Era casi medio día, corría casi la mitad del verano, Leobardo bebía una piña colada sin alcohol, en una mesa apartada a orillas de la alberca del Club Domenico, mientras tarareaba una canción, a lo lejos veía como David platicaba con dos personas, que, si bien el había visto en más de una ocasión, nunca había hablado con ellas. Después de unos minutos David, se acercó a la mesa donde lo esperaba Leo.
- Lamento haber tardado. - Se disculpó David al acercarse.
- Está bien. - Leobardo notó que los hombres lanzaban miradas furtivas a su amigo a su espalda.
- ¿Qué querían esos tipos? ¿Son amigos tuyos? - Preguntó Leobardo con desconfianza.
- Ham… No, no. Son conocidos del club. Son los Barbier. Marco el mayor siempre pregunta por mis padres. - Respondió David sentándose frente a él. Leobardo se asomó y los miró con desconfianza.
- Creí que hablarías con Carmen.
- Hablamos un poco, pero ya iba de salida. - Dijo Leo con pesar, mirando el celular con tristeza.
- Calma, Leo. El verano se pasará rápido, ya la verás cuando inicien las clases. - Respondió David, mientras miraba el menú del lugar en una tableta.
- Lo sé. No es como si no fuera a volver. - Comentó Leobardo con desinterés. - Pero hubiera sido genial estar con ella durante el verano.
- Sí lo sé. - Respondió David algo desanimado, al recordar que nunca había pasado ningún verano junto a Emma. Leobardo al verlo, se arrepintió de sus palabras.
- Lo siento, viejo. No quise decir eso… Es decir, no me di cuenta…
- Tranquilo Leo. Está bien. - Respondió con una sonrisa. - Estoy bien. Ya me hice a la idea. Aunque no te niego que me es difícil no recordarla, durante esta temporada. Emma prometió estar conmigo en mi graduación e ir a la playa el año pasado. - Comentó con nostalgia. Leobardo se sintió preocupado. Sabía que David se había esforzado mucho ese año por olvidar a su prima, pero de vez en cuando su mirada se volvía nostálgica al pensar en ella. David al notar que Leobardo lo examinaba en busca de algún rasgo preocupante, añadió: - Pero voy a estar bien. Sólo serán unos días. - Lo calmó. Leobardo lo escudriñó con la mirada una última vez. <<Tal vez no podré estar con mi novia durante las vacaciones, pero al menos podré acompañarlo.>> Pensó Leobardo observándolo minuciosamente.
- Está bien, viejo. Además, ni creas que tendrás tiempo para deprimirte. Porque voy a estar pegado a ti, como una pulga a un perro. Y nos divertiremos como nunca. - Afirmó Leobardo abrazándolo sonriente.
Entre tanto, cerca de ahí, Marco y Alonso Barbier miraban de vez en vez hacia aquel lugar donde había desaparecido David Jiménez Otero.
- Entonces aún sigue de viaje. - Comentó Alonso dudoso.
- Lo escuchaste de su propio hermano. Salió a un campamento de verano - Respondió Marco, trazando comillas en el aire. - David Jiménez se caracteriza por ser una máscara de honestidad andante. Si su hermano hubiese vuelto, no tendría razones para mentirme.
- ¿Tu crees? - Preguntó Alonso con desconfianza.
- Esos dos serán idénticos físicamente, pero en personalidad son como el agua y el aceite. Sí uno va a la derecha, júralo que el otro irá a la izquierda. - Respondió Marco con tono burlón.
- Entonces los rumores que pagué son ciertos. El Rubio Loco salió del país a un trabajo. - Comentó Alonso, torciendo la boca.
- Al parecer. - Respondió su hermano. - Pero yo no me preocuparía de que logré congraciarse con Johansson. Si Henrick no le dio el trabajo a los Barbier o a otro, es porque es un trabajo con alto grado de dificultad. Dices que se fue solo. ¿O no? Si tienes algo de suerte tal vez se cumpla tu sueño y ese hijo de perra no vuelva. Desempolva tu traje negro hermanito… Tal vez tengamos un funeral pronto. - Soltó con una risa burlona Marco. Pero Alonso no rio, conocía al Rubio Loco, sabía que era persistente, como una maldita infección.
Mientras tanto, en Berlín, había pasado una semana desde la llegada de Ricardo y José a la ciudad. Tras vigilar día y noche los movimientos de la familia Strozzi, finalmente había ideado un plan y comenzó a deshilar los preparativos.
***
Una noche, un chico rubio recorría en bicicleta la calle Stubenrauchstraße, en el distrito de Neukölln. Entró al parking de un edificio multifamiliar. Desde un balcón, un joven de piel morena agitó un sobre. El muchacho sonrió al verle, se apresuró, a encadenar la bicicleta en el bike parking y subió corriendo las escaleras. Al entrar al departamento, el joven lo recibió con el paquete en la mano. Ricardo lo saludó con un choque de puños mientras se descalzaba y comenzaba a revisar el contenido.
- ¿A qué hora llegó? - Preguntó sin apartar la vista de los documentos.
- Lo llamé en cuanto llegaron señor. - Respondió José.
El pequeño departamento estaba modestamente amueblado. En el recibidor había un pequeño mueble para acomodar los zapatos, un perchero para los abrigos y un bote bajo él para colocar paraguas. A la izquierda, una entrada sin puerta conducía a la cocina-comedor, contiguo a un baño completo; a la derecha, pasando el recibidor, una portezuela te llevaba a la única habitación. Junto a ella se abría el espacio de la sala, iluminada por un enorme ventanal que daba a un pequeño balcón, con vista directa al Bike Parking y a la calle Stubenrauchstraße.
Ricardo se sentó en la sala y siguió revisando los documentos. Se veía emocionado. José lo miraba con curiosidad, cuando lo vio sonreír. Rick alzó una credencial y la mostró divertido.
- Oficialmente soy mayor de edad. - Decantó con una sonrisa.
- ¿Una licencia para conducir? Pero usted… - Ricardo lo miró con gesto pícaro.
- En el hospital donde está Enrico Strozzi, están solicitando valets. Necesito una forma de acercarme a su hija. Así que mañana sí o sí tengo que aprender a conducir. Y tú me ayudarás a lograrlo. - José se sintió tenso ante la idea. - No te preocupes, aunque aprenda seguiré usando tus servicios. - Respondió risueño. José sabía que aquello podía causarles algunos problemas si era descubierto, sin embargo, confiaba plenamente en su jefe. Así que asintió sin protestar.