramente sus padres habrían sido informados de su mejora y habrían mandado guardias para evitar que escapara como solía hacerlo. No habría problema, eso no cambiaba nada. Él saldría, tendría que idearse la forma, pero lo haría.
Diariamente Ricardo hacía de dos a tres paseos por los pasillos del hospital, siempre acompañado de alguna persona de seguridad del nosocomio, sin embargo, ahora era escoltado por el personal de su familia. Su nueva escolta, eran hombres de gran tamaño, fornidos, fácilmente del doble de su peso en músculo. Seguramente elegidos personalmente por su padre. Difíciles de vencer para Ricardo, con el poco tiempo que tenía de recuperación.
Con el fin de idear una solución a su problema, durante la semana, previa a su escape, los paseos los haría lentos y minuciosos, para poder familiarizarse con su entorno; ¿quiénes eran los residentes en el hospital? ¿Cuál era su condición? ¿A qué hora eran visitados? ¿en qué horarios había más personal médico de guardia? Ricardo, también, había comenzado a entablar conversación con aquella enfermera amante de Julio Verne. Su nombre era Bianca. Pese a que creyó que sería un gran esfuerzo relacionarse con ella, en su primer acercamiento, se dio cuenta de que él sólo necesitaba decir unas cuantas palabras para que la mujer se deshilara en una larga conversación, sin necesidad de muchas preguntas.
Ese fin de semana, previo a la cita con Henrick, mientras la enfermera decantaba el monólogo de ese día, el muchacho la interrumpió.
- Bianca. - La llamó por su nombre. Ella se sorprendió al oírlo hablarle con tanta familiaridad. El muchacho pareció incomodo, avergonzado por lo que quería decir.
- ¿Sí?
- Tal vez suene algo abusivo de mi parte, pero quería pedirte un favor. - Minutos después, Bianca se lavaba las manos en el baño del paciente, esperando a que el chico terminara una conversación telefónica. Ricardo le había pedido prestado su celular para realizar una llamada. Y aunque no le pidió que se retirara, la joven mujer consideró que era lo correcto de su parte. Ya que después de todo parecía que habría logrado algo de cercanía con su huraño paciente. Cuando no escuchó más murmullos, se asomó a la habitación. Ricardo le sonrió. - Muchas gracias. - Dijo devolviéndole el celular. Ella se acercó para tomarlo.
- Cuando quieras. - Respondió ella con amabilidad. - Debo irme pronto será el cambio de turno y no he terminado mis reportes. - Comentó azorada, sin darse cuenta de que Ricardo la miraba dubitativo. Cuando la mujer hizo afán de alejarse, Rick volvió a hablarle.
- Bianca. ¿Puedo pedirle otro favor?
***
El lunes por la mañana Bianca caminaba apresurada por el andén de la estación del metro. Se había quedado dormida, después de quedarse enganchada toda la noche con una serie romántica coreana, sobre una enfermera. <<Bianca eres una tonta. De todos los días, elegiste el peor para desvelarte.>> Se reprochó. En cuanto llegó a la calle corrió apresurada hacia el hospital. Jadeante, con el frío quemándole los pulmones, alcanzó a ver la entrada del imponente edificio, donde un hombre muy elegante aguardaba, cuando un tirón en el pie izquierdo la hizo caer de bruces contra el suelo. Bianca se sintió adolorida y confundida, mientras intentaba dilucidar lo ocurrido y dónde se hallaba el cielo y el suelo. Unas pisadas presurosas se detuvieron frente a ella.
- ¿Está bien? - Aquella persona que le hablaba, trataba de ayudarle a ponerse en pie. Bianca le miró. Era aquel hombre de traje que aguardaba en la entrada, un hombre joven, moreno, tal vez de su edad. - ¿Se lastimó? - Preguntó con calidez, asiéndola fuertemente entre sus brazos. Bianca sintió un ligero dolor en el tobillo. Nada que un desinflamatorio no pudiese curar, dilucidó. Así que asintió apenada. El joven miró a lo lejos. - Oh que mal. - Dijo al alejarse de su lado. El hombre tomó algo del suelo. - Parece que ha perdido completamente su zapatilla, Cinderella. - Dijo con tristeza, al mostrarle el zapato color bermellón, que le faltaba en el pie izquierdo, este lucía completamente destrozado, se le había roto la hebilla y el tacón, además de haberse desgarrado la piel en la punta, al haberse atorado en la rejilla de la alcantarilla que estaba a unos decímetros de ella.
- Oh, dios. No se preocupe. Tengo unos zapatos adentro. - Respondió ella amablemente tomando el zapato y guardándolo en su bolso. Bianca volvió a mirar al joven. - ¿Es usted el señor José? - El hombre se sintió sorprendido.
- Sí. Usted… debe ser la señorita Bianca entonces. - Él le estiró la mano, a modo de saludo.
- Sí, sí, perdón. Perdóneme por llegar tarde. - Le respondió la enfermera tomándolo de la mano con fervor. - Y gracias por ayudarme. Discúlpeme en serio, sé que mi paciente espera ese paquete.
- No se preocupe. Mi jefe lo entenderá. - José le extendió el brazo, para que ella pudiese asirse. Bianca no comprendió al instante. - ¿La acompaño? - La enfermera sintió un ligero rubor, al comprender el gesto que le extendía José, recordando aquellas escenas románticas de esas novelas que tanto le gustaban.
- Sí, por supuesto. - Respondió asiéndose al joven con delicadeza. Ambos entraron al hospital, no sin antes recoger la bolsa con el paquete, que José había dejado a la deriva en la entrada, cuando la vio caer.